El éxito o fracaso de las reformas lo juzgará la historia
Alfredo Ríos Camarena
Es común que entre políticos de poco conocimiento teórico haya confusiones debidas a la ligereza, a la ignorancia y a la estulticia; su poco conocimiento de la estructura del sistema político los hace dar frecuentes resbalones en sus declaraciones públicas: el caso más reciente es el del expresidente del PAN Gustavo Madero, quien en entrevista de prensa afirma orgullosamente que hoy el PAN cogobierna con Peña Nieto “como nunca”. Obviamente, en su afán publicitario en la búsqueda de ser reelecto, este descendiente del héroe mexicano Francisco I. Madero, que nos dejó como legado histórico la no reelección del Poder Ejecutivo, además de hacer poco honor a su ancestro, hace afirmaciones que nada tienen que ver con la realidad histórica y jurídica del país.
En México no se puede cogobernar; el artículo 80 de la Constitución establece: “se deposita el ejercicio del supremo Poder Ejecutivo de la Unión en un solo individuo, que se denominará «presidente de los Estados Unidos Mexicanos»”. Claro que otro panista, el expresidente Fox con su enorme simpatía y su inmensa ignorancia, hablaba de la pareja presidencial.
No, el sistema presidencial mexicano no admite cogobierno; una cosa es que en el Congreso de la Unión existan representaciones de diversos partidos y éstas conformen criterios de unidad para reformar o producir leyes, lo cual es su función constitucional, y otra muy distinta sería el cogobierno que sólo puede entenderse y resolverse en un sistema parlamentario.
La esencia del sistema presidencial está justamente establecida en esa responsabilidad que se otorga a través del voto universal y directo al jefe de las instituciones nacionales, quien además tiene la facultad de nombrar y remover libremente a sus colaboradores con las excepciones que señala la propia Constitución de la república (procurador general de la república, altos funcionarios de Hacienda). Este sistema ha probado su eficiencia en su desarrollo histórico y dadas las condiciones culturales y jurídicas del país; claro que se escuchan voces para reformarlo, pero hasta ahora lo que ha habido es darle una mayor flexibilidad a través de organismos autónomos constitucionales y una mayor participación del Congreso en algunos nombramientos específicos.
Las decisiones del Ejecutivo federal son responsabilidad plena del presidente y el cogobierno no es posible dado nuestro entramado constitucional que así lo ha determinado. Nadie puede pensar que no debe haber cambios y reformas al sistema político, pero hasta hoy, es claro que estamos viviendo una democracia representativa, federal, laica, donde el poder de las atribuciones del Ejecutivo están claramente definidas en la parte orgánica de la Constitución, así como también la de los otros poderes, el Judicial y el Legislativo.
Las declaraciones del mencionado panista obedecen a sus circunstancias coyunturales para obtener su reelección en su partido, cosa que probablemente suceda, pero no deja de ser desafortunado que, en la búsqueda de esa posición política, cometa pifias que desorientan y desinforman; de ninguna manera el PAN cogobierna, ni ningún otro partido, la Constitución es clara.
La realidad es que esta equivocada percepción nació del concluido Pacto por México, cuyos objetivos fueron impulsar reformas en las que pudieran estar de acuerdo los tres principales institutos políticos. Este camino tuvo sus ventajas y desventajas, pero finalmente no era más que una forma con la que el partido del poder, el PRI, pudo sacar sin dificultad gran parte de su agenda legislativa, apoyándose en unos casos en el PAN, y en otros en el PRD; sin embargo, el éxito o el fracaso de las reformas adoptadas lo juzgará la historia en su tiempo y sobre quien recaiga la responsabilidad de éstas será fundamentalmente del presidente de México, aunque sin duda, y esto es fundamental, el Poder Legislativo realizó su tarea.
