CHARLAS DE CAFÉ

 

Crédito fotos: Zony Maya

 

“La historia de mis dientes”, divertido juego literario

 

 

Eve Gil

 

 

“Hubo muchas mudanzas internacionales durante mi infancia y adolescencia, muchos cambios, y la lectura y escritura eran espacios de cierta permanencia, maneras de darle continuidad y coherencia al mundo —señala Valeria Luiselli—. Pero creo que no fue sino hasta los 20 o 21 que empecé a dedicarle todo mi tiempo a la literatura, aunque me interesan mucho otras disciplinas y la conversación que se puede establecer entre éstas y la literatura, así es que siempre estoy explorando otras cosas. Leo mucho sobre arquitectura, danza, filosofía y arte contemporáneo, por ejemplo. Me interesa que mi trabajo en la literatura sea poroso, que deje entrar ideas, temas y procedimientos tradicionalmente ajenos a lo literario.

Nacida en la ciudad de México en 1983, la joven autora de una primera muy celebrada novela, Los ingrávidos (Sexto Piso, México, 2012), publica la segunda, La historia de mis dientes (Sexto Piso, México, 2013) cuando todavía está fresca la buena impresión dejada por aquélla. En ésta se explaya mucho más respecto a los intereses que complementan su pasión por la literatura. Su protagonista, Gustavo Sánchez Sánchez, mejor conocido como “Carretera”, es un peculiar subastador de cierto tipo de antigüedades tan repulsivas como, al parecer, fascinantes.

“La historia de mis dientesempezó como una colaboración con una colección de arte contemporáneo, la Colección Jumex, vinculada con la fábrica de jugos –que todos conocemos —explica Valeria— Dos curadores de la colección, Magalí Arriola y Juan Gaitán, me pidieron un texto para el catálogo de la exposición “El cazador y la fábrica”. Su idea, a grandes rasgos, era cuestionar la idea de una exposición como un espacio aislado, impermeable a su entorno. Me gustó la idea, así que propuse escribirles un texto por entregas, pero no para la galería sino para los trabajadores de la fábrica de jugos. La idea era escribir algo que estableciera un puente entre la gente que trabaja para la fábrica y la gente que colabora con la Colección, con el propósito de reflexionar sobre los mecanismos y discursos del arte contemporáneo, y la manera en que ésos se insertan en una red más amplia de relaciones con su entorno inmediato.

“Cada semana —continúa, entusiasta—, un grupo de trabajadores se reunía a leer, comentar y criticar las entregas. Esas sesiones se grababan y me mandaban el archivo de audio, que yo escuchaba para escribir la siguiente entrega. Los obreros fueron fundamentales: escribí la primera versión con ellos, no sólo para ellos. La voz del narrador, por ejemplo, terminó siendo una especie de eco de la voz de uno de ellos, y las preguntas y comentarios de los trabajadores marcaron la pauta del tema mismo del libro. Si bien al principio tenía sólo algunas ideas e intenciones vagas, la conversación a distancia con ellos tomó pronto una dirección particular, que era la de la pregunta por el valor —de uso, de cambio, simbólico o agregado— de los objetos de arte. La novela entera responde a la pregunta de qué elementos y qué mecanismos son los que generan valor en el arte”.

Vorágine de sucesos casi surrealistas

La historia de mis dientes es un divertido juego literario; una especie de sombrero de mago del que el lector extrae una sorpresa tras otra, incesantemente, sin dejar tregua. Reconoce haberla escrito bajo la influencia del escritor satírico ruso Daniil Kharms (1905-1945), cuyo trabajo fue catalogado como “literatura del absurdo”. Pero lo más inquietante es advertir la realidad concreta de la propia autora entrelazada con la vorágine de sucesos casi surrealistas:

“La primera voz que escuché en mi cabeza y empecé a explorar para construir al personaje de Gustavo Sánchez Sánchez, “Carretera”, fue la de un tío, que trabajó durante muchos años en la Central de Abastos y siempre cuenta historias fascinantes sobre sus hazañas ahí. Vendía coches, jamón, libros por metro, joyas, ropa —lo que fuera—, pero en mi opinión lo que vendía eran buenas historias. Es un personaje completamente picaresco, una especie de héroe de clase media, y siempre quise escribir algo remotamente basado en su vida. A mis lectores más solemnes les molesta el aire populachero de la novela, su falta de seriedad, su falta de respeto a las convenciones de la alta literatura. Pero eso es justo lo que me interesaba hacer: clavar una espina en la burbuja de la alta cultura.”

Y pese a que la obsesión del protagonista son los dientes —obtener la dentadura de Marilyn Monroe para, literalmente, poseerla— y es un experto clasificador de los mismos, a los que dota de una elevada jerarquía artística, Valeria me sorprende al afirmar que los dientes no le interesan en lo más mínimo, “Es más, creo que seríamos más felices si no necesitáramos dientes”.

Lo que tiene en común La historia de mis dientes con su exitosa novela, Los ingrávidos, es la irrupción de personajes reconocidos de la literatura mexicana en la novela; aunque el fantasma de Gilberto Owen, que persigue a la protagonista de la primera en el metro es un recurso poético, la conglomeración de nombres de autores vivos y muertos fungiendo como policías, carniceros, sacerdotes, choferes, delincuentes, vendedores en la segunda, adquieren otro sentido… ¿Cuál es ese sentido?, pregunto a Valeria, quien tiene una explicación muy congruente al respecto:

México, país de solemnidades

“Generalmente me preguntan si usar nombres de escritores es un homenaje a esos escritores. No me sorprende: nuestro país es el país de los homenajes, de la solemnidad respecto de nuestro pasado y tradición intelectual. Si, como decía Hemingway, París era una fiesta, entonces la ciudad de México es un mausoleo prematuro, de preferencia dedicado a los machos alfa de la clase criolla. Lo que yo quise hacer en esta novela no tiene nada que ver con eso; al contrario. Usar nombres de escritores —pero sólo sus nombres, no sus identidades— fue una forma de la apropiación, desplazamiento y descontextualización. Ésos son procedimientos muy comunes en el arte contemporáneo, y me interesaba explorarlos en el contexto de un texto literario. La idea era tratar los nombres como objetos, y preguntarme sobre el valor simbólico asociado a esos nombres-objeto. La pregunta era qué le pasa a un nombre cuando se vacía de su contenido tradicional, por un lado, y qué le pasa al contexto en que se inserta ese nombre parcialmente vaciado de significado, por otro.

Actualmente, Valeria trabaja con imágenes: “Hace poco escribí un texto con imágenes tomadas con una cámara polaroid, Swings of Harlem, para una colección de la editorial Visual Editions. En el caso de La historia de mis dientes, decidí usar imágenes porque, mientras escribía, algunas de las personas del equipo de la Jumex me mandaban fotos y videos de los espacios y objetos sobre los que quería escribir. Esas imágenes fueron imprescindibles para la construcción de la novela —tanto como las voces de los obreros—. Las fotos funcionan como una especie de evidencia residual de mi proceso de escritura. No están ahí para ilustrar nada, sino como una huella de ese proceso. Si hubiera podido, también habría incluido un mp3 con las voces de los obreros.

Pero también tiene muchas ganas de escribir una especie de foto-ensayo satírico sobre un viaje que planea realizar por todo Estados Unidos en coche, “un poco en el espíritu de un libro de 1935 que se llama American Road Trip, de los escritores soviéticos Ilf y Petrov. También lleva un par de años escribiendo una novela que sucede parcialmente en Sudáfrica, donde pasó parte de la infancia y adolescencia.