Alejandro Alvarado
Como una especie de homenaje a sus lecturas de juventud del género de la picaresca, David Martín del Campo escribió la novela Corre Vito (Lectorum). En una cafetería en Coyoacán, donde se realizó la presente entrevista, el autor de Rojas son las carreteras comentó que quizá uno de los libros que más ha disfrutado en su vida es Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain, y, desde luego, La vida inútil de Pito Pérez y El Lazarillo de Tormes, “novela que todos leemos obligadamente en la preparatoria y que yo gocé mucho. Incluyo también El Periquillo Sarniento, de Fernández de Lizardi, que debo haber leído a los veintidós o veintitrés años; y esto es curioso porque es la novela fundacional de la literatura mexicana, la primera que se publica en el México independiente. Yo he buscado de vez en cuando la expresión literaria de personajes, más o menos, adolescentes, cínicos, pierdevidas”.
—¿Cómo son estos adolescentes de los que nos habla?
—Estos personajes son muy interesantes porque en ellos todo está por descubrirse, todo es novedad y, por lo mismo, encontramos una frescura innata en la narración. Constantemente yo regreso con esos personajes y el más consolidado de ellos es Vito Beristáin.
—¿Qué características cree usted que deben destacarse cuando se habla de los jóvenes?
—Cada quince o dieciocho años hay una generación de jóvenes que opaca a la presente. Cuando yo tenía dieciséis o diecisiete años viví un despertar muy virulento, porque los jóvenes le entrábamos a todo. La frontera moral que teníamos en aquel tiempo era la del pudor, la cual ha sido derrotada y ya no es la misma, pero yo prefiero la mía porque cuando hay pudor hay secretos, hay prohibición y una mayor riqueza porque esa secreción y ese desenterrar los misterios te mueve mucho las cosas; ahora eso es distinto, lo permisible es absoluto en el comportamiento familiar, sexual, íntimo, en el compromiso de las parejas, y no quiero ser moralista y decir qué época es mejor, simplemente, estoy diciendo que es distinta.
—¿Qué espera de la picaresca, del humor, cuando escribe una novela?
—Siempre he pensado que la vida con alegría y con optimismo es distinta de la vida sin optimismo y con una visión, como dicen los chavos, darketa u ominosa. Los que son ominosos y negativos se mueren y los que son optimistas y felices también se mueren. Entonces, yo digo que, el humor es la expresión feliz de la inteligencia. El humor resuelve muchas situaciones dramáticas de los personajes, que de otra manera no se podría. Mi personaje Vito Beristáin es un humorista, un hombre feliz, y su pecado es que es un optimista y demasiado iluso, quizá.
—También el humor en su novela lo combina con una dosis de dramatismo…
—Alguien podría decir que mi novela es una tragicomedia, porque vaya tragedia que es la vida de los Beristáin; pero, a pesar de todo, Vito, como ya dije, ve las cosas con optimismo. Es una especie de brujo, de cacique con los poderes mágicos de los huicholes, que adivina la vida de las personas, no la de sí mismo. Tiene los poderes de la mezcalina y del peyote (heredados de su abuelo) y eso va de la mano con el humor; pero, también, es una novela mística, que pisa mucho, como José Revueltas en su momento, de ciertos valores, ciertos estigmas que nos acompañan toda la vida. Cuando Vito se pierde en el desierto pasa cuarenta días y cuarenta noches como Jesús en la Pasión; Vito siempre está conversando con alguien y, al final, uno no sabe quién es su interlocutor.
—Hace rato me decía que su libro es un homenaje a las novelas de la picaresca que han dejado huella en usted; ¿cuál es la influencia en un escritor de los autores de cabecera?
—Creo que la recibe en dos sentidos; una consiente, cuando dice: voy a escribir como Vicente Leñero, como John Irving, como Murakami o como George Orwell; y otra, cuando va introduciendo, más que sus valores, las capitulaciones de estos escritores, sus herramientas estilísticas, sus trucos; y decide si debe usar guiones para el diálogo, si prescindir o no de las comillas, de qué manera ir entremezclando diálogos, narración y descripción; que esto se note o no se note. Siento que lo que le influye son los autores que más lee. Algunos de los que a mí me han influido en los últimos tiempos son Cota McCarthy, John Irving, Doris Lessing; de John Irving yo he aprendido horrores, una novela suya que considero la Biblia para un escritor es Viuda por un año. La influencia de otros escritores es un aprendizaje que da confianza a quienes nos dedicamos a la literatura, porque nos damos cuenta que las grandes obras no son necesariamente obras de grandes anécdotas. Para hacer una buena novela, no se necesita describir la invasión Francesa en Rusia de Guerra y Paz. No. Esas pequeñas tristezas y mezquindades cotidianas que están en las obras de Leonardo da Jandra, por ejemplo, no son históricas pero sí indispensables porque, digamos, que habría una empatía del lector con la historia y con el tono. Finalmente, son artículos de honestidad, de qué tan honesto es el autor para contar la historia. Todo esto lo lleva a enamorarse del estilo. El estilo literario es importante porque, aunque hay quien lo menosprecia, ese manejo magistral que tiene, por ejemplo, Mario Vargas Llosa que, escriba lo que escriba, hace su narrativa interesante y va contagiando al lector con su magia literaria. Hay gente que redacta y redacta bien, pero la escritura literaria es otra cosa.
—Háblenos de su estilo. ¿Cómo lo define?
—Siempre he creído en la elegancia y conste que la elegancia no es que te vayas a comprar tu ropa a la Quinta avenida en Nueva York. La elegancia literaria es el uso adecuado de las palabras que nos da el idioma y los diccionarios para hablar correctamente, y no llenar nuestra historia con un estilo alambicado o churrigueresco; sino utilizar las palabras adecuadas. No es los mismo: vi un pajarito, sino que, apareció un gorrión. El gorrión es de los pájaros urbanos por antonomasia. Ese es un recurso narrativo hecho con malicia y mucho estudio. Lo más gozoso no es la escritura de la novela sino su revisión. Agarras tu manuscrito de doscientas páginas y empiezas con el lapicito, línea tras línea, párrafo tras párrafo y vas hilando, corrigiendo. Sin duda esa es la parte más gozosa. Porque vas enfrentándote con un texto que, de pronto, te asombra y te interesa, parece que no lo escribiste tú, y vas dándole constantes correcciones y pulimento. El pulimento es lo que hace que una obra destaque en sus aspectos literarios. Otra cosa muy importante es el ritmo musical que hay en la narración, para que las palabras fluyan con suavidad y elegancia, y pareciera que el lector, al leer el texto, se meciera con la armonía del sonido de las palabras.
