Psicosis en África, desazón en Europa y cierta inquietud en América

René Anaya

Desde 1976, cuando se describió y registró el primer caso de infección humana por el virus del ébola, se han detectado aproximadamente 2 mil 200 casos en África, de los cuales mil 500 han sido mortales, pero es probable que otros enfermos y brotes epidémicos hayan pasado inadvertidos porque por lo regular esta enfermedad se presenta en zonas rurales sin servicios médicos.

Por supuesto que la gravedad de los casos clínicos y su elevada mortandad han propiciado que se presente a este brote epidémico como “el virus que no tiene cura” o “la temible enfermedad mortal”, que ha causado psicosis entre los africanos, desazón en Europa y cierta inquietud en América. Sin embargo, se le deberá dar su justa dimensión y tratar de poner en práctica verdaderas medidas preventivas, que van desde acciones políticas, económicas, ecológicas y culturales, hasta las propias de la medicina preventiva.

Un intruso en el ecosistema

Desde el primer tercio del siglo pasado se comenzaron a detectar enfermedades producidas por virus hasta entonces desconocidos, a las que se les llamó padecimientos emergentes, porque esos virus han emergido de sus nichos ecológicos por el aumento de la actividad humana en todo el planeta.

Las guerras, que obligan a refugiados y vencidos a internarse en zonas despobladas; la explotación irracional de los bosques, que provoca un desequilibrio ecológico; el crecimiento acelerado de las manchas urbanas; el más rápido y continuo transporte de personas de un lugar a otro; la industrialización y la explotación de nuevos campos de cultivo, son algunos de los factores que han contribuido al contacto más estrecho entre seres humanos y animales infectados.

Esa mayor interacción ha propiciado la aparición de un mayor número de zoonosis (enfermedades transmisibles de animales a humanos). Todavía a principios del siglo XX eran pocos los padecimientos que habían realizado ese salto, como la fiebre amarilla, que en el siglo XVI con la colonización de África pasó de monos infectados al ser humano por conducto del mosquito Aedes aegypti. Este “tráfico viral”, como también se le conoce, comenzó a incrementarse a mediados del siglo XX.

A partir de entonces se han descrito nuevos padecimientos provocados por virus. En una lista no exhaustiva se encuentran: fiebre del Valle del Rift (1931), fiebre del Nilo Occidental (1937), fiebre hemorrágica de Marburgo (1967), fiebre hemorrágica de Lassa (1969), Síndrome pulmonar por hantavirus (1993), enfermedad de Hendra (1994), enfermedad de Nipah (1999).

 

El virus del río Ébola

En esa lista ocupa un lugar preponderante, por su letalidad, el virus ébola, así llamado porque se diagnosticó por primera vez, cerca del río Ébola, en la República Democrática del Congo (antes Zaire). Esta enfermedad se caracteriza por fiebre elevada, dolor de cabeza, músculo y articulaciones, y hemorragias del tubo digestivo, que causa una elevada mortandad, hasta de 90 por ciento.

Precisamente por su elevada tasa de mortalidad esos brotes son limitados, pues las personas fallecen antes de convertirse en focos de contagio extensos. Se ignora cómo se transmite al hombre, pero se tienen indicios de que su reservorio (animal en el que puede permanecer sin causarle daño) es un murciélago comedor de fruta.

Actualmente, el brote epidémico en República de Guinea, Liberia, Sierra Leona y, probablemente Mali, ha causado el fallecimiento de 96 personas, lo que ha reforzado la vigilancia epidemiológica en esos países, principalmente en Conakry, la capital de Guinea, donde se han diagnosticado 16 casos, ya que en una ciudad es mucho más difícil de detectar a los pacientes infectados y, por lo tanto, se dificulta el control del brote.

La propagación de la enfermedad es posible por la migración ya sea voluntaria o forzada, como sucede en el continente africano, por lo que las típicas medidas preventivas, como las elementales reglas de higiene y abstenerse del contacto directo con las personas infectadas y con sus secreciones, son recomendables, pero no del todo efectivas.

Lo más importante es evitar el contacto con los animales reservorios y detener la destrucción de bosques y selvas para preservar el ecosistema y el hábitat de esos animales, de tal forma que se reduzca el riesgo de contagio para los seres humanos.

Esta última recomendación depende de acciones políticas como impedir la deforestación, disminuir los índices de pobreza y poner fin a conflictos bélicos regionales, lo que permitiría mejorar las condiciones de vida de los pobladores, que ya no se verían obligados a irrumpir en los ecosistemas de los virus y sus reservorios. Solamente así se podrán detener los brotes epidémicos de los virus emergentes, como el de la fiebre del ébola.

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