Alfredo Ríos Camarena

Las relaciones de México y España se han caracterizado por la enorme simpatía y afecto que ambos pueblos se profesan; esto explica porqué en los momentos más oscuros del terror fascista, impuesto por el dictador Francisco Franco, la política internacional mexicana, plena de dignidad, conservó una utópica relación con la república. México sostuvo la relación diplomática con la república española aunque no existiera territorio gobernado por ésta, la dictadura se había impuesto; sin embargo, el gobierno español republicano nunca lo aceptó y se fue al exilio: sólo dos países apoyaron esta quijotesca aventura, México y la Unión Soviética; el presidente Cárdenas, además de negarse a reconocer la dictadura, abrió las puertas a la inmigración republicana que enriqueció con sus brillantes intelectuales, la enseñanza y la cultura mexicana

La transición española a la muerte del dictador encontró diferentes formas de gobierno en un lapso brevísimo; se instauró una monarquía con amplios poderes autoritarios a los que el rey Juan Carlos renunció borrando con esto el sueño absolutista del franquismo; el rey enfrentó los poderes emanados del viejo régimen y tuvo la capacidad de negociar la transición a la democracia con el apoyo indiscutible del recién fallecido Adolfo Suárez; en el Palacio de La Moncloa, se establecieron los acuerdos para un nuevo sistema que tendría dos bases fundamentales: primera, el régimen democrático de partidos; y segunda, el pleno reconocimiento de las autonomías de las provincias españolas; con esos elementos se construyó la nueva Constitución y con ella España ingresó en un mundo muy distinto del oscurantismo mojigato de la época anterior, a una verdadera revolución de las conciencias que le dieron a la nación española un enorme salto a la modernidad y al progreso. El régimen absolutista fue demolido, se reinstauró la monarquía con sentido parlamentario, porque la democracia no es un concepto que se contraponga con la monarquía; el que sí lo es, el contrario de la monarquía, es la república, con la que nuevamente están soñando los jóvenes que otra vez en la Puerta del Sol, el pasado lunes 2, se manifestaron levantando los pendones de franjas rojas, amarillas y moradas, como fue la bandera republicana.

El rey fue poco discreto en sus relaciones románticas y en sus aventuras cinegéticas; frente a todo esto la monarquía se debilitó como institución y el rey como personaje, la familia real se vio involucrada en serios escándalos, el más sonado, el fraude en el que incurrió el esposo de la infanta Cristina. Por eso, antes de que crezca aún más el movimiento antimonárquico y antes de que la crisis catalana y vasca tengan mayores incidencias en el sistema, Juan Carlos, con sabiduría, decidió abdicar porque todavía tendrá la capacidad de controlar el Parlamento y las Cortes, para producir una ley orgánica que permita el fácil acceso al nuevo monarca, su hijo Felipe.