Difícil decidir el género al que pertenece La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, pues si cabría, con todo derecho, en el género de testimonio, tiene la peculiaridad de que García Márquez se metió en los zapatos del cineasta y nos hace un relato en primera persona: “Yo, Miguel Littín”, y a renglón seguido la deslumbrante e hiperbólica palabra del colombiano reconstruye la hazaña: Filmar, con tres equipos europeos introducidos con cobertura legal y seis de la resistencia, siete mil pies de película sobre el Chile de ese momento con la sana intención de “ponerle una cola de burro a Pinochet”, y todo esto, con la policía pisándoles los talones, porque sobre Littín pesa una de las peores condenas imaginadas por el hombre, el exilio.
Del testimonio, el relato de García Márquez conserva la característica de que está escrito al pie de la realidad, pero el autor lo ha aderezado de tal modo que sin saltarse las trancas de la verdad, le ha injertado la imaginación y el humor del artista, proceso que bien a bien es lo que hacen los escritores todos los días: copiar a la (inventiva) realidad y echar a volar la imaginación. El autor, porque al fin y al cabo es la forma en que siempre ha escrito periodismo, le llamó modestamente: reportaje.
Indecisas como suelen ser las fronteras entre la ficción y lo real (o, como se decía antes, entre la literatura y la vida), tal vez valga la pena hacer cuentas para internarse en el laboratorio del artista y calcular cuánto debe a Littín o a García Márquez, un primer párrafo del libro, donde, luego de registrar que el vuelo 115 de Ladeco, procedente de Asunción, Paraguay, desciende en el aeropuerto de Santiago de Chile, se describe la acción de la siguiente manera: “El avión se inclinó sobre el ala izquierda con una gracia pavorosa, se enderezó luego con un crujido de metales lúgubres, y tocó tierra antes de tiempo con tres saltos de canguro”. Supongamos que el matrimonio disímil de “gracia pavorosa” se lo debemos a García Márquez, así como como el deslizamiento de “lúgubres”, que no se aplica, como debiera, a “crujidos lúgubres”, sino a los metales; el resto (el significado, dirían los retóricos; el contenido, los marxistas, que suelen ser más listos pero no lo parecen) podría pertenecer a Littín, el responsable de la parte testimonial, o a García Márquez, el ficcionista, pero da la casualidad de que ambos comparten “un miedo de muerte” a los aviones. Así, una vez perdida la pista, usted, tal vez, conjeturará que la aportación de Littín al texto es la puntual información de que el vuelo 115 de Ladeco, proveniente de Asunción, Paraguay, desciende en el aeropuerto de Santiago, lo cual es, por un lado, un abuso, ni que Littín fuera manco, pero, además, seguramente falso, porque a todos nos consta que uno de los rasgos de la literatura del colombiano es el registro puntual de los datos, que viene a ser una de las tantas formas con que García Márquez nos hace verosímil su increíble imaginación paradójicamente copiada de la realidad.
Y sin embargo, aunque el problema de quién narra es una de las preocupaciones de la literatura latinoamericana contemporánea, el tema que apasiona a García Márquez a lo largo del texto es el del doble. El hecho inquietante (escalofriante en Dorian Grey o en el Dr. Jekyll y Mr Hyde) de que yo sea otro, que Miguel Littín sea ese hombre de negocios uruguayo que, por razones de seguridad, pretende ser, con tanta fortuna, que ni sus amigos, ni su suegra, ni su propia madre pudieron reconocerlo cuando por azares del destino se tropezaron con él en la calle. Pero si en algunos artistas, como Rimbaud, Kafka o Cortázar, esta inquietud hace frontera con la patología, la filosofía o la literatura fantástica, y siempre con la metafísica, García Márquez lo trata con el rasgo que es el más suyo: el humor. Y el lector se encuentra, entonces, en la desconcertante situación de asistir con una sonrisa a una denuncia, que tiene la finalidad de impedir que se borre “el rastro sangriento de más de cuarenta mil muertos, dos mil desaparecidos y un millón de exiliados, porque lo que en definitiva narra La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile es el deseo del retorno que Littín rememora de esta manera: “Estremecido hasta los huesos me olvidé de la hora, me olvidé de mi identidad, de mi condición clandestina, y por un instante volví a ser yo mismo y nadie más en mi ciudad recuperada, y tuve que resistir el impulso irracional de identificarme gritando mi nombre con todas las fuerzas de mi voz, y enfrentarme a quien fuera por el derecho de estar en mi casa”.
Las dos tensiones contrarias, la del humor y la de la denuncia, así como el tema del doble, van unidas a lo largo del texto, y aquí, por la brevedad, cito sólo este ejemplo: “De no haber sido por el compromiso de la película, que no sólo era con mi país y mis amigos, sino también conmigo mismo, habría cambiado de oficio y de medio social, y me habría quedado en Santiago con mi cara de siempre”.
(Carmen Galindo).
