Rodrigo de Sahagún
Quique puede ver a la distancia un carro Grand Marquis negro doblando la esquina; es ella, es jueves, en rigor el día en que carga gasolina. Sale de ese gran automóvil mientras muestra las piernas carnosas que adornan un vestido rojo y tacones altos también púrpuras. El viento hace bailotear su cabello negro como la crin de una potra zaina. Se quita los anteojos oscuros y deja descubrir lo aceitunado de sus ojos al pestañear. Enrique contempla con lentitud cada movimiento, es la sonrisa más seductora que ha visto nunca, lo absorbe, casi diluyéndolo.
La mujer lo saluda, cerrándole un ojo esmeralda; la mujer camina con ritmo cadencioso hacia la tienda, pues es de rigor que compre una botella de agua.
La ansiedad de Quique llega a su límite, ya no puede más; aquellas madrugadas sin dormir, pensando en las piernas torneadas, en esas nalgas y esos senos hechos por las manos de algún Rodin.
Su pensamiento se altera, los complejos afloran, hace años que no sentía lástima ni vergüenza por él mismo; no lo experimentaba desde que conoció a su esposa, pero entonces era un joven inquieto. Ahora ya no es lo mismo, tiene cuarenta y ocho y, aunque vive tranquilo, siente que la vida se le escapa de las manos entre la familia y el estrés de la ciudad.
Sabe lo difícil que es intentar conocer a aquella mujer. Sólo compartir su aliento es impensable. Ambicionar tener una conversación con ella es imposible. Nunca despertará oliendo el aroma a jazmín que destila la trigueña piel de la chica del Grand Marquis; nunca verá el cigarrillo consumirse entre sus labios carnosos color carmín después de hacerle el amor. Observarla es suficiente para el hombre excitado; morirá sin poseerla y eso lo trastorna sobremanera.
Con un movimiento brusco, saca la manguera del tanque de gasolina y la deposita en la bomba. Poco a poco se despoja del overol hasta la cintura. Con pequeños pasos, se acerca al automóvil; de forma sigilosa saca su pene erecto, mientras la mira a través del ventanal de la tienda. Lo desliza con lentitud dentro de la boquilla del tanque hasta meterlo por completo. Intenta mover el auto con las manos de un lado a otro con un movimiento leve, rítmico, observándola.
Extasiado, olvida su entorno, fija la vista en ella; su mente se ha nublado y cada vez se mueve con más cadencia. Los transeúntes son ajenos de aquel acto de faquir.
Ella sale sin darse cuenta del nuevo servicio que le están dando a su coche. En el camino, tropieza con uno de los lavaparabrisas que tira su botella de agua. En su catarsis, Quique decide que ya es suficiente.
Al intentar sacarlo, el pene se atora; está hinchado por los tóxicos de la gasolina que había alrededor de la orquilla del tanque y crea un vacío dentro de las conexiones, las que sujetan a Quique con gran fuerza. La mujer se acerca ya con la botella de agua en la mano; el sube y baja de sus caderas pronunciadas es hipnótico. El vestido es sólo la cubierta del delicioso cuerpo desnudo debajo de la tela y que detalla cada parte de su configuración exacta.
Un rechinido de llantas distrae la bella visión. De una camioneta derrapante, que detiene a media gasolinera, sale un tipo armado. Toma del brazo a la mujer con fuerza, sometiéndola ante la mirada inútil de la gente. El hombre le pide las llaves. Ella solicita ayuda con un grito, pero es puesta en silencio de un manotazo, casi noqueándola. Quique intenta moverse, pero su pene sigue succionado por el tanque. El asaltante recibe las llaves, corre hacia el auto, empuñando una pistola calibre 45. Sin ver a nadie, sube al Grand Marquis y lo arranca.
