Una lectura anhelante, precipitada por la abundancia de comas y la casi ausencia de puntos, obligaría a pensar que El otoño del Patriarca de Gabriel García Márquez, adolece de una construcción débil o improvisada. No es así. En esas páginas que se dedican a narrar la larga vida de un dictador latinoamericano, ninguno de los atributos del poder ha sido olvidado.
En las muchas víctimas del mundo de Kafka que no pueden ver el rostro de sus acusadores, los críticos han creído leer la personalidad del Estado moderno, la imposibilidad decontemplar a Dios o el reflejo del conflicto, jamás resuelto, entre Kafka y su padre. Obsesionado por una de las hipótesis, cada crítico se niega a reconocer que esas conclusiones no son excluyentes. Dejan de lado que en la mente de los hombres, el padre, el Estado y Dios pueden identificarse; descuidan, en fin, que en la literatura, los símbolos proponen varios significados.
Al estudiar el mundo secreto de atrás de la vigilia, Freud estableció las relaciones entre el poder y lo sagrado. Supuso que la rebelión se demora, no sólo por el temor del castigo, sino también, porque la imagen del jefe de la tribu se confunde, y se escuda, en otras autoridades semejantes: el padre y los dioses. En el lenguaje diario se guarda memoria de esta vecindad. Al vicario de Cristo en la tierra se le designa habitualmente como el Santo Padre, el latín deriva la palabra déspota del cabeza de familia y cuando se menciona el paternalismo del Estado se calla, con recelo culpable, esta ominosa cercanía.
Dueño de un mundo que busca lo sensorial, García Márquez revela, magistralmente, los atributos del dictador. Lo imagina solitario y de tamaño descomunal, afirma que conoce el lenguaje de los animales, le otorga el nombre de patriarca y el don de la ubicuidad. Se hace eco de dos leyendas populares, la que le atribuye la inmunidad contra las balas y la que lo cree hijo sin padre de una virgen. Le concede, también, los dos rasgos que lo sustentan: nadie ha visto su rostro y es el dador de la muerte.
Cronista de la leyenda del dictador, García Márquez también relata la historia. Detrás del dictador, el imperialismo gobierna, la política se muestra tan convencional o azarosa como el juego de dominó o de los naipes. Las balas alcanzan a su doble, la madre es una ignorante tan embalsamada y tan paseada y tan a punto de ser canonizada como Eva Perón. Al gigante, las ropas le quedan grandes y las manos, del vitoreado como el padre y el macho, son como de doncella. Las hipérboles que sirvieron para acercarlo a la divinización que le supone la leyenda, lo traen, también hiperbólicamente, de nuevo a la tierra.
Como todas las hipérboles, las de García Márquez exageran la realidad. Lo atroz de ellas es que es que son apenas hipérboles, la desmesura a que se refieren no la desmiente la realidad. Exageración, tal vez, que el Patriarca se almuerce al más peligroso de sus generales, pero no lo es la antropofagia, ni tampoco la repentina muerte de los muchos generales durante el período obregonista. Quizás sea un recurso literario que los norteamericanos compren el mar al Patriarca y se lo lleven a su patria, lo escalofriante es que detrás podemos leer, al pie de la historia, la referencia a los recursos naturales o el Canal de Panamá. Una de las hipérboles, la última, permite prever la mejor época por venir. ¿Hipérbole que al morir el dictador, el inmortal, el que detiene las horas, el tiempo se ponga en movimiento, o es sólo otra manera de celebrar la llegada de la revolución? (Carmen Galindo)
