Eve Gil

No hay una sola novela de Francesca Gargallo que no me haya perturbado, emocionado, emboscado, y sí, escandalizado un poco. Y si bien nunca se sabe qué esperar de ella, la certeza ante cada nueva historia es que la autora posee el poder de transmitirnos sus miedos, sus odios y sus ideales, sin importar qué tanto comulguemos con su ideología. Y me atrevería a afirmar que la mayoría de sus lectores, aún sin simpatizar con su apasionado progresismo humanista, más que feminista, disfrutará intensamente sus aventuras en sitios y épocas diversas.
Con todo, presiento que ninguna de sus novelas es tan radical y apasionante como Al paso de los días (Terracota, México, 2013). Esta nueva aventura tiene un poco de las demás; la tragedia ecológica de Marcha seca; los dilemas pasionales y existenciales de Estar en el mundo y la crítica y denuncia sociopolítica de Los pescadores del Kukulkán… pero además tiene a los pasajeros de un avión secuestrado y luego abandonados a su suerte en un desierto, y elementos de reality show que parecerían insólitos en la narrativa de Francesca, pero aquí adquieren gran profundidad. Siete sobrevivientes de un singular acto terrorista, perpetrado, al parecer, por la propia tripulación de aquel vuelo Marsella-París, entre los que destacan un famoso escritor con una fatwa pendiendo sobre su cabeza (¿Salman Rushdie?), un afamado galán de cine de acción, un ex militar serbio, una profesora y escritora que es una especie de amazona y una niña de trece años. El periplo de este grupo será captado por una cámara de ubicación desconocida, que a su vez proyecta estas imágenes para el mundo entero, gracias a los estertores del único satélite que se mantiene en funciones… un mundo que parece a punto de desmoronarse por un apocalipsis forjado a conciencia por la ambición desmesurada de algunos. El mundo, como señala uno de los personajes, se ha transformado en un cadáver que sigue vivo porque sus uñas siguen creciendo. Y esta es la única transmisión televisiva que se puede sintonizar y que algunos, particularmente los involucrados con estos personajes, siguen como si se tratara de una telenovela, cada vez más deslindados emocionalmente de éstos, y del mundo en general.
Si ya lo anterior sugiere una vorágine de aventuras, aún falta lo mejor. Porque Al paso de los días está narrada desde diversas perspectivas y planos, y prácticamente todos los personajes, actuantes y observadores pasivos, aportan sus puntos de vista y cobran vida y una importancia inesperada en algún momento de la narración. Otro rasgo común en las novelas de Francesca Gargallo, es que hace interactuar a muchos personajes, pero generalmente hay uno, si acaso dos protagonistas sobre los que se desliza una cámara invisible. En este caso, esa cámara los sigue a todos. No hay un protagonista definido, ni siquiera la mujer que, ya muy avanzada la narración, descubriremos que se llama Irene, y que viaja con su hija en el fatídico vuelo y cuyo firme carácter la convierte en la líder del peculiar grupo, y que es justo la clase de heroína que esperaríamos tratándose de Francesca. Pues no. Cada personaje, tanto las víctimas del ataque, como aquellos que siguen su periplo a través de televisión, incluso los políticos y funcionarios de países remotos (Irán, Mongolia) que deben coordinarse para resolver aquel problema que podría propiciar un desastre diplomático, así como los científicos, responsables indirectos del desastre ecológico que tiene íntima relación con el suceso, todos tienen voz; todos explican sus motivos y sus temores.
Pero por muy emocionante que sea la aventura; por mucho que importen las decisiones que se toman aquí y allá, Francesca sabe cómo hilvanar a la trama una denuncia contra una realidad que podría desencadenar tragedias semejantes, incluso peores a las que nos expone. Como todos sus lectores saben, Francesca es una militante feminista que, además de trabajar a favor de las mujeres, ha militado, sobre todo a través de su literatura, por una concientización respecto a los peligros que acechan un mundo del que no precisamente puede decirse que viva en paz, pero que puede ser todavía peor si los poderosos porfían en su avidez por control y dinero, que lo mismo puede desencadenar guerras que desastres ecológicos, cosa que ellos no ignoran y no les importa en lo absoluto, y la autora sabe introducirse en la psique de personajes de esta calaña sin que terminen pareciendo villanos de caricatura, al extremo de permitirles justificarse de lo injustificable.
Y por supuesto no se trata de una historia de malos contra buenos. En algunos casos podría ser un conflicto de conciencias; pequeñas o intensas guerras internas y, en el caso específico de los sobrevivientes del vuelo, que terminan siendo caminantes sin rumbo del desierto de Mongolia, un enfrentamiento crudo con su propia humanidad. Hay un momento en particular que me erizó hasta el último vello. No deseo entrar en demasiados detalles para no desvelar demasiado de la trama, pero cuando la única niña del grupo sufre una intentona de violación, y es rescatada por un viejo amigo de su madre, un profesor serbio, ella le pregunta inocentemente si él ha violado a alguien. La respuesta no puede ser más elocuente: “Amor, ojalá nunca conozcas la guerra”.