Ricardo Muñoz Munguía

Antes de salir de la Ciudad de México hacia Monterrey, junto con su esposo Ramiro Garza, Carmen Alardín escribió un poema que, ahora, ante su fallecimiento, viene a ser una despedida a una ciudad que la hizo suya y, por ende, le ocupó también con su labor poética. Por otro lado, menciona lo que podría entenderse como el velorio, con los cirios del silencio y la voz amorosa de sus acompañantes. Aquí los versos inéditos que le agradecemos profundamente a su hija, Ana Silvia Garza, nos haya dado para incluirlos en esta breve mención:

Una ciudad pequeña

Una ciudad pequeña en donde velan
las torres del silencio como barcos
y las frases de amor como campanas.

La poeta nacida en Tampico, Tamaulipas, en 1933, estudió Letras Alemanas, la maestría en Letras Mexicanas en la UNAM y una especialización en el Goethe Institut de Munich, Alemania. Su labor creativa deja los libros El canto frágil, Después del sueño, No pude detener los elefantes, La violencia del otoño (por el que recibió el Premio Xavier Villaurrutia), entre otros, y material inédito, por lo menos dos libros más, La caída del ángel y Las mariposas no cantan, de los que tomamos un fragmento:

Yo quiero ser el agua de los peces
que escaparon a todos los peligros,
de los peces dorados que se acercan
a todos los marinos que naufragan.

Carmen Alardín falleció el pasado 10 de mayo, día por demás emblemático. Poeta de mirada honda y de símbolos, que creó escenarios de vida con elementos de la naturaleza, de la presencia humana, de la memoria que constantemente le citaba el pasado como la infancia o incluso antes como lo explicara sobre una sección titulada “La noche”, la que “implica la tiniebla en el vientre materno, a la vez que esa sombra que acompaña a todos los poetas”. Alardín construyó un lenguaje de versos en los que se deja ver su enfrentamiento con el panorama que le rodeaba, y así se mantuvo de frente tanto en lo sorprendente —el mar es un ejemplo— y maravilloso como en la angustia y la muerte, a la que trató sin ningún soslayo en su quehacer poético: “Muerte, ya estamos en la pista. (…) Un poco más y serás mía,/ y agotarás el aire enardecido/ para cortarme la garganta”.
La página de Carmen Alardín sigue abierta, su obra tiene el empuje necesario para trascender, pues su vigencia está definida y hoy, con su partida física, es cimentar una obra que dialoga con todos los tiempos.

Sin palabras quiero guardarte,
sin memoria, sin espectros,
sin ningún más allá que nos pregunte,
sin ningún más acá que nos conteste.
Guardarte elemental y simplemente
como un poco de lluvia en el tejado,
o el caracol retiene, según cuentan,
el sonido del mar.

Mujer de luz que habita su presencia, que guarda desde su nombre su destino, pues Carmen significa “Canto”, palabra que refiere “poesía” en el término más puro. Mujer sumamente activa y que trabajó en ofrecer talleres literarios, una labor valiosísima, sobre todo en estos tiempos de extrema violencia. Mujer de amor y de pasión por su familia. Mujer de valiosa amistad que me extendía la mano izquierda y decía saludarme así porque era lo más cercano para saludar con el corazón. Mujer que se adentró en la música con su sensibilidad y conocimiento. Mujer de la palabra, pues su expresión poética inserta en su obra una galería de imágenes naturales que son hallazgos de su andar. Y es la poesía el medio para trasladarse al territorio de los sueños donde el deseo y la angustia fluyen, en que el cuerpo abre sus brazos a la lluvia y la naturaleza llora, donde el día y la noche cobran esperanza, y los colores se embarcan hacia el sol. Mujer que habita un valioso lugar en las letras mexicanas. Mujer de luz y del color vivo, como ella lo dibujara en un verso: “Y de mi mano brota un arco iris”.
¡Descanse en paz, Carmen Alardín Martí!