En pleno siglo XXI buena parte de la humanidad todavía discute, a sangre y fuego, cuestiones religiosas que han dividido a pueblos hermanos desde el principio de los tiempos. Divisiones históricas que todavía están lejos de resolverse. Por ejemplo, la escisión de las dos corrientes principales del Islam—la chiíta y la sunita— se remonta a la muerte del profeta Mahoma, en el 632 d.C. hace ya 1382 años. Grave asunto el de la sucesión para dirigir la comunidad de los creyentes.
Los chíies designaron a Alí, primo, yerno (esposo de Fátima) e hijo espiritual de Mahoma, en nombre de los lazos de sangre; los suníes designaron a Abu Bakr, suegro (su hija Aisha, fue la segunda mujer, de 13, de Mahoma), un hombre del común, compañero de siempre del Profeta, en nombre del regreso a las tradiciones tribales. La mayoría apoya a Abu Bakr, que se convierte en el primer califa. Desde entonces, los suníes siempre han sido mayoritarios. Suman casi el 85% de los musulmanes en el mundo. Los únicos países con mayoría chiíta son Irán, Irak, Azerbaiyán y Bahrein; con importantes minorías en Pakistán, India, Yemen, Afganistán, Arabia Saudí y Líbano. A la par de estas dos grandes corrientes musulmanas existen otros grupos minoritarios: los alauitas en Siria, los alevís en Turquía, los drusos, dispersos en todo el Oriente Medio, incluso en Israel, y los yariyíes en Omán y el Magreb. ¿Quién le entra al ruedo con tal cantidad de toros?
Concreta referencia histórica. Ahora, después de los publicitados victoriosos golpes de la ofensiva de los yihadistas del Ejército Islámico de Irak y el Levante (EIIL) en el nordeste iraquí, Irak comienza su cuarta guerra en poco más de tres décadas: guerra de Irán (1980-1988), guerra contra la coalición internacional (1991), guerra contra Estados Unidos de América (EUA) y el Reino Unido (2003), y la actual entre suníes y chiíes. El regreso de Irak a las primeras planas de los periódicos y los noticieros de los medios electrónicos, de hecho cristaliza las rivalidades entre Irán y Arabia Saudí, dos potencias regionales; la primera, incluso, amenaza con sus adelantos nucleares a todas las potencias occidentales. Refleja también las desviaciones del sistema internacional después del fin de la guerra fría en 1991 y llama la atención especialmente de los occidentales sobre sus responsabilidades en las intervenciones militares, necesarias o desastrosas, del que Irak es el símbolo. ¿Se podrá detener la cuarta guerra de Irak? ¿Quién lo podrá hacer?
La primera impresión es la de un Irak que se derrumba. El gobierno del presidente Nuri al Maliki está contra las cuerdas, sorprendido por la ofensiva del EIIL y por la medrosa reacción de su ejército. En tanto miles y miles de civiles huyen temerosos de los desmanes yihadistas, las tropas gubernamentales —en cuyo adiestramiento el Tío Sam ha gastado más de 20 mil millones de dólares se quitan los nuevos uniformes y tiran las armas en las cunetas de muchas carreteras por donde tratan de escapar. Y los ensoberbecidos militantes del EIIL avanzan hacia Bagdad después de apoderarse de muchas localidades, entre ellas Mosul y Tikrit, lugares importantes solo superados por la capital iraquí.
El presidente chiíta en el poder desde el 20 de mayo de 2006 (reelegido en las últimas elecciones del 30 de abril, lo que le abre el camino hasta 2018) Nuri al Maliki —que encabeza poco menos del 60% de esa rama musulmana en el país—se atrincheró en una zona fortificada, temeroso de sus propios excesos en contra de los suníes que representan casi el 40% de la población. Incompetente, Maliki no es capaz de que el Parlamento le otorgue poderes especiales para enfrentar la delicada situación. Ante la incapacidad gubernamental, Alí Husein Sistani, el gran ayatolá de los chiíes, pidió el viernes 13 de junio a sus compatriotas que se levanten en armas en contra de los yihadistas suníes. Afirmó Sistani: “Los ciudadanos pueden empuñar un arma para combatir a los terroristas y defender su país, su pueblo y los lugares santos, deben apuntarse a las fuerzas de seguridad para cumplir ese deber sagrado”. El llamamiento busca eco para lograr 50 mil efectivos; la concentración empezó en Samarra, a 60 kilómetros de Bagdad, sede de la mezquita de Al Askari, sagrada para los chiíes y que en 2006 sufrió un ataque terrorista que dio inicio a la guerra sectaria.
Atrás de la guerra religiosa más antigua del Islam se encuentran los verdaderos intereses terrenales. Irak es inmensamente rico: dispone de las terceras reservas mundiales probadas de crudo, con 143 mil 100 millones de barriles. Es una de las principales fuentes de crecimiento de la oferta mundial de petróleo. Antes de la ofensiva del EIIL, la Agencia Internacional de Energía (AEI), que reúne a los grandes países consumidores, estima que de aquí a 2019, Irak representaría, él solo, 60% del aumento de la capacidad de producción de petróleo de toda la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), actualmente compuesta por trece países. Según la AEI, la producción iraquí podría alcanzar 6.1 millones de barriles en 2020 y 8.3 millones en 2035.
Si las exportaciones de crudo iraquíes llegaran a suspenderse, difícilmente serían reemplazadas en los mercados internacionales. La AIE tiene previsto un crecimiento del consumo de petróleo de 1.4 millones de barriles en 2014. Tercer exportador mundial, Irak es un proveedor clave de China y de EUA.
A más largo plazo, incluso si la zona sur petrolera de Irak quedara preservada del embate yihadista, “la ofensiva del EIIL revalúa a la alza el riesgo político ligado a Irak”, estima Francis Perrin, jefe de redacción de la revista Pétrole et gaz arabes, lo que podría desalentar las inversiones en el sector energético iraquí, devastado por treinta años de guerras y de sanciones internacionales impuestas de 1990 a 2003.
El destino parece perseguir al presidente Barack Obama en Irak. “Cuando era candidato al cargo, prometí que terminaría con esta guerra. Como presidente, es lo que estoy haciendo”, dijo el 28 de agosto de 2010. Aquel sábado aseguró que la guerra en Irak estaba terminando y que el país árabe ya era “libre de trazar su propio rumbo”. Tras una intervención militar que duró casi nueve años, Obama retiró a finales de 2011 a sus últimas tropas de aquellas tierras. Más de 1.5 millones de estadounidenses prestaron servicio en aquel país y más de 30 mil resultaron heridos y casi 4,500 murieron. Cuatro años después de aquellas palabras Irak vuelve a ocupar las decisiones del primer mandatario afroamericano estadounidense. Solo que ahora está bajo la presión y el desgaste de otros conflictos, como el sirio —en tres años con más de 200 mil muertos– y el de Ucrania, por lo que su figura ha sido muy criticada y cuestionada ante su negativa de intervenir en ambas crisis. Obama tiene que tomar una decisión sobre un conflicto que siempre ha querido cerrar.
El viernes 20 de junio, en conferencia de prensa en la Casa Blanca, Obama repitió, en tres ocasiones, que las tropas de Estados Unidos “no van a volver a combatir en Irak”. No obstante, el mandatario también anunció que enviará un contingente de hasta 300 “asesores militares” a Irak para “evaluar cómo adiestrar, asesorar y apoyar a las fuerzas de seguridad iraquíes de la mejor forma posible”. También anunció que crearán “centros de operaciones conjuntas en Bagdad y en el norte de Irak, para compartir inteligencia y coordinar la planificación para enfrentarse a la amenaza terrorista del EIIL”. En los últimos días, este grupo de suníes fanatizados y bien petrechados han tomado ciudades importantes y prácticamente tienen el control de la refinería de petróleo de Baiji, la mayor del país, aunque fuentes oficiales aseguran que todavía el gobierno no la ha perdido. Muchas suposiciones, poca información.
Obama aclaró que “no hay una solución militar para Irak y, con certeza, no hay una solución militar dirigida por Estados Unidos”, pero apostó por hacer esfuerzos diplomáticos para mejorar la estabilidad política en Irak y conseguir un gobierno con chiítas, suníes y kurdos y por mejorar la inteligencia para ayudar a las tropas locales a combatir a los extremistas islámicos que el domingo 15 se jactaron de haber “ejecutado” a mil 700 miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes. El anuncio, vía Twitter, del horripilante acto, se apoyó en una serie de espantosas fotografías en las que aparecen supuestos milicianos enmascarados del EIIL disparando a decenas de hombres con las manos atadas a la espalda y rostros aterrados. No es fácil verificar la matanza, pero su efecto propagandístico eclipsó la contraofensiva militar de Maliki.
El mandatario estadounidense insistió en que no habrá una solución posible a la guerra civil iraquí si no se fortalece el proceso político en el país. “Nuestro trabajo no es elegir a los dirigentes de esa nación”, agregó, pero, Maliki o cualquier otro dirigente que aspire a dirigir Irak, debe tener “un programa en el que se respeten los intereses de suníes, chiíes y kurdos. Ahora mismo, hay demasiadas sospechas y desconfianza sobre su gestión”. Finalizó: “Debemos asegurarnos de que Irak no se convierta en un santuario para el avance del EIIL y otros grupos extremistas yihadistas, que podrían usarlo para planear y dirigir ataques contra EUA o sus aliados”. En fin, no descartó ataques aéreos en contra de los extremistas. El visionario Obama todavía está sumido en las guerras del pasado. La sombra del 11-S es casi indeleble. VALE.
