Juan Antonio Rosado

Es cierto que cobijarse en rituales, ídolos o modelos culturales les otorga seguridad a muchas personas. Sin embargo, llevar este síntoma de la debilidad humana, de su conciencia de ser mortal, hasta la soberbia postura de pretenderse superior a partir de esa seguridad cultivada en la tierra de una imagen, no constituye sino la continuidad de lo imaginario con otros fines. Recuerdo que en una conversación sobre nuestra civilización que se suscita en Contrapunto, parece que Rampion habla aún para nuestra época y para sociedades como la mexicana y a su perenne y exacerbada idolatría, fanatismo, religiosidad que engorda con las crisis sociales, políticas y económicas.
El mexicano, al igual que otros pueblos saqueados sistemáticamente por sus gobernantes y por las potencias extranjeras, padece por ello mismo de inestabilidad económica y, por tanto, emocional, espiritual, ya que nunca lo espiritual o intelectual se ha manifestado separado de la materia. El individuo inseguro se refugia entonces en ídolos, se cobija en supersticiones y fanatismos, y no le importa padecer el más acá porque espera una recompensa en el más allá. Incluso los asesinos encarcelados están seguros de que obtendrán el perdón de sus ídolos.
El personaje de Aldous Huxley —Rampion— parece hablar de muchos de quienes nos rodean en la vida cotidiana cuando sostiene: “El decirles que obedezcan a Jesús es decirles que sean más que humanos. Y en la práctica, cuando uno trata de ser más que humano, lo que consigue es hacerse menos que humano. El decirles que obedezcan a Jesús literalmente es decirles, de forma indirecta, que se porten como imbéciles y, por último, como demonios”. Entonces alude a Tolstoi y a San Francisco, hombres lúcidos que se convirtieron en desequilibrados, como tantos sonrientes postizos llenos de culpabilidad que percibimos entre las oleadas de las recurrentes crisis en todos los órdenes. Tampoco se trata de volverse hacia el cinismo. Se trata simplemente de ser humanos, y lo humano es inexistente sin la materia —el cuerpo y lo que lo sustenta y conserva.