Octavio Paz (1914-1998)

Marco Antonio Aguilar Cortés

Los fantasmas de nuestros bicentenarios y centenarios, a partir de 2010, siguen recorriendo e inquietando las más secretas raíces que nutren y atan a los mexicanos.

Eso que nos alimenta y liga fue analizado con profunda maestría por Octavio Paz en El laberinto de la soledad (1950); y hoy, en este año 2014 en que recordamos el centenario de su nacimiento, nos es obligado retornar a la relectura de sus obras, con preocupación, aun sabiendo que nos generará encanto.

En mi caso tengo subrayados sus textos, a los que al margen he dedicado anotaciones personales. Esto me ha facilitado las frecuentes consultas.

Antecedente de las reflexiones que Paz tuvo sobre lo mexicano fue, sin lugar a duda, (lo escrito por quien sus años de preparatoria los pasara en el Primitivo y Nacional Colegio de San Nicolás de Hidalgo) Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México (1934); empero, Octavio ahonda, amplía y actualiza ese tema inacabable y controvertido tan pertinaz y debatible como todo lo que cambia y que, además, multiplica con frecuencia inaudita las perspectivas para ser estudiado.

Siempre será un material aleccionador leer lo que fueron en su tiempo, y lo que son para el nuestro: los pachucos y sus extremos; las máscaras mexicanas; el Día de Todos los Santos y el de Muertos; la Malinche y sus hijos; la Conquista y la Colonia; la etapa de la Independencia, la de Reforma y la de la Revolución de 1910; la inteligencia mexicana hasta la primera mitad del siglo XX, y la dialéctica de la soledad. Sin embargo, el meollo del problema inicial planteado por Ramos y por Paz fue el porqué del sentimiento de inferioridad que los mexicanos llevamos dentro.

Y ambos observan, también en principio, que los mexicanos portamos “la instintiva desconfianza acerca de nuestras capacidades… lo que nos conduce a un sentimiento de inferioridad… por lo que tenemos predilección por el análisis… por la crítica de lo creado por otros… debido a la escasez de nuestras propias creaciones”.

Ramos señaló algunas causas de ese sentimiento de minusvalía. Paz acrecienta en todos sentidos esa hermenéutica y, por ejemplo, externa: “Al repudiar a la Malinche —Eva mexicana, según la representa José Clemente Orozco en su mural de la Escuela Nacional Preparatoria— el mexicano rompe sus ligas con el pasado, reniega de su origen y se adentra solo en la vida histórica… de ahí que el sentimiento de orfandad sea el fondo constante de nuestras tentativas políticas y de nuestros conflictos íntimos. México está tan solo como cada uno de sus hijos”.

Sobre ese tema, y algunos otros de interés, tuve el privilegio de platicar con Octavio Paz durante una de sus visitas a la ciudad de Morelia y, en la cena, dijo: “Nos buscamos a nosotros mismos y encontramos a los otros”. Y le pregunté: “¿No será que ya estamos en la soledad del laberinto?”