Todos somos víctimas… y victimarios
José Elías Romero Apis
Tiene mucha razón nuestra directora, Beatriz Pagés, cuando nos dice que existe el bullying no sólo en los planteles escolares sino, además, en los planteles políticos.
En efecto, la política es un ejercicio de suyo agresivo. Es una práctica de ataque y defensa que llega a ser despiadada y cruel. No es exclusivo de ningún sistema político sino que acontece en todos, independientemente de su naturaleza o de su signo: en las democracias y en las dictaduras; en los países liberales y en los conservadores; en los desarrollados y en los atrasados. Esto se debe a que tiene que ver con la naturaleza del hombre y no con la naturaleza del Estado.
Existen diversas especies de bullying político. Tenemos aquél que proviene de los gobernados y donde la víctima es el gobernante. Esta modalidad se manifiesta en la crítica, la ironía, el chistorete, el rumor y hasta la calumnia. Un ejemplo sería aquella campaña de chistes difundidos contra el presidente Luis Echeverría, durante su mandato, mediante los cuales se le pretendía hacer ver como un imbécil.
Existe, también, una modalidad inversa a la anterior. Ésta se presenta cuando es el gobernante el que somete al gobernado a su martirio. Recuerdo aquellos tiempos en que México era gobernado por Vicente Fox. Muchos mexicanos, sobre todo quienes estábamos encargados de algún quehacer político, llegábamos frecuentemente a la indignación por suponer que el mandatario se estaba burlando de nosotros y de nuestro pueblo. Más tarde, comprendimos que no era un burlón sino un desbarrancado. Que sus sandeces no llevaban una mala intención guasona sino que, en su mente, se trataba de un discurso serio.
Una tercera modalidad mediante la cual la agresión se presenta entre los propios miembros de la clase gobernante. Ésta se parece mucho a la agresión entre los estudiantes porque suele ser montonera. Los grupos mayoritarios en la vida política le dejan caer todo su peso a los minoritarios, bien sea en el proceso legislativo, en el proceso electoral, en el judicial o en el mediático.
En fin, éstas son algunas de las modalidades de agresión política que se presentan en las altas esferas de nuestros gobiernos. Pero existen otras mucho más difundidas y mucho más lesivas. La mordida que los mexicanos practican en lo individual, en lo cotidiano y en lo menor. El estipendio que se le da al tamarindo, al pitufo, al gasero, al inspector, al verificador o al ecogendarme.
Más allá y por encima de esto, se encuentra la media y la alta corrupción. La que tiene que ver con el otorgamiento de concesiones, con la resolución de licitaciones, con las tolerancias aduaneras, con las ventas del patrimonio público, con la sustracción de recursos naturales, con los conflictos de intereses, con los estancos y monopolios, con los rescates ruinosos y con todo un amplísimo menú de especialidades que la imaginación, asociada a la ambición, ha permitido el acopio de inmensas fortunas de inconfesable génesis.
w989298@prodigy.net.mx
twitter: @jeromeroapis
