César Arístides

El futbol es parte de mi vida. Jugarlo, verlo en el estadio o en la televisión, en el parque o en una cancha dispareja y terrosa, me causa gran emoción y de inmediato me conecta con la ilusión infantil. De niño quise ser futbolista y aún sueño que participo en grandes encuentros de futbol; cuando juego con mis amigos los jueves en la noche, cualquier tribulación se aparta para darle paso al balón y sus embrujos, al tiro que pega en la orilla de la portería, a la jugada de nublada fantasía o al remate, como sea, a la portería rival para encender el gol.
Amo también la literatura y por eso leí con inquietud el poema de Miguel Hernández dedicado al portero de un equipo de futbol; lamenté que a mi respetado Louis Ferdinand Céline no le gustara el futbol (lo deja ver en su extraordinaria novela Muerte a crédito, cuando su antihéroe infantil, Ferdinand, prefiere cuidar a un niño con retraso mental que jugar con sus camaradas de internado); y de entrada, Albert Camus me pareció un buen tipo pues jugó futbol; luego me turbaron El extranjero y La peste.
De Peter Handke debo decir algunas cosas: su novela El miedo del portero al penalti me resultó de una amargura efectiva y luminosidad melancólica, a pesar de las situaciones límite que enfrenta el protagonista; el tono sombrío, de fracaso y desolación transmite un espíritu memorable aunque, siempre lo pensé, ¿tiene miedo el portero al penalti? ¿no tiene más temor quien lo tira? Creo que el portero en ese instante hará lo imposible por detener el balón, pero el que dispara está obligado a meter el gol pues su posición como atacante, verdugo, tiene más probabilidades de éxito, y aquí pienso en el gol de Zidane en aquella trágica final contra Italia, cuando la pelota coquetea con el travesaño y cae en zona de prodigio para hacer de la angustia del portero una lágrima de alaridos.
Franz Beckenbahuer fue el primer esteta gladiador que descubrí en la infancia, después siguieron Johan Cruyff, Michel Platini, y el futbol convertido en ser humano: Zizou. Nunca fueron de mi agrado los esforzados, aunque admiro su diabólica fantasía: Kempes (por aquel gol contra Holanda), Maradona (con todo y su mano tramposa que tiene harto a Dios), Cuauhtémoc Blanco (lo de Bélgica fue la consagración de su primavera), y si debo quedarme con un gol, sería el de Giovanni dos Santos a Estados Unidos, en ese partido en el que México perdía dos a cero, en una final regional, en una tarde de sábado que prometía el brindis y la algarabía: Gio condujo el balón con la destreza de un brujo, convertido en león negro le mostró el esférico al portero gringo, éste manoteó angustiado, nunca lo rozó, Gio eludió las marcas, en engañosa y leve retirada atisbó el ángulo y de su pierna una paloma se acomodó feliz en el ángulo ante el defensa norteamericano que en ese instante parecía un ahorcado que danzaba. Lo recuerdo y creo que ese es el gol soñado de la niñez, ese gol resume la alegría del futbol, también su dolor y súbita grandeza.
Mi infancia fue muy dichosa gracias en parte al futbol. Y mi estancia escolar no fue absolutamente desgraciada por el futbol, pues de toda la monserga escolar, del miedo a las tareas y profesores, del llanto atorado en mis huesudos siete años, el futbol fue una lumbre de ilusión y gallardía, el suceso que me transformaba en equilibrista y murciélago.
Aun me hace ilusión esperar el partido del domingo, tanto como leer la poesía de Paz, una novela de Bashevis Singer o volver a la acrobacia de James Joyce. Sé muy bien que si Francisco de Quevedo hubiera jugado futbol sería como Garrincha, Lope de Vega, Matheus… sé que aquella jugada de Pelé, en la que hace una finta magistral al portero, si la hubiera hecho el Conde de Villamediana sería gol, lo sé, y que si el enigma de Álvaro de Campos viera hoy jugar a Cristiano Ronaldo quizá lloraría, indignado o contrito…