Sergio González Rodríguez, Premio Anagrama de Ensayo 2014

 

 

Roberto García Bonilla

 

 

Sergio González Rodríguez obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo 2014 con Campo de guerra. El ensayista mexicano ya había sido finalista de este premio con El centauro en el paisaje (1992). Su trayectoria como escritor y editorialista manifiesta cómo la fusión de periodismo y literatura es una fortuna de la escritura cuando los temas imperiosos e impostergables de la realidad se asientan en el rigor de la investigación, el oficio del escritor, forjado desde la literatura y el trabajo diario —que en las publicaciones periódicas demanda inmediatez y, también, una escritura “accesible” y “amena” (a decir de no pocos editores). La obra de González Rodríguez se caracteriza por temas en que polémica, actualidad, riesgo y autocuestionamiento del sujeto se densifican en el peregrinaje por la efervescencia y la miseria de las ciudades, entre la fascinación, el oprobio, la explotación y la pulsión permanente hacia la elevación y la caída sin fronteras. Esa inclinación temática ya se observa en Los bajos fondos, el antro, la bohemia y el café (1988).

Huesos en el desierto (2002) es un deslumbrante libro donde la investigación periodística —con el costo final de graves agresiones físicas— es un análisis sociológico; el cuestionamiento al primer gobierno panista en sus albores es el recuento de los feminicidios en México más completo, sin efectismos, asentado en rigor que no se asienta sólo en las cifras sino en la búsqueda de los intersticios más delicados que evidenciaron la participación del gobierno, por lo menos por omisión y por manipulación de la información. El contenido del libro, que tiene pasajes que oscilan entre el pavor, el temor y la indignación (por ejemplo,, el caso de la joven holandesa desaparecida cuyo cuerpo luego apareció desmembrado), además moldeado por la crónica magistral de un narrador que ejemplifica, asimismo, cómo el ensayo no se sostiene en el tema sino en su tratamiento. Testimonia el horror sin hipérbole y una muestra de la vergüenza nacional sobre la realidad de los derechos humanos que privan en México. Huesos en el desierto funde contenido y estilo; su autor logra, paradójicamente, una belleza textual de largo aliento que recuerda El centauro en el paisaje donde navegan deseo, memoria, ciudad y los rumbos que anclan la escritura entre aversiones y conversiones de un mundo cuyos mayores símbolos de “civilización” exigen aprender a “volar en las alas de la catástrofe”.

Testimonio y compromiso

En El hombre sin cabeza (Anagrama, 2009) ahonda el fenómeno de la decapitación que se extendió y multiplicó por todo el país; su contexto manifiesto está en las luchas intestinas entre los cárteles de las drogas, narcotráfico, y de éstos contra el gobierno; visto en perspectiva es un acotamiento de la corrupción, la impunidad (rubro en el que México ocupa los primeros lugares en el mundo), la pobreza, el deterioro de valores básicos de la sociedad que no sólo son los territorios urbanos —como de modo centralista deducen los habitantes citadinos—; se ejemplifican casos de la depauperada vida rural del país. Testimonio, estilo, literatura y compromiso —lejos de las tendencias ideologizantes, más aún de filiaciones con apariencia de probidad gremial— profundizan en los alcances simbólicos y míticos de la degollación (pensar, por ejemplo, en la profusa iconografía alrededor de Salomé con la cabeza de San Juan Bautista —El Festín de Herodes—) con rasgos locales de los rituales de las sincréticas tradiciones en México, por ejemplo la brujería y la devoción religiosa sobrepuestas.

Campo de guerra es un análisis sobre los nuevos sistemas de vigilancia, sobre todo, en los países donde el cultivo de enervantes y la producción de estupefacientes se ha centralizado, además, como territorios de transporte y centros de negociaciones —en donde lo ilegítimo puede ser legal y lo ilegal fluye ante la impunidad casi total en países como México— y transacciones que oxigenan y alimentan las economías en el mundo globalizado, claro, con proporciones guardadas en el primer mundo. Es paradójico cómo las cruzadas por combatir el terrorismo han incrementado la violencia en todas sus acepciones (habrá que recordar la Guerra de Irak —marzo de 2003-diciembre de 2011—, instigada por el gobierno de Estados Unidos a nombre de la supuesta posesión de armas de destrucción masiva del gobierno de Irak); la violación de los acuerdos y convenios internacionales se violan todos los días a todas horas. Se advierte cómo las estrategias del gobierno mexicano para combatir el narcotráfico no han disminuido la violencia, y las cifras, ya imprecisables; en cambio sí han favorecido el control del gobierno estadounidense sobre las actividades públicas y privadas en México, desde la población civil hasta la información privilegiada del gobierno.

Intromisiones extranjeras

La más sofisticada vigilancia se ejecuta, sopesada por la corrupción, el silencio y la colaboración bilateral de los gobiernos de EU y México, cuyos procedimientos, de facto, niegan los propósitos. La Iniciativa Mérida (2008- ), por ejemplo, se propuso un apoyo del primero para fortalecer la seguridad y la justicia de las instituciones del segundo: la entrega de millones de dólares en equipos y capacitación ha servido para la libre intromisión de dependencias estadounidenses; por ejemplo la CIA y la DEA, esta última “usó el territorio mexicano para traficar cocaína de América a Europa, transportó millones de dólares de procedencia ilícita por diversos países y lavó dinero en bancos de EU y China”. La CIA, por su parte, ha trabajado entre muchas vertientes, en operaciones paramilitares a favor de la desestabilización. González Rodríguez acentúa cómo la ausencia de Estado de derecho ha creado un “an-Estado” —“la negación y la privación de si mismo”— en la cual conviven una simulada legalidad y una construida legitimidad, habrá que añadir, desde las oficinas de comunicación social estatales, municipales y federales; filtradas y maquilladas, al final, por los medios de comunicación.

Esta reflexión evidencia información y, sobre todo, reflexiona lejos del discurso maniqueo, sobrepoblado de opinadores y comentaristas, algunos de ellos expertos. Estamos en un campo de guerra porque vivimos con el sino y el signo del control y la vigilancia ante la ausencia de autoridad de los Estado-nación; se diluye, más y más, a individualidad y la anonimia acrítica facilita la supremacía del binomio técnica-dinero como regidores de una producción sofisticada del armamento. La soberanía de los Estados-nación ya es innecesaria y obsoleta; se ha superado sin una vigorosa oposición siquiera argumental. En suma, la formulación actual podría sintetizarse así: “El ‘nuevo orden mundial’: gobierno y cultura unánimes a cargo de élites militares, corporativas financieras supranacionales y su prole de burócratas y sirvientes que defienden el mito de crecimiento incesante de la economía como panacea universal, el exterminio de los recursos naturales energéticos […] etcétera.”

 

Sergio González Rodríguez, Campo de guerra,

México, Anagrama, 2014.

@garciabonilla