Enrique Rajchenberg

 

La biografía es uno de los géneros historiográficos más difíciles. Los riesgos de escribirla son múltiples, pero el más usual consiste en trazar una línea que corresponda al tiempo que vivió el protagonista de la historia e ir rellenando los años con los diferentes episodios de su existencia. Es el modelo biográfico que inicia invariablemente con la fecha y lugar de nacimiento y culmina el día de su fallecimiento. Otro desafío consiste en sortear la tentación hagiográfica que beatifica al personaje intentando exhibir e incluso exagerar sus virtudes demostrando que de cabo a rabo fue coherente con una sustancia ontológica con la que nació y que no se alteró durante el viaje por este mundo y sus avatares.

Eugenia Meyer, a quien el gremio de los historiadores apoda la viuda de Vasconcelos por su labor editorial en Conaculta durante los años noventa o también la viuda de Luis Cabrera por haber publicado las obras completas de este jurista poblano de la Revolución, pero quien es sobre todo maestra emérita de la UNAM, asumió esos riesgos y los esquivó al emprender la tarea de escribir la biografía de Gregorio Walerstein. Eugenia tuvo que enfrentar un desafío adicional que consiste en que el biografiado fue su padre, a quien también sus colegas le endilgaron un sobrenombre, el de zar del cine mexicano.

Durante medio siglo, entre 1941 y 1991, don Gregorio produjo casi tres centenares de películas y en ciertos momentos como, por ejemplo, en los cincuenta a razón de casi diez películas por año. Como se deja ver, aquello de zar tenía fundamentos.

La historiadora no se preocupó por esconder la carga emotiva que implicó hacer un libro sobre alguien que tuvo una relación directa con ella, sino por narrar la vida de su padre que está obviamente entreverada con la suya, haciendo explícita esa relación que tuvo también sus momentos de intensa rispidez. En ese sentido, Gregorio Walerstein. Hombre de cine (México, Fondo de Cultura Económica/Facultad de Contaduría y Administración-UNAM, 2013) es también un esbozo de la biografía de Eugenia Meyer.

El productor de cine es una figura invisible de las películas. Es más, en algunos carteles publicitarios de los filmes el nombre del productor ni aparece. Quienes no son particularmente cinéfilos conservan en la memoria el nombre de los actores, a veces el del director, pero sólo los muy fijados prestan atención al nombre del productor. Eugenia visibiliza a estos artífices del cine a través de la historia de Walerstein quien leía infatigablemente y de esas lecturas salía eventualmente un proyecto cinematográfico, de éste un argumento, de éste un director, un guionista y los actores. En otras palabras, la cadena de producción fílmica es exactamente inversa a la visibilidad pública de sus agentes.

En cambio, si se dijera que en las películas de Walerstein desfilaron actores como María Félix, Pedro Infante, Vicente Fernández y Pedro Armendáriz, sin duda el asombro crecería. La lista de quienes iniciaron o se consolidaron bajo el patrocinio de Walerstein es inmensa, como lo atestigua la profusión de fotos de las películas que acompañan al texto de Eugenia. Algunas de estas fotos nos hacen sonreír como la de Joaquín Pardavé y Sara García en 1941, cuando ésta no era todavía el emblema de la “abuela del cine mexicano”. O bien el cartel publicitario de “Mi querido viejo” donde aparece un Alejandro Fernández casi imberbe junto a su padre Vicente.

Gregorio fue también el hacedor de un personaje que devino héroe popular cuando además de ser de carne y hueso fue de celuloide. Por supuesto, me refiero al Santo que sigue contando con masas devotas. Paradójicamente, Eugenia no le dedica a este segmento de la producción del padre más que algunas líneas en desproporción al tamaño del mito que se construyó en torno al enmascarado de la lucha libre.

Pero el cine no es solamente creación e imaginación artísticas. Es también “arte” de la administración, de la gestión de los recursos financieros y de cómo obtenerlos; es, como suele decirse en la jerga de los negocios, olfato para prever qué película tendrá mayores posibilidades de éxito. Nos cuenta Eugenia cómo Gregorio a veces se equivocó, pero por lo general sus pronósticos fueron certeros. De ahí la frase que gustaba repetir el biografiado acerca de que los Walerstein siempre ganan o por lo menos empatan.

La gente de cine sabía de sus dotes y por eso recurrían a él para un consejo o una opinión. Su oficina se volvió algo parecido a una sala de espera de un médico en que una decena o más de personas de la industria aguardaban su turno diariamente para comentarle algún asunto. No hay duda que sus dotes de administrador no eran puro instinto, sino resultado también de su formación universitaria primero como contador, luego en economía. Por supuesto, ambas carreras las cursó en la UNAM.

A Walerstein le tocó vivir y hacer cine en la época en que el Estado no solamente intervino poderosamente en la economía, sino que controlaba todos los actos de aquello que con mucha imaginación y generosidad podría llamarse sociedad civil. Como todo régimen político autoritario, todos los medios fueron usados y capitalizados para promover y afianzar el poder. El cine no escapó al ogro quien, nos relata Eugenia, tenía dos imponentes instrumentos para evitar que la actividad filmográfica adquiriera autonomía y se volviera eventualmente un espacio crítico del poder: por una parte, la institución crediticia gubernamental, el Banco Cinematográfico, que autorizaba los recursos necesarios para rodar una película previa revisión de los argumentos de ésta; por otra, la censura también gubernamental que permitía al Estado “proponer” cambios en la cinta porque ciertos pasajes eran moralmente reprobables o porque contradecían la historia oficial. A México de mis recuerdos, película de 1943, Walerstein le tuvo que modificar la escena final en que originalmente una mujer le besa la mano a don Porfirio a punto de partir al exilio en 1911. Era una herejía política que una persona del pueblo se despidiera en esa forma de quien había sido derrocado por una revolución popular, cuya herencia la reclamaba monopólicamente el Estado de aquellas décadas.

Pero los genuinos y más agudos conflictos con el poder político sobrevinieron después, durante el sexenio de Echeverría y más aún durante el siguiente, el de López Portillo, quien colocó a su hermana Margarita en la función gubernamental relativa al cine y a la cultura en general causando terribles estropicios públicos y privados.

Eugenia Meyer, ya lo comenté anteriormente, no encubre la relación afectiva con su papá. Más aún, su admiración por él se respira en la lectura del libro. Ello no obsta para que nos revele las discusiones propias de toda brecha generacional entre padres e hijos, o incluso la interrupción temporal de la relación en momentos de una confrontación más seria. Fue el caso, por ejemplo, cuando a raíz de haber reclamado públicamente Eugenia a Luis Echeverría en 1979, a la sazón embajador en Australia, el cuestionamiento que el presidente había formulado a don Gregorio y a otros productores en Los Pinos en 1975 durante la ceremonia de entrega de los premios Ariel, éste increpó a la hija por intervenir en un asunto con el que él podía lidiar sin la “ayuda” de su hija.

Pero también la historiadora refiere, no sin un dejo irónico, el tono moralista de algunas producciones del padre. Indudablemente, Walerstein fue un hombre de una época en que ciertos temas no podían exhibirse en la pantalla porque aun si el productor o el director así lo hubieran deseado la película no pasaría la censura. Vistas desde la perspectiva del siglo XXI, esas prohibiciones impuestas y otras veces propias resultan ciertamente ñoñas y anacrónicas, pero son también parte del contexto cultural que a los historiadores les corresponde descifrar, comprender y explicar. Por supuesto, el velo tendido sobre muchos tópicos duró mucho más tiempo que en otras partes del mundo y eso hizo que, a la postre, México se encerrara en una suerte de provincialismo cinematográfico que duraría varias décadas y mucho esfuerzo para ser trascendido.

Leer la biografía de un hombre, cuya historia es en buena medida la del cine mexicano y parcialmente la del iberoamericano, que no estuvo bajo la luz de los reflectores de los estudios de filmación pero que sin su presencia no hubieran podido ser encendidos, es como si nos autorizaran la entrada al foro de grabación. Adicionalmente, si la biografía es escrita por su hija, cómplice del padre pero no complaciente, el placer de la lectura se multiplica.