BALLESTA
Jugar y ganar nos viene bien
Mireille Roccatti
El inicio del Mundial de Futbol nos impulsó a un impasse, en el cual nada parece importar o preocupar por encima de los resultados de los partidos de las selecciones participantes. Ese impasse mundialista no es exclusivo de los mexicanos, como se imaginan los seudointelectuales que nos califican de pueblo globero, distraídos con el juego, mientras supuestamente se pignora nuestro petróleo.
La realidad es que igual acontece en Europa, Asia, África y en todo el continente Americano, donde un número muy importante de la población está sentada frente al televisor disfrutando los cotejos.
Quienes disfrutan de adoptar una pose de rechazo al juego y pretenden pontificar con sesudos análisis sociológicos de lecturas mal digeridas de autores extranjeros, y califican el hecho social de que a la gente le guste el futbol con conceptos rimbombantes para presumir culturalmente, olvidan que ningún cartabón o modelo de comportamiento sociológico explica todo para todas las sociedades, y muestran su total y absoluto desconocimiento de verdades elementales, como la forma de ser del mexicano, que al igual que todos los seres humanos, son totalmente imprevisibles.
La conducta de los fanáticos futboleros tampoco puede extrapolarse como propia de todos los mexicanos, ni los de aquí, que celebraron pacíficamente en el Ángel o los que dañaron la escultura de la Diana Cazadora en Acapulco, con motivo de la calificación a la segunda ronda, y desde luego menos con los que en Brasil han sido detenidos hurtando, ebrios o cometiendo tropelías. Y ni que decir de los aprendices de brujos y lingüistas de ocasión que buscan justificar la pertinencia de un grito homofóbico que debiera retirarse de la afición porque al final habrá de revertirse colectivamente.
Los anteriores comentarios me llevan a expresar que me alineo con quienes quieren que gane México, no porque levante el ánimo social, que bastante falta hace, o baje la tensión y disminuya la ira social contenida que puede percibirse por la enorme desigualdad en la distribución de la riqueza, no; deseo que gane México porque parece ser la única actividad que nos une mayoritariamente; el juego genera un lazo de identidad nacional aquí en México, entre los mexicanos o de origen mexicano que residen en Estados Unidos y entre todos los connacionales desperdigados por todo el mundo. Y lo afirmo, lejos de una perorata nacionalista de mode: jugar y ganar nos viene bien.
Mientras todo esto sucede, el mundo sigue su marcha. Los israelitas en un acto de fuerza bombardean Siria, un grupo armado islámico que opera en Irak, Irán y Siria parece arraigarse militarmente y demuestra que la invasión norteamericana para imponer un equilibrio regional a modo de sus intereses, está prendida con alfileres. Igual acontece en Ucrania, Rusia le cortó el suministro de gas y golpeó el corazón de la producción industrial de Europa Occidental y el abasto doméstico para la población del próximo invierno. Y aquí en México, la discusión legislativa por las leyes secundarias en materia energética siguieron su curso, como tenía que ser, si ya estaba aprobada la reforma constitucional, aprobación en la que participaron quienes hoy se rasgan las vestiduras.
Y no, el futbol no tiene la culpa.
