Luis Gabriel Pérez
Alguna vez Gabriel García Márquez vio frustrados sus esfuerzos por publicar Cien años de soledad, del cual tuvo sus primeras percepciones en un viaje que hiciera a Acapulco, conoció la adversidad cuando distintas editoriales rechazaron publicar el volumen que hoy es una obra de la literatura latinoamericana. El mismo Márquez aseguró después que nada garantiza que un recuerdo sea tal como regresa a nosotros, lo cual nos ha llevado a mitificar su novela y a encuadrarla en el realismo mágico, en un discurso insuperable para la mayoría de los escritores. Pero, ¿qué pasa si creamos, en la refundación del universo, como cualquier poética que se respete, otro mundo posible? En esta tesitura, el Diario de los años muertos, de Ivo Quallenberg (Ediciones Eternos Malabares/inba/conaculta, 2013), se nos presenta como un volumen de narraciones que ostenta personajes fuera de serie. Algunos no se conforman con el papel que les tocó en la diégesis. Uno de los relatos del volumen, Cuarto en rojo, describe al solitario empedernido que es Johnny, sumergido en el género policial, digno del más afinado tremendismo de Rubem Fonseca.
Johnny lo escucha todo, con sus ojos se mira cada instante, ya en el cine o en el hotel donde acaba por hospedarse, arrepentido de su propia condición, se encuentra con cuatro paredes y lo que de ellas escucha, salvando la vida, el leit motiv que la anima. El narrador lo confirma: “Las ciudades malogran únicamente a los solitarios”. Johnny es un fantasma que se ha encontrado a sí mismo en la tragedia de los otros, ha encontrado el amor en la habitación contigua por el puro placer de poseer a una mujer ajena, al escuchar su voz la realidad modifica su estructura, el amor y sus tormentas le suceden como oleadas de placer, promesas que se cumplen en el amor imposible. Cuánta razón le asiste a José Emilio Pacheco cuando dice que “el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”, la amada de Johnny ha muerto estrangulada la misma noche en que la amó: “Johnny ha amado unos ojos negros apagándose”.
Manuel S. Garrido lo sabe, y no es gratuito que en la cuarta de forros de la edición advierta: “Para celebrar son estos relatos, donde lo de menos es la historia literal y lo más la totalidad secreta de la vida. La vida por encima y la vida profunda. La que incluye la muerte, el gozo, el instante y la eternidad. El tiempo que nos tima, la política que nos tima y la Ciudad de México como un arca de Noé sin paloma ni bendiciones. Y nosotros en medio de nuestra modernidad periférica o simbólica, cual Quijote paseando por Florencia, de Génova a Niza y de Niza a Ámsterdam… de cara al Ángel de Reforma, entre la locura y la cordura, la realidad y el absurdo. Para cerrar con ese relato tan hermoso como perturbador titulado: “Un pañuelo desechable para la eternidad”, donde Ivo Quallenberg muestra, con un dominio perfecto, el poder de la imaginación, junto a la filosofía, el humor y la ironía. ‘Sucede que es en Marilyn Monroe donde el futuro se me hace trizas. El futuro es detestable. Y temible’”.
