Nuestras propias tradiciones

Mireille Roccatti

La llamada Semana Santa o Semana Mayor en la religión cristiana es ocasión propicia para reflexionar; en ella se conmemora la última semana de vida de Jesús, que inició con su entrada triunfal a Jerusalén montado en un burro nunca cabalgado por hombre alguno. Esta visita a la capital del reino de Judea con motivo de la celebración de la pascua judía obedece al cumplimiento de los designios de Dios establecidos en las sagradas escrituras.

Su estancia en la ciudad santa transcurrió con diversos episodios desde el lanzamiento de los mercaderes del templo, que motivó el aforismo de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; la celebración de la pascua judía en la última cena; su detención en el Monte de los Olivos; el enfrentamiento con los sacerdotes integrantes del Sanedrín; su comparecencia ante la autoridad romana, y que sirvió a ésta en la persona de Poncio Pilatos, luego de lavarse las manos para excluirse de la responsabilidad en cuanto a la sentencia judía. Jesús fue martirizado y sufrió crueles torturas que finalizaron con su muerte en la cruz, junto a dos ladrones, Dimas y Gestas.

Estos días, desde siempre en nuestro país, se han conmemorado por la comunidad cristiana, que representa nueve por ciento de la población, con un espíritu de reflexión, meditación e introspección, así como con representaciones de la pasión de Cristo, algunas de las cuales son famosas en el mundo entero, como la procesión silenciosa de San Luis Potosí, los penitentes de Taxco, la pasión de Iztapalapa en el Distrito Federal, la de Metepec o la de Tenango del Valle, en el Estado de México, por citar algunas.

A la par de las celebraciones religiosas dentro de un particular “sincretismo religioso mexicanísimo”, estos días se convierten en temporada de holganza, esparcimiento, diversión y hasta excesos; de vacaciones en distintos lugares, en playas —quienes pueden, aunque algunos pueden con visita previa o posterior al Monte de Piedad—; en suma tenemos nuestra propia tradición.

Rememoro esto porque, creyente como muchos mexicanos, respetamos y cumplimos con los principios y valores de nuestra religión, la cual hemos logrado que se respete tanto en nuestra libertad de credo, como en cuanto a la celebración de culto, aunque lamentablemente, la jerarquía de nuestra Iglesia, que no entiende de derechos y de la convivencia en un Estado laico, así como de los límites e impedimentos legales de no inmiscuirse en la política previsto tanto en la legislación de nuestro país, como en el propio Código Canónico, se empeña en violentarlos y llevarlos al filo de la navaja en la búsqueda de sus propios intereses particulares, en especial en la cercanía de tiempos electorales.

También son muchos y cada vez más los mexicanos que nos oponemos a la pretensión de intervenir en la política electoral de los mandos superiores de las Iglesias, que condenan y anatemizan candidatos y partidos, o se mezclan en saraos y celebraciones con el poder, olvidando su misión pastoral. Dicho lo anterior, sin ánimo de imponer candados o tapabocas a los ministros, pastores y párrocos que, al querer o no, desempeñan un papel importante en nuestras comunidades. Pero una vez más, a Dios lo que es de Dios y a César lo que es del César.

La Pasión de Cristo tiene otras lecturas filosóficas y de mayor trascendencia que afectan el paso del hombre en el tiempo infinitesimal de la vida humana, por eso quisiéramos descenderlo al tiempo en que vivimos, donde la mayoría de nuestros compatriotas sufren una lastimosa e indigna condición de algún grado de pobreza o pobreza extrema, que incluye la pobreza alimentaria.

La cortedad de miras, la ausencia de visión de futuro de la clase política, la falta de políticos capaces de plantear un futuro viable para la nación constituyen la verdadera encrucijada de México. El regodeo en la pústulas y purulencias del pasado remoto o del inmediato pasado a nada conducen y a nadie benefician; yerran quienes pretenden obtener ventajas electorales de ello, la sociedad espera un planteamiento y un convencimiento de construir una rúa por donde transitar hacia una sociedad más justa. Un mundo mejor, como el que Jesús soñó y prometió para toda la humanidad. Los mexicanos queremos vivir en paz, en democracia, con libertad, pero también con igualdad.