José Manuel Di Bella
La generación de los cincuenta vivió en carne propia la experiencia de haber conocido a la vez un ámbito familiar, conservador y ordenado con una idea más o menos ríspida de futuro, que todavía exaltaba la obtención de un título universitario cual panacea del ascenso social, para sólo tener que enfrentarse, rota la burbuja, a una realidad contradictoria, caótica, compleja y desencantada, donde la figura señera de la poesía mexicana se cristaliza en la preeminencia de Octavio Paz y los grupos Plural y Vuelta, por un lado, y, por el otro, en el humanismo socialista del grupo de poetas de La espiga amotinada. ¿Dónde buscar entonces la propia voz e identidad dentro de esos derroteros avasallantes campeando en el horizonte nacional?
A la generación de los cincuenta además le toca vivir los años confusos de la Guerra Fría y el fantasma del comunismo, la carrera armamentista, el estallido de la primera bomba H, el triunfo de la Revolución cubana, el nacimiento del Rock and Roll, el surgimiento del movimiento hippie y el feminismo, la experiencia sicodélica y de las comunas, el autoritarismo y la represión gubernamentales, la guerrilla urbana y rural, Woodstock y Avándaro, las enseñanzas de don Juan, el indio Yaqui, el nacimiento de Mickey Mouse, Rico McPato y Disneylandia, el ascenso brutal de la Cosa Nuestra, el centralismo salvaje mexicano y las paupérrimas condiciones de los estados de provincia donde se desdeñaba todo lo que tuviera que ver con el arte y la cultura e imperaba un dominio casi absoluto de una bohemia retrógrada, cortesana y poética-funcionalmente analfabeta. ¿Cómo y dónde ejercer en esos paralelos tan determinantes y deterministas el sospechoso oficio de poeta tratando de encontrar un camino propio?
Con-versatorias, entrevistas a poetas nacidos en los 50 (Ediciones Eternos Malabares, inba/conaculta, 2013), es una antología coordinada por Ricardo Venegas junto con un grupo de 17 entrevistadores, la cual compendia una visión amplia y heterogénea de un conjunto de poetas que no sólo conforman un paisaje relevante de la poesía mexicana de esa generación (evidentemente con algunas omisiones, aspecto que define a toda antología), sino que además comparten a través de sus respuestas, lo que para cada uno de ellos ha significado la poesía y sus singulares procesos de gestación. Una generación sin grandes abolengos, pre-virtuales self-made poets, originarios de Durango, Tabasco, Chiapas, Alejandría, Baja California, Caracas, Jalisco, Nuevo León, Guanajuato, siendo la mayoría de ellos del Distrito Federal. Treinta y un poetas en total son los antologados.
Con-versatorias: Entrevistas a poetas mexicanos nacidos en los 50 agrupa en sus páginas a Efraín Bartolomé, Eduardo Hurtado, Maricruz Patiño, Alberto Blanco, Mario Calderón, Víctor Manuel Cárdenas, Eduardo Casar, Adolfo Castañón, Luis Cortés Bargalló, Eduardo Langagne, Pura López Colomé, Ramón Bolívar, Josu Landa, Ricardo Castillo, Vicente Quirarte, Enrique López Aguilar, Fabio Morábito, Verónica Volkow, Aglae Margalli, Javier Sicilia, Francisco Torres Córdova, Arnulfo Vigil, Jorge Esquinca, Víctor Toledo, Juan Domingo Arguelles, José Ángel Leyva, Víctor Hugo Piña Williams, Francisco Segovia, Tedi López Mills, José Javier Villarreal y Lina Zerón.
Una generación —los más viejos (1950-1954)— que apenas andaban en plena adolescencia y los más jóvenes —sólo unos niños (1955-1959)—, viviendo en un México en plena efervescencia social (1968) y en el derrumbe estrepitoso del llamado “milagro mexicano”, a partir del cual la economía nacional cayó en una espiral incontenible de deterioro acuñándose el término de “pobreza extrema”, dos palabras dignas de un inventario ácido del humor negro. En la sociedad mexicana se descosió la herida mal hilada de la “reconstrucción nacional”, no sólo ahora la de la desigualdad social, sino la de la polarización moral, ideológica, estética y cultural. Un mundo al revés, enfrentado, fincado en el abuso y la impunidad, al que había que inventarle un sentido, o más bien un contrasentido.
La generación de los cincuenta tuvo que rascarse con sus propias uñas, ejercer diversas actividades para la supervivencia material casi todas ellas relacionadas con la literatura, la medicina o la docencia, no formar mafias literarias, ir más allá de los cánones establecidos por la oposición entre una práctica meramente esteticista y la poesía como instrumento de liberación social, para encontrar su propio derrotero en la conciencia individual y en el compromiso con el lenguaje. Y aquí es precisamente donde se abre un espectro amplísimo —diría vertiginoso— de propuestas poéticas que hasta la fecha mantienen sus repercusiones en las generaciones subsecuentes. El paradigma es que no hay paradigma y la única constante es la búsqueda en la interioridad equiparada o no con el afuera, pero en compañía de la vieja, vigente e irrenunciable palabra llamada libertad, libertad para la creación y libertad para la vida.
Y con una de las estrofas del “Himno a la Libertad” de Friedich Holderlin, que bien se puede equiparar al variado y vasto sentido, con el que esa generación acotada de los cincuenta ha ejercido su quehacer poético, sin ninguna pretensión de formar escuelas, vanguardias o tradiciones inamovibles, concluyo este comentario sobre Con-versatorias, un libro, me parece, indispensable para leer con atención, pues ahí están algunas de las claves que proporcionarán claros indicios sobre la evolución de la poesía mexicana de finales del siglo XX con mucha tela de donde cortar: “Sin que lo marchiten los ídolos que inventa,/ fiel al pacto inmutable que ha concluido,/ y fiel a las santas leyes del amor,/ el universo (la poesía) desarrolla en libertad su vida sagrada”.
Texto leído en la presentación de Con-versatorias, el jueves 15 de mayo de 2014 a las 19:00 horas, en el auditorio del Instituto de Investigaciones Culturales-Museo de la Universidad Autónoma de Baja California, con la presencia del antologador Ricardo Venegas y la poeta Aglae Margalli.
