Esperanza e inmortalidad
Jorge Carrillo Olea
Ya va año y medio de gobierno y habría que haberse reestablecido la vigencia de la ley empezado por combatir la corrupción. Pero no, y por ello tantas señas de aberraciones en la vida diaria hacen crecer un sentimiento de desasosiego.
La corrupción y su principal vitamina la impunidad no son privilegio de los países subdesarrollados o en vía de desarrollo. Los países desarrollados también muestran corrupción, pero ésta tiende a controlarse mediante eficacia de la ley. Eso no está pasando aquí y es causa de un gran sentido de fracaso.
Así como es posible promover el irrespeto a la ley por la vía del no castigo, también es posible aplicar la medida contraria: promover el respeto a la vida normada por la ley en un sistema de política de educación pro legalidad y de justicia eficaz y eso no está pasando aquí.
Entre las muchas causas de las que en nuestro medio tienen que ver con el individuo corrupto podemos enlistar las siguientes:
1. Falta de valores humanistas. Carencia de una conciencia social, falta de educación familiar y formal, desconocimiento legal, modelos distorsionados y negativos.
2. En la sociedad abierta, la impunidad ante los actos de corrupción, una falta de valores cívicos, excesivo poder discrecional del poder público, concentración excesiva y discrecional en el gobierno, preponderancia sobre los medios de comunicación que impiden se expongan a la luz pública los casos de corrupción, falta de transparencia en la información concerniente a la utilización de los fondos públicos y poca eficiencia de la administración pública.
La corrupción y la impunidad hacen peligrar seriamente el desarrollo. En el terreno político socava la democracia y el buen gobierno, en los sistemas electorales y en los órganos los convierte en más irresponsables. En el terreno judicial, la corrupción y la impunidad ponen en entredicho el imperio de la ley.
3. En el sector económico privado, la corrupción incrementa el costo de los negocios y actividades empresariales ya que a éste hay que sumar el precio de los propios desembolsos ilícitos, el costo de las transas con los funcionarios públicos para llegar a acuerdos.
Eliminar abiertamente las reglamentaciones difíciles es mejor que permitir que sean evadidas utilizando sobornos. Allí donde la corrupción infla el costo de los mercados, también distorsiona el terreno de la competencia, brindando a las empresas con contactos ventajas frente a sus competidoras, promoviendo empresas ineficientes.
Estas argumentaciones serían sólo una cápsula de lo que es tal vez la causa mayor del desencanto social con el poder. En nuestra cultura política el poder siempre es representado por el presidente de la república.
Es esta una conclusión que es válida para el pasado y lamentablemente para el presente. Cambian los gobiernos y las formas, los personajes pero los ambientes de corrupción e impunidad sobreviven a ellos.
La pregunta que nos hacemos muchos ciudadanos es por qué el presidente Peña Nieto, que tanto le apuesta a la imagen, es insensible ante este creciente resentimiento social.
A año y medio de gobierno duermen plácidamente sus leves intenciones de combatir la corrupción. Su proyecto de crear una institución especial para su combate se hundió o la hundieron en los fosos del poder legislativo. La Secretaría de la Función Pública quedó paralizada.
El Presidente no aprovecha lo que tiene y siempre ha tenido a la mano: la ley y al ministerio público federal, que por hoy sólo actúa ante lo inevitable. Véanse el caso del puerto Lázaro Cárdenas donde tanto se habló del “control por los narcos”. ¿Hubo algún responsable?; caso Oceanografía en el que sólo se actuó ante el escándalo internacional; caso de los 37 muertos en la explosión en el edificio B-2 de la sede administrativa de Pemex, no se supo de responsables.
Rascando en el libro de Peña Nieto, México, la gran esperanza y en su Plan Nacional de Desarrollo, no encuentra uno una declaración explícita sobre combatir la impunidad. Sus referencias a un mejor sistema de justicia están enfocadas sólo a la criminal y en ella a la vinculada con el crimen organizado, que en el texto debe entenderse como sinónimo de narcotráfico.
No hay entonces por qué esperar justicia hacia los grandes corruptos empezando por su tío Arturo Montiel y su campeón Humberto Moreira, un miembro de su propio gabinete, gobernadores, presidentes municipales.
Sexenalmente las esperanzas por una vida nacional más digna se refrescan y se marchitan cíclicamente y así marcha la patria, con una esperanza inmortal pero ante una desesperanza que se repite y vuelta a empezar.
hienca@prodigy.net.mx
