La vida es juego

Marco Antonio Aguilar Cortés

No siempre el juego de futbol soccer ha sido el hegemónico en la vida de los seres humanos; pero lo que siempre ha tenido lugar en la existencia de todos los homínidos es el juego.

Ahora, en Brasil 2014, los ojos del mundo a través de transmisiones cibernéticas y electrónicas están embelesados con los encuentros entre los mejores equipos de futbol, tan llenos de espíritu deportivo como de infecto mercantilismo, sirviendo por igual de estímulo y divertimiento como de tapadera distractora a favor de las maniobras de los poderosos.

De igual forma, con toda proporción guardada, se registran históricamente los juegos olímpicos por Pélope en 1280, o por Heracles en el 1200, o su restitución por Licurgo en el 776, en los tres casos antes de nuestra era, con sus pros tan llenos de beneficios, y sus contras sucios y sangrientos, en donde los juegos taparon asesinatos, infidelidades, y traiciones.

Hoy, la masividad en los finales del siglo XX y principios del siglo XXI da perfil multitudinario al futbol, imponiéndole ecuménica alma deportiva, con innegables efectos políticos, e ilícitas maquinaciones mercantiles.

Ante esa realidad tenemos que detectar lo positivo, lo salvable de estos mundiales de futbol que como rito puntual se desarrollan cada cuatro años, observando que lo atrayente superficialmente es el futbol, pero que en el fondo lo agradablemente encantador es el juego.

El juego como una aptitud congénita al ser humano, innata en él, la que se observa frenada, afectada, desnaturalizada, por equívocas conductas culturales.

El pedagogo alemán Federico Fröebel (1782-1852) fundador de los jardines de niños, basaba su técnica de enseñanza en los juegos; y el epistemólogo suizo Jean Piaget (1896-1980) hizo lo propio. Tengamos presente que una de las mejores maneras de aprender y enseñar es jugando.

Así nos expresa la palabra poética de León Felipe Camino: “Pero el hombre es un niño laboriosos y estúpido que ha hecho del juego una sudorosa jornada; ha convertido el palo del tambor en una azada, y en lugar de tocar sobre la Tierra una canción de júbilo, se ha puesto a cavarla. Si supiésemos caminar bajo el aplauso de los astros, y a hacer un símbolo poético de cada jornada. Quiero decir, que nadie ha sabido cavar al ritmo del Sol, y que nadie ha cortado una espiga con amor y con gracia. Ese panadero por ejemplo, por qué ese panadero no le pone una rosa de pan blanco a ese mendigo hambriento en la solapa”.

Las naciones avanzadas, los pueblos progresistas, los individuos inteligentes sabrán utilizar para bien la euforia mundialista del futbol; como sabrán neutralizar todo lo malo que albergan las intenciones perversas de los vividores de este juego deportivo tan en boga.

Hasta hoy la selección mexicana lo ha hecho bien. Vale parodiar al madrileño Pedro Calderón de la Barca (1600-1680): La vida es juego, y los juegos… juegos son.