Eusebio Ruvalcaba

La música, quién no lo sabe, es majestuosa. Aun la música más humilde —si por humildad entendemos aquella música sin pretensiones— es, cuando toca el corazón, sobrecogedora. De ahí que nos sobrepase. Digamos que el hombre, ser imperfecto por antonomasia, creó algo perfecto: la música.
Por su carácter abstracto y perfil armónico, la escala más simple que, digamos, toquemos al piano (y ni siquiera una escala; menos que eso), por más sencilla que sea, ese sonido, si nuestro oído gusta de las sensaciones bellas, sonará hermoso y pleno, perfecto en sí mismo.
Es de imaginarse cuando se construye una montaña de sonidos hermanados entre sí, una montaña en la que, sumadas todas las posibilidades musicales, nos provoca emoción, nos conmociona como si estuviéramos ante el nacimiento del día —que es decir de la vida.
Ésa es justamente la sensación magnífica que nos causa el concierto Emperador de Beethoven. Tal vez una de las obras más vigorosas del viejo sordo, este concierto —último de los cinco para piano que compuso Beethoven— representó para el autor su modo muy particular de manifestarse ante los desastres de la guerra; se dice que mientras lo componía los cañones de Napoleón bombardeaban Viena; que mientras le daba los últimos toques, el emperador de las armas francesas entraba triunfalmente a la ciudad envilecida. Sea como fuere, los apuntes que Beethoven acostumbraba hacer al par de la escritura de sus obras, contienen algunas palabras clave respecto de este concierto: “¡Ataque! ¡Victoria!”, que parecen hablar de una música casi programática, como si esta música hubiese tenido un destino de lo que hoy podríamos llamar resistencia civil. Lo que sea, primero hay que aclarar que el título de Emperador no alude a Napoleón sino al carácter heroico de la obra; en todo caso, bien podría intitularse este concierto Antiemperador y no Emperador si pensamos en la decepción que el general Bonaparte había causado, mucho tiempo atrás, en Beethoven (por ahí anda la anécdota de que el compositor tachó la dedicatoria de la Sinfonía Heroica), quien finalmente exclamó, luego de una victoria más del soldado que en un principio se erigió como bastión de la libertad y terminó sumiso ante el poder: “¡Lástima que yo no sepa tanta estrategia como música, para poder derrotarlo!”.
La cosa es que cuando el escucha se sumerge en esta obra, un sentimiento de grandeza lo hace suyo. Hay algo noble e indescriptible atrás de esta música, reflexiona quien oye, y se deja tomar de la mano y llevar hasta los rincones más profundos del alma humana —que Beethoven era bueno para eso, es cosa sabida. Por ejemplo, cuando el concierto pasa del segundo al tercer tiempo, hay un pasaje que va del adagio al rondo en que el oído apenas capta la transición; es una separación entre un movimiento y otro casi inexistente, unas cuantas notas, una sutil figura musical que va creciendo hasta ser una vez más monumental. Hay que permanecer atentos a este mensaje beethoveniano. Para mí no es otra cosa que este afán de Beethoven de tejer su música en contrastes. Hay que tener presente el recurso del contraste en el arte para advertir la maravilla y prodigio que encierra. Pensemos en Rembrandt, por ejemplo, en aquellos cuadros en los que todo es sombra excepto una porción de la que emana la luz, o hacia donde va a dar la luz, y que sería inocua de no ser porque está rodeada de sombra. O en las enormes, majestuosas novelas de Dostoievski, en las que los personajes protagónicos contrastan porque cada uno comprende mundos antagónicos, contrapuestos, como los protagonistas de Los hermanos Karamazov. O en el cine de Chaplin, en aquellas películas en que la gente adinerada sufre el ridículo por situaciones que para un menesteroso serían cosa de todos los días. El contraste mantiene en suspenso la atención de quien escucha, lee, mira.
En fin. Estamos hablando del concierto majestuoso e intenso por antonomasia. Hay que acercarse a la versión de Claudio Arrau. Y a la de Wilhelm Backhaus. Inolvidable.