Patricia Gutiérrez-Otero

Qué difícil es morir.
Herminia López y Jiménez, en el hospital

Caer en manos de médicos puede ser lo mejor y lo peor. Lo mejor cuando el doctor o la institución en la que trabaja tienen una visión de conjunto del ser humano, y no me refiero sólo a considerarlo como persona con sentimientos, voluntad y capacidad de decisión, y un no sé qué que va más allá de la materia, sino de su organismo físico como un todo complejo en el que el estómago se interrelaciona con la circulación, el dolor en el pecho con las emociones, el dolor de espalda con la colitis… Cuando ese médico tiene una capacidad clínica de oler, tocar, mirar, escuchar y hasta gustar al paciente y sus humores para diagnosticarlo sin tener que, o antes de, recurrir a exámenes o tratamientos dolorosos y costosos (los doctores del IMSS ya no traen el estetoscopio). Aún más, cuando ese médico puede decir: hasta aquí me detengo, sólo quedan los cuidados paliativos. Y cuando los médicos no tratan a la persona como “paciente” y toman en cuenta sus decisiones como “sujeto” capaz de decidir sobre sí mismo.
Lo peor es caer en manos de médicos o instituciones que siguen pensando que hay que salvar la vida a toda costa. Esta situación se complica cuando entran de por medio ganancias económicas o intereses relacionados con la investigación. En este caso, el enfermo, y hasta sus familiares prácticamente no cuentan, salvo cuando hay que firmar operaciones de riesgo, que los doctores apenas explican. Los médicos objetivizan a los pacientes y a sus familiares. Se vuelven los poseedores de un saber secreto.
El escenario se agrava cuando el médico no toma en cuenta la calidad de vida del paciente ni su edad. ¿Puede la persona vivir una vida digna o no? ¿En el estado en que se encuentra, y que puede irse agravando, quiere seguir viviendo gracias a la medicina, cuando si no la tuviera ya hubiese fallecido?
Mi madre grita a los médicos que le pongan una inyección letal. Le recordé que no podían. Lo que sí podrían, si tuvieran una visión holística, es plantearle los panoramas que se presentan ante sí, y dejarle decidir si le siguen dando ciertos medicamentos que le ayudan a seguir viviendo o no. Eso sería digno. Replanteemos el debate sobre el poder de los médicos y la medicina, y sobre la eutanasia.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.

pgutierrez_otero@hotmail.com