Eve Gil

Regina Calcaterra es una figura pública, reconocida en Estados Unidos pero muy particularmente en su natal Nueva York, donde alterna una interesante carrera política que alterna con actividades periodísticas, enfocadas al análisis del campo en que vive inmersa desde su nacimiento. Pero Calcaterra es famosa, además, por su esforzada labor a favor de los niños de la calle y de los hermanos en situación de calle a quienes el gobierno “rescata” (nótese las comillas) para a continuación repartirlos en diversos hogares adoptivos, que a veces entrañan mayores riesgos que la intemperie. Y si alguien conoce de primera mano esa experiencia, es la propia Regina Calcaterra, nacida en Long Island en 1966, quien debuta como novelista con Grabada en la arena (Suma de letras, México, 2013), nada menos que el terrible periplo sufrido por ella y sus cuatro hermanos, a consecuencia de la patológica irresponsabilidad de su madre y la ineficacia al momento de aplicar las leyes en estos casos.
Una mala decisión, producto de una cadena de torpezas burocráticas, puede destrozar para siempre la vida de un ser humano, más específicamente, de un niño en situación vulnerable que, según las estadísticas, parece condenado a ser un homeless, cuando no potencial delincuente. El caso de Regina es una excepción que llena de esperanza, y al convertirse en “best-seller”, ha llamado irremediablemente la atención de quienes legislan al respecto. Cookie Calcaterra, madre de Regina y sus cuatro hermanos, cada uno hijo de distinto padre (las dos hermanas mayores ni siquiera tienen la certeza de dónde vienen, porque la propia Cookie lo ignora), es una mujer inestable, alcohólica, violenta, promiscua, que toda su vida se las ingenia para utilizar a sus propios hijos para asegurarse vales de despensa y la conmiseración del gobierno, para quien esta psicópata (no se me ocurre mejor calificativo) es una madre abandonada más. Una y otra vez, Regina trasgrede la ley, pierde a sus hijos, que son colocados en hogares temporales, y al cabo de un tiempo, cuando ya los niños se han adaptado a sus nuevas vidas, para bien o para mal, reaparecen los policías (figuras temibles para estos niños, lo mismo que las trabajadoras sociales) para llevarlos de vuelta con su madre, que se “regenera” incontables veces… y otras tantas ofrece “reales hogares” a sus hijos recobrados, que no son sino producto de algún romance con fecha de caducidad porque ningún hombre medianamente cuerdo soporta a una mujer con las características de Cookie, que además arrastra consigo tres, cuatro, cinco hijos. De cada una de sus “prospectos”, Cookie queda preñada, con tan mala suerte que al cabo de un tiempo vuelve a verse abandonada con un hijo adicional. Cuando se aburre de su rol materno, Cookie “sale a trabajar” y abandona en un punto fijo a sus hijos durante semanas o meses, y los mayores se hacen responsables por los menores, y se va estrechando el vínculo que vuelve a estos hermanos más unidos y amorosos que al común de los hermanos criados dentro de familias funcionales.
Regina es la tercera de los cinco. Sus hermanas mayores la enseñan a hacerse responsables de los más pequeños para que ellas puedan “robarse” un trozo de juventud y libertad, y a Regina la hace feliz fungir como la madre de Rosie y Norman pese a que sólo tiene once años de edad. Todos se las ingenian para alternar los deberes domésticos con los escolares; para llevar vidas que parezcan normales, lo cual parece poco menos que imposible en vista de que constantemente han de recurrir a pequeños hurtos, unos más arriesgados que otros, para sobrevivir. Tienen muy claro que no deben cometer errores que llamen la atención de los vecinos, que a su vez puedan reportarlos con la policía, y ser separados una vez más hasta que Cookie regrese con nuevos argumentos para reunirlos bajo su no precisamente protectora ala. Aunque tiende a ser agresiva con sus cinco críos, salta a la vista que a la que menos quiere —o a quien odia más— es precisamente a Regina, quien padece a sus manos unas golpizas detalladas con minuciosidad. Regina, sin embargo, es hueso duro de roer. Se defiende de las agresiones físicas de su madre con la misma rabia con que protege a sus hermanos pequeños. Con el paso del tiempo, Regina comprende que su madre la ha convertido en el principal receptáculo de su ira por ser hija del hombre que más quiso y que, a su vez, más daño le infringió, y encontrar a ese padre se convierte en uno de los propósitos de la joven, quien habrá de librar una feroz batalla —que pudo ser otra novela independiente de ésta— para asegurarse de su verdadero origen.
La alianza de los hermanos sufrirá un quebranto luego que Cookie le propina una salvaje golpiza a Regina que no es posible negar y ocultar, y de nuevo se hacen presentes la policía y las trabajadoras sociales. Éstas resultan especialmente incisivas y no sólo descubren huellas de violencia en el cuerpo de la jovencita, sino también una alarmante desnutrición que la ha hecho encanecer prematuramente. Convencen a Regina de que le es posible solicitar su “emancipación” respecto a su madre, pero no le es fácil tomar una decisión pues desconfía de ese sistema que la separa de sus hermanos, supuestamente para ponerlos a salvo, y los devuelve una y otra vez al verdugo para empezar otra historia de abandono, maltrato y persecución.
Regina termina accediendo a emanciparse de su madre, y es puesta en otro hogar adoptivo junto con una de sus hermanas mayores, Camille —Cherie, la mayor de todos se ha casado con otro adolescente con tal de escapar de esa vida errática y riesgosa—, y no tarda en descubrir que los hijos “emancipados” sólo reciben ayuda económica del gobierno hasta los dieciocho años y, según palabras de la propia trabajadora social, es prácticamente imposible que accedan a estudios universitarios y aspiren a una vida realmente digna. La mayoría terminan siendo homeless. Regina experimenta el ardiente deseo de que todo eso cambie, primero sobre su propia persona, luego para otros jóvenes americanos que atraviesen su misma situación. Contra todas las expectativas, logra obtener un título en derecho, que por supuesto le cuesta sangre, sudor y lágrimas, y logra instalarse en las altas esferas de la política desde donde pelea a brazo partido para cambiar las leyes respecto a los llamados “hijos adoptivos temporales”.
Grabada en la arena es una denuncia, pero también —y sobre todo— una aventura que mantiene al lector con el alma en un hilo, ante los peligros que continuamente corren los cinco hermanos durante prácticamente toda su infancia y gran parte de la adolescencia, y que no raras veces los alcanzan, especialmente a Regina que sufre abuso sexual en uno de sus hogares temporales. Esta novela de no-ficción tiene la virtud de estar narrada en forma clara, ágil y muy apasionada, pero también la de mostrarnos una cara de la justicia estadounidense, que se supone respetuosa de los derechos humanos a nivel internacional, y sin embargo, como la propia ley mexicana, ejemplo de lo opuesto, desdeña los derechos de los más desprotegidos entre los desprotegidos.