Patricia Gutiérrez Otero
Hay escritores poco conocidos en nuestra lengua, y que sin embargo tienen obras o estilos de gran mérito. Entre ellos está un autor brasileño del siglo XIX que inició en su país el género realista con una novela que va más allá de este género: Memorias póstumas de Blas Cubas.
Nacido en una cuna muy humilde, de un padre pintor de brocha gorda y mulato, y una madre portuguesa lavandera, Joaquim Maria Machado de Assis vivió entre dos mundos: el de los blancos que lo acogieron y lo apoyaron para darle bases de su educación (frecuentó poco la escuela) y el mundo de carencias del que provenía: su madre falleció cuando era muy pequeño, y durante su infancia, su padre también falleció. Fue tartamudo y epiléptico. Lo cuidó la segunda esposa de su padre.
Su inteligencia y su talento le valieron publicar a los 16 años su primer poema, “Ella”. Al inicio trabajo en una editorial, lo que le permitió acercarse al mundo de las letras y comenzar a publicar con cierta regularidad. Al inicio se inclinó por el estilo romántico propio de la época. Posteriormente inició su segunda etapa, como ya indicamos, considerada realista, pero que sin embargo ya posee aperturas hacia el género moderno, teniendo influencia del escritor irlandés Laurence Sterne (1713-1768) quien recurre al recurso narrativo del monólogo interior preanunciando a Joyce. Machado de Assis dominaba los idiomas francés e inglés; entendía el español y el alemán, así que pudo haber tenido influencias de muchos autores en estas lenguas. De este periodo destacan tres novelas mayores: Memorias póstumas de Blas Cubas, Don Casmurro y Quincas Borbas. Podemos decir de él que pertenece al grupo de escritores no transculturados del siglo XIX, según el término de Ángel Rama, más bien hace honor a la Ciudad Letrada, libro del mismo autor, aunque su ironía no lo vuelve un ejemplo del poder que sostiene la literatura en la sociedad.
La primera de ellas son las memorias de un muerto, el epígrafe con el que inicia es grandioso “Al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver dedico con sentido recuerdo estas memorias póstumas”. Blas Cubas narra su historia empezando desde el momento en que está en la tumba, y luego remonta a su nacimiento para seguir contando los acontecimientos de su vida. No muestra piedad por sí mismo ni por los otros personajes que se cruzan con él, como lo muestra esta frase que habla de sí mismo: “un autor difunto, sino un difunto autor, para quien la losa sepulcral ha sido otra cuna”. Continuamente aparece una de las características de la prosa de Machado de Assis que ya mencionamos, la ironía. Sus frases son lacónicas; sus descripciones se ciñen a la historia para servirla. Las observaciones psicológicas de los personajes son agudas, pero sin llegar a encasillarlos ni a explicar totalmente sus actos, lo que rompe con el positivismo cuentista de su época. El personaje muerto, sabe que está muerto, y explica desde esa muerte, lo que vivió, interviniendo continuamente en su narración a manera de metalenguaje. Por otra parte, la cultura del autor, surge discreta, pero rotundamente en el texto, creando una intertextualidad con autores de Occidente.
Contra la predisposición que muchos mostramos en relación con la literatura del siglo XIX, el encuentro con J.M. Machado de Assis rompe nuestros esquemas, porque su literatura en sí misma rompe esquemas. Su lectura es casi contemporánea o, al menos, sí predispone a la de James Joyce. Un autor que debemos rescatar del olvido.
Además, opino que se respeten los Acuerdos de San Andrés, que se detengan las mineras, que se revisen a fondo y dialógicamente todas las reformas impuestas por el gobierno, que no se entreguen los hidrocarburos en manos privadas.
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