La resistencia natural a negociar con los débiles
José Elías Romero Apis
Los dueños del dinero y del mercado se reúnen con frecuencia y llevan a sus invitados. Hay incertidumbre y hay desesperanza. Si tan sólo observáramos los términos de la relación comercial entre los pueblos pobres, productores de materias primas, y los pueblos ricos, productores de manufacturas, veríamos que esa relación se ha deteriorado en términos verdaderamente alarmantes en el último siglo.
Y no se trata de plantear que los ricos se despojen de lo suyo. Nada más rancio que un igualitarismo indeseable e inservible. Nada de eso. De lo que se trata es de que, como en la fórmula ulpiana, cada quien tenga conciencia de lo que es suyo y la responsabilidad para refrenar el deseo instintivo de apoderarse de lo de los demás.
La justicia en lo político, en lo jurídico, en lo social, en lo económico y en lo humano es un triunfo del hombre sobre sí mismo. Una victoria de su espíritu sobre su pura voluntad y sobre sus canijos apetitos.
La distensión de la confrontación de las dos superpotencias ayudó al aseguramiento de la supervivencia global. Pero, ¿es esto suficiente? En ocasiones parece caer en el olvido que existe otra confrontación latente y otro diálogo pendiente: el del Norte con el Sur. A diferencia de aquél, éste no tiene que ver con hegemonía política ni con supremacía militar, sino con tres cuestiones esenciales: respeto político, justicia económica y cooperación científica y tecnológica.
En la teoría diplomática del equilibrio de poderes, la distensión Este-Oeste fue factible porque se dio entre iguales, mientras que el consenso Norte-Sur se posterga por los poderosos, quienes tienen resistencia natural a negociar con los débiles.
Sin embargo, ¿siempre los débiles lo serán verdaderamente? La historia muestra la fortaleza que muchos pueblos han extraído, precisamente, de la postergación, de la miseria y de la desesperación. Éste es el verdadero desafío: preservar la convivencia entre las naciones mediante una más sana relación en lo político, en lo económico y en lo tecnocientífico. Es decir, en su poder, en su tener y en su deber.
El asunto del comercio y el desarrollo trasciende de la mera cuenta económica de una polarización que, desde luego, debe atenuarse y llega a impactar en una cuenta de poder que ha sido planteamiento, incluso, de renovación política. Es decir que, como proceso integral, ya no sólo concierne a lo económico sino también a lo social, a lo cultural, a lo tecnocientífico, a lo jurídico y, sobre todo, muy por sobre todo, a lo político.
El mundo del futuro ya no sólo quiere resolverse en la reducción de la brecha existente entre individuos muy ricos y otros muy pobres sino, también, en la cancelación de la distancia que existe entre unos indebidamente poderosos y otros inaceptablemente débiles.
Esto implica, pues, que hoy en día la justicia y el desarrollo también se asocien, indisolublemente, con la democracia.
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