Juan Antonio Rosado

El siguiente texto es un fragmento de una entrevista con Emma­nuel Carballo (1929-2014) que tuvo lugar en su domicilio el 12 de enero de 1995, con objeto de revisar el importante papel de editor y difusor de literatura que el crítico supo mantener durante años. En 1966, el español Rafael Giménez Siles y Carballo fundaron Editorial Diógenes.
—Estuve en Fondo
—afirma Carballo—; luego en Empresas Editoriales. Y después don Rafael y yo publicamos una colección, dentro de esa editorial, muy importante: las autobiografías de escritores jóvenes. A José Agustín, a Gustavo Sáinz, a Salvador Elizondo, a Juan García Ponce, a toda la gente importante le publicamos su autobiografía. Y veíamos que no teníamos una editorial dedicada a la gente joven, que estábamos dándole a Joaquín Mortiz toda la posibilidad de enriquecerse con el esfuerzo nuestro. Así surgió Diógenes, para aprovechar lo que salía de Empresas Editoriales. Don Rafael y yo pensamos que Diógenes iba a ser una cosa de pocos títulos que tuvieran asegurado el éxito. Pero llegó el momento en que nos separamos por razones políticas y generacionales. Era la lucha de generaciones. Yo, en 1965, tenía 35 años. Don Rafael tenía 65. Él era veintinueve años mayor que yo. No entendía malas palabras, el hablar con lujo de detalle de orgasmos, coitos, homosexualismo y lesbianismo, hablar de pornografía, erotismo, sexualidad… Don Rafael se quedaba prendido de las lámparas; a mí me interesaba todo eso porque era mi mundo. Entonces me dijo: “No, Emmanuel, eso no se puede publicar”. Era Pasto verde, de García Saldaña. Yo le decía: “Pues yo sí quiero que se publique, don Rafael. A mí me parece un buen libro”. Y tan estaba yo en lo cierto, que fue uno de los libros más importantes de la literatura mexicana de los años sesenta y principios de los setenta. “Si seguimos así, don Rafael, vamos a tener que vender uno de los dos. O yo le vendo a usted o usted me vende a mí”. Don Rafael me dijo: “Pues yo le compro, Emmanuel”. Pero yo le respondí: “Usted ya tiene muchas editoriales y ésta es de gente joven; usted no entiende a los jóvenes por razones obvias. Mejor yo le compro a usted y me dedico a la gente joven, y seguimos nuestra relación”. Esa fue la razón por la que se separó don Rafael y me quedé yo con la editorial. Publiqué Pasto verde, y muchas otras. Yo tenía que cuidar a mis autores, que eran drogadictos, de malas costumbres, que iban a casa drogados. Era muy desagradable. Yo entendía esto intelectualmente, pero cuando tuve que soportarlos en la vida diaria, pues seguí pensando que era justo que hicieran eso, pero no me gustaba que lo hicieran en mi casa. Yo no lo hacía, por consiguiente dejaba que ellos lo hicieran, pero que lo hicieran frecuentemente en mi casa era muy desagradable.
Nuestras grandes in­fluen­cias eran Cuba, la Revolución Cubana, Fidel Castro y el Che Guevara. Después los tupamaros en el cono sur. Publicamos ensayos, crónicas, libros políticos. La literatura que publicamos, sobre todo fue novela y cuento de autores mexicanos e hispanoamericanos.
—Como era una editorial con una ideología determinada, ¿tenía que ser determinado tipo de escritor?
—Bueno, fíjate; publicamos a Reynaldo Arenas, que era enemigo de Fidel Castro. En literatura, fundamentalmente una gente que no tenía valores literarios, podía ser muy revolucionario, pero no la publicábamos.
—Se regían por un criterio de calidad.
—Totalmente de calidad literaria. Si eran gentes que estuvieran cerca de la izquierda, mejor. El caso de Reynaldo Arenas es interesante. Estaba yo en La Habana con una hermana de Pedro Henríquez Ureña, Camila, que era amiga mía. Me dijo que tenía un escritor que valía la pena, que quería que yo lo conociera. Me invitó al 1830, un restaurante muy elegante de Cuba, a comer. Estuvimos Reynal­do, Ca­mila y yo. Me enseñó El mundo alucinante. Yo lo publiqué en Diógenes. Fue uno de los textos más grandes y fue traducido a todos los idiomas. Reynaldo Arenas tenía problemas con la Revolución Cubana. Murió en Nueva York de sida. Era homosexual, y antes publicó una carta culpando de su muerte a Gabriel Castro. Cuando conocí a Reynaldo me gustó como ser humano. Pensé que valía la pena conocer su novela. Me la prestó. Leí en La Habana el libro. Me gustó mucho. Le dije que se lo publicaba. Saqué los originales de Cuba. Él era anticastrista y yo era castrista. Y tuve problemas. Mi amistad con Cuba empezó a menguar cuando publiqué este libro.