Michoacán

Jorge Carrillo Olea

Ahora resulta que el salvador de la patria de ayer, el doctor Manuel Mireles, es maloso. De repente se descubrió que es presunto responsable de varios crímenes, todo ello después de casi un año de romance, que incluyó su rescate del accidente aéreo, su traslado oficial a Médica Sur.

Le otorgaron tratamiento médico gratuito, su seguridad y liberación y un título de depositario del futuro michoacano y su consecuente exaltación al escenario nacional. Todo un héroe.

Ahora resulta que: “Ya no tiene la influencia de antes”, afirmó el comisionado Castillo. “Ya decidí que voy a morir luchando, la guerra apenas comienza”, repuso Mireles (La Jornada, 10 y 11 de mayo). La pregunta inútil: ¿se les hizo bolas el engrudo?

Las cosas no van bien en Michoacán, alguna vez dijimos que las defensas comunitarias, queriéndolo o no, habían puesto al gobierno ante un verdadero jaque. Un jaque muy extraño pues debe reflexionarse que ellas mismas, cuya identidad a favor o en contra de qué no está definida, están también en un problema de supervivencia sin saber si existen a favor o en contra de la ley.

A principios de mayo un total de esos 240 guardias comunitarios fueron alistados como integrantes de una hasta hoy desconocida e inexplicada Policía Rural Estatal. Qué marco jurídico señala su no clara misión, quién sabe. Qué régimen laboral los ampara, ¡nada se sabe, nada! La opinión pública no merece información, o será que posiblemente todo es una vez más una engañifa. Así, el tema de las defensas evidencia un empantanamiento.

El virrey Castillo se quedó sin los aliados que había glorificado abriéndoles el camino, inviable en la realidad, de regularizarlos dentro de una organización militar que nunca se ha definido en su esencia.

Para rubor oficial hay que acreditar a favor de las defensas comunitarias haber logrado lo que el mundillo gubernamental no logró: derrumbar el narcotráfico en el estado, apresar o abatir a muchos cabecillas, aunque su jefe máximo, un señor de alias Tuta, siga libre.

El tema del crimen organizado no está liquidado ni de lejos, ha sido de su parte una sensata bajada de cabeza transitoria, aceptándose que todo ello es gracias a los indefinidos guardias comunitarios, los buenos o los malos, quién sabe.

¿Cómo medir entonces la relativa victoria del gobierno federal con sus muchos recursos? Sencillamente no es posible hacerlo en breve. Sí hay avances que son acreditables a varias cosas, no sólo a la comisión. En materia de seguridad hay una relativa mejoría en el clima social, que no se percibía hace un año.

Del otro hemisferio del compromiso presidencial, el del desarrollo, hay poco o nada habría que decir y ello entra en la lógica de que el desarrollo es una meta que implica transformaciones de largo plazo, por ende no exigibles de momento aunque ahora se presuman en términos de un gasto presupuestal explosivo.

Mala cosa que el gobierno federal no haya planteado de manera explícita su proyecto michoacano. En busca de lucimiento, como es el estilo, acarreó a múltiples funcionarios federales para que anunciaran abrumadoras cantidades de dinero en obras de infraestructura, muchas de ellas ni solicitadas, ni deseadas ni necesarias. Se trataba, una vez más, de lucir el físico.

Y el gobernador Vallejo sigue siendo parte del problema. Ahora resulta que nunca se enteró de lo maloso que era su secretario de gobierno Jesús Reyna, al que nombró en octubre del año pasado, quien se convirtió en fugaz gobernador y luego se metamorfoseó otra vez en secretario de gobierno.

El gobernador Vallejo, así cobra, está muy suelto. No tiene el respeto ni el respaldo de nadie. ¿Para qué el presidente Peña lo sostiene? Habla y dice sandez y media. Descalifica, acusa y, sobre todo, lo que es peor en un funcionario, nadie cree una palabra de lo que dice y sólo causa desprecio. Entonces, y dado el autoritarismo de Peña, ¿por qué lo sostienen?

Parecen ya lejos aquellos desplantes de triunfalismo donde altos funcionarios federales nombraban a un general como procónsul sólo para verlo acosado al otro día por defensas comunitarios. También alardeaban de “lo fácil que fue todo” y así.

Lo que esto evidenció fue que no había ningún plan sereno y sensato, serio y seguible paso a paso. Se menospreció lo que en el fondo subsiste, un desorden político total que hace verdaderamente a Michoacán un jaque de muy difícil manejo. Faltó prudencia y humildad, hoy hay réditos que cubrir. ¡Se les hizo bolas el engrudo!

 

 

 

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