Pocos recuerdan ya a los “mártires de Chicago”
Mireille Roccatti
Parodiando a Marx, podríamos decir que un fantasma recorre el mundo: la clase trabajadora. El ritmo vertiginoso de los cambios políticos, económicos, y tecnológicos entre otros; ha transformado de tal modo la sociedad que, actualmente, las condiciones de la clase trabajadora han evolucionado de tal modo que la celebración del 1º de mayo, como Día Internacional del Trabajo ha dejado de ser un referente de lucha, de reivindicación e incluso de júbilo celebratorio.
Y no es que exprese el despropósito de que las cosas van bien para los trabajadores, por el contrario, cada vez se estrecha más la capacidad adquisitiva de los salarios, cuando los hay, porque ahora es tanta la necesidad, que un significativo segmento de hombres y mujeres establece una relación de trabajo basada en las propinas o se recurre a la ficción jurídica de asociado o el outsorcing, que llegó para quedarse.
Está tan grave la cosa, que no falta quien extrañe a los líderes del movimiento obrero organizado surgido como medio de control corporativo de los regímenes revolucionarios, los que por lo menos defendían un mínimo de derechos salariales y de seguridad social. La reciente reforma a la Ley Federal del Trabajo, que se ofertó por el anterior régimen como indispensable para generar empleo y adoptar nuevas figuras jurídicas acordes con la nueva realidad, sigue sin responder a las expectativas generadas y el malestar por esa nueva legislación crece no sólo entre los trabajadores, también en los recintos académicos.
Así, la alianza entre el régimen y la clase trabajadora es hoy pieza de museo y sólo sobreviven algunos viejos dinosaurios del sindicalismo, otros que surgieron en su momento como respuesta a los liderazgos cetemistas, envejecen con los mismos vicios que antes combatieron. Incluso algunos sindicatos universitarios se perciben apoltronados en sus zonas de confort. Y no, nadie quiere o incita a que se enfrenten violentamente al poder, sólo expresamos que la percepción es de conformismo, que incluso los partidos políticos de oposición, significativamente los de izquierda parecen haber olvidado las reivindicaciones obreras.
Y conviene recordar que la celebración del primero de mayo como Día del Trabajo nace en conmemoración de la huelga por jornada de ocho horas que estalló en Estados Unidos, el lejano primer día de mayo de 1886 en Chicago. El movimiento tomó un sesgo violento al ser reprimido y culminó con una masacre en la plaza Haymarket, y posteriormente fueron enjuiciados los líderes –anarcosindicalistas-, los cuales fueron ahorcados un año y medio después, y se les conoce como los “mártires de Chicago” La reivindicación de algo que ahora parece muy normal: la jornada de ocho horas diarias, fue el detonante. El recuerdo y consecuencias de esa lucha de los obreros estadounidenses por mejores condiciones laborales se convirtió en todo el mundo en una fecha de celebración, pero también de reivindicación de la clase obrera.
El vertiginoso avance tecnológico ha venido desplazando al hombre en los modos de producción cada vez mas automatizados, lo que en paralelo a la superioridad del capital en la relación con el trabajo y el conveniente olvido del papel armonizador del Estado nos arroja la brutal realidad social que testimoniamos. En México, es mayor, por mucho, la cantidad de hombres y mujeres de la población económicamente activa que se ubica en la economía informal. La capacidad adquisitiva del salario sólo permite sobrevivir, sin satisfacer adecuadamente necesidades vitales, como alimentación, salud, vivienda, educación. Vamos, ni siquiera las necesidades de transporte para acudir a laborar.
Por todo ello es no sólo necesario, es urgente generar empleo estable y bien remunerado, frenar el tobogán de pobreza por el que se desliza más de la mitad de nuestra población. La cruzada contra el hambre para paliar la pobreza alimentaria debe complementarse con una agresiva política pública tendente a generar empleo y elevar las condiciones de vida de los trabajadores. En el horizonte se vislumbra un posible estallido social si no ponemos remedio a tiempo.
