Juan Antonio Rosado
El 30 de marzo pasado, un día antes del centenario del nacimiento de Octavio Paz, falleció su hija, Helena Paz Garro. A través de una parte de su escritura, por ejemplo: el poema “A mi padre, Octavio Paz”, el poema “Grano de polvo”, dedicado a Marie-José, o extractos de su diario, que publicó Huberto Batis en el suplemento Sábado el 31 de enero de 1998, se percibe una tensa situación interna ocasionada por la problemática familiar, pero sobre todo un deseo renovado de reconciliación, de comunión con la figura paterna, que nos lleva a los lectores —dado que los textos se hicieron públicos— a conectar esta situación familiar concreta con una circunstancia profundamente humana y universal: la búsqueda del padre.
El peso de una figura internacional como la de Paz opacó a muchos en su momento. Al parecer, Helena sintió ese peso e intentó superarlo de diversas maneras. El 16 de enero de 1998, tras enterarse de la enfermedad que acabaría con la vida de su padre, lo busca a través de la poesía: “Quisiera ser la ranita verde y húmeda/ que cantara bajo tu ventana/ La canción de los bosques en primavera/ su humedad/ para hacerte sentir ligero y fuerte/ nadando en un agua pura/ que te llevara/ a la tierra fértil/ de la salud/ a la alegría de curarte/ abolir el sufrimiento de tu enfermedad …”.
En su diario, entre otras cosas, afirma: “No entiendo qué pasó. Como si una extraña maledicción hubiera caído encima y nos hubiera separado.// Seguramente yo tengo mucha culpa por mi estúpida terquedad y rebeldía”. Evoca entonces a la niña desobediente que creía que los regaños del padre eran desamor; evoca sus “burlas” y se siente culpable: “¡Cómo las he pagado!”. Pero también llega a una conclusión seguramente injusta: “En este país a nadie le gustan o leen mis poemas”.
En 2008 publiqué un breve libro titulado Entre ruinas, que contiene una sección de aforismos. Cito dos de ellos porque vienen al caso: “La canonización y los llamados ‘cánones’ literarios contaminan, restringen y falsean el gusto de los lectores tanto o más que las santificaciones o canonizaciones eclesiásticas lo hacen con el sentimiento de las masas”, y este otro: “Están más muertos aquellos que no hacen revivir una obra genial que el vivo ignorado que la creó antes de morir (lección para los críticos de arte)”. Hundida en un mundo subterráneo, a la sombra de Elena Garro, su madre, opacada por el peso de una figura internacional, Helena Paz —autora del poemario La rueda de la fortuna— aguarda ahora al crítico que la valore para enriquecer aún más el acervo poético de nuestro país.
