Juan Antonio Rosado
¿Puede ser la muerte física de alguien un paradójico retorno de su cuerpo? No me refiero a las cenizas con sentido ni al “polvo enamorado” de Quevedo. No se trata de la pasión que hace resucitar, sino de una actitud semejante a la de Meursault —el extranjero de Camus— al enterarse de la muerte de su madre: indiferencia, neutralidad, inercia. “Sólo llaman para informarme que ha muerto mi padre”, sostiene el profesor Paul Stephenson Solana, radicado en México, de padre inglés, en la novela introspectiva Telemaquia, de Enrique Alfaro. No obstante, diferencia de Meusault, en Paul no subsiste la abulia ni la inercia. El personaje siente curiosidad por conocer los detalles y circunstancias de la muerte de Joseph Stephenson en un hospital londinense, a pesar de que no lo ha visto desde hace veinte años. Ahora, al sentir la muerte física del padre, Paul lo recobra con la memoria, tal como ocurre con Marcel —en la extraordinaria novela de Proust—, quien recobra su pasado a partir de una sensación. Ante tanta ausencia, silencio y olvido, la figura paterna se hallaba enterrada en vida. Irrumpe entonces el desorden para hacerla volver. La herida, sin embargo, no puede curarse sin reconciliación. Como Telémaco, Paul emprende un viaje, pero hacia sí mismo; como Ernesto, el protagonista de Los ríos profundos, de José María Arguedas, se encuentra entre dos mundos y dos culturas, sin una identidad precisa: ¿es mexicano?, ¿es inglés por su educación y lengua materna? La obra indaga en el problema de la identidad. Una frase de Proust y ese viaje interior motivan la escritura en primera persona. Gracias a ella, conocemos a un Paul aficionado a la lectura, amigo de otros dos lectores (Felipe y Gabriel), desapegado de lo material, divorciado de Carmen, y que veinte años antes viajó a Inglaterra para ver a su padre, aunque, tras una inútil conversación con él, se convenció del fracaso de la empresa. Ahora irrumpe la muerte y se dice que aquel hombre “no tenía ningún derecho de venir a perturbar mi vida”. Su madre-Penélope ya estaba enterada del deceso. El anti-Ulises trabajaba como espía para los británicos y tenía una hermana (tía Maggie). Endurecido por el abandono, el nuevo Telémaco se vuelve experto en agradecer pésames. Sui generis es la manera en que hereda de su padre un reloj —el tiempo mecánico— y lo que finalmente hace con él. Telemaquia es novela de búsqueda y autognosis, alejada de los lugares comunes sobre el tema y escrita con impecable prosa. Si en Pedro Páramo, Juan Preciado busca al padre, en la obra de Alfaro el “fantasma” del padre busca al hijo, quien acepta el llamado a esta aventura interior, a ir nuevamente por esa “escalera de caracol” de su propio yo, pero también a indagar por la telemaquia, uno de los aspectos de la vieja búsqueda por el origen.
Enrique Alfaro Llarena, Telemaquia (Segunda edición). Terracota, México, 2014; 105 pp.
