Eve Gil
El arte tiene el poder de crear una conexión muy íntima entre quien lo aborda y esas emociones que la vida cotidiana nos obliga a mordernos. En casos extremos te incorpora, casi contra tu voluntad, a la realidad que subyace bajo un montón de capas creadas para sepultar radicalmente nuestra animalidad; una realidad donde las metáforas se transforman en sangre y secreciones, y dejan cicatrices en el cuerpo del artista, en la memoria del espectador y en la psique de ambos. El performance, a diferencia de las otras artes de las que, de algún modo, es su Frankenstein, te acerca al mundo más que apartarte de él; te hace sentir incómodo, desnudo, expuesto, porque la misión del performance es ser el espejo en que no quieres reflejarte. Aunque todo arte tiene el poder de sacudirte, el performance puede llegar a ser un espectáculo aberrante, no tanto en un sentido moral como en uno profundamente político y sicosocial.
El caso de Diana J. Torres es uno de los más extremos. Con ella no hay medias tintas: la amas o la odias. Como artista y como persona, que en realidad son una misma. Diana, presiento, permanece encaramada en un escenario mental, incluso en la más inocente cotidianidad… cuya inocencia, tratándose de ella, terminará por ser muy relativa. Habrá quien, como yo, experimente una profunda empatía con su ideología, claramente expuesta en su primer libro, Pornoterrorismo, aunque ni en mil años se atreva a emularla o asistir a sus talleres de eyaculación femenina (sí, las mujeres eyaculan, otro secreto milenario cuyo descubrimiento es muy posterior a la existencia del clítoris, y que Diana ubica como un rasgo más del poderío de las mujeres)… o no resista el impulso de voltear de lado ante algunas de sus piruetas escénicas. Habrá otros que, aunque lo lean de principio a fin —personalmente pienso que es imposible dejar de hacerlo, aunque te horrorice— la repudiarán con una pasión muy próxima al amor. El caso es que no deja indiferente; te arrastra como el pecado a escuchar lo que no quieres oír. Lo que te cuesta trabajo creer que alguien se atreva a reconocer sin recurrir a florituras. Como buena terrorista, Diana es una fundamentalista. Fundamentalismo, según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, tiene qué ver con la interpretación literal de un libro sagrado y también “Exigencia intransigente de sometimiento a una doctrina o práctica establecida”. Lo que Diana interpreta literalmente, en este caso, son los impulsos de su cuerpo con el que, a través de prácticamente toda su vida, ha jugado, marcado, horadado, expurgado, de tal suerte que, más allá de un género definido, Diana puede ser prácticamente cualquier cosa que “le nazca” (o “le ponga”), sin necesidad de modificaciones quirúrgicas. El cuerpo de Diana es su instrumento de trabajo, y su sexualidad estridente y pirotécnica, su arma de destrucción. También es la representación física de un mundo artificiosamente asexuado y aséptico que inevitablemente encuentra las más inusitadas vías de escape, fenómenos que relaciona con la pederastia de los curas, entre otras cosas. Con lo que Diana no transige, está claro, es con su ilimitada libertad de expresión, y esto termina por completar el retrato de la perfecta dinamitadora de sepulcros blanqueados.
Se lee en las páginas 70 y 71: “(…) Una ‘bomba’ pornoterrorista siempre será algo metafórico, que dejará todas las cosas intactas después de haber estallado (…). El pornoterrorismo aspira a la destrucción del enemigo y en ese sentido tiene muchas cosas en común con el terrorismo. La diferencia es que la destrucción del pornoterrorismo puede ser constructiva (debería serlo), no es pura revancha o simples ganas de joder sino de cambiar las cosas cortando por lo sano, a lo bruto (…)”
Pornoterrorismo parece un libro demasiado arriesgado para engrosar el catálogo de la incipiente Editorial Sur +, otra editorial surgida en Oaxaca, como la ya respetada Almadía, y ya había empezado a dar de qué hablar con algunos títulos subversivos, pero con Pornoterrorismo se vuela la barda. Originalmente publicada en Editorial Txalaparta, de España, que a juicio de la autora, sigue siendo un país demasiado eufemístico en material sexual —y eso incluye a la legendaria Chueca, el idealizado paraíso gay donde, dice Diana, todo es tan correcto y ordenado como en cualquier playa familiar— no puedo evitar preguntarme cual será la reacción en México, todavía más conservador y guadalupano. En tanto se suscitan las primeras reacciones, es justo señalar que estamos ante un libro imposible de soltar, por muy chocantes que puedan parecer algunas descripciones bastante explícitas, no sólo del espectáculo que Diana ha montado en varias partes del mundo e incluye sexo en vivo, gore, símiles de antropofagia y una nada convencional lectura de poemas, sino episodios biográficos de la propia artista y de su poco ortodoxo estilo de vida. Se trata de un ensayo biográfico que al mismo tiempo funciona como manifiesto de una expresión artística que ya empieza a repercutir entre otros artistas del performance dispuestos al martirio, que no es nada nuevo: los santos, asegura Diana, que ha experimentado el sadomasoquismo, lo gozaban.
Contrario a lo que pudiera suponerse, Diana no tuvo una infancia desgraciada; sus padres eran, y siguen siendo bastante “majos” e hicieron más llevaderos sus conflictos de adolescente andrógina y, por lo mismo, vulnerable a lo que hoy llamamos “bullying”. Reconoce haber sido hipersexual desde una edad muy temprana y haber perdido la virginidad accidentalmente —o no tanto— en medio de un trance producido por la voz de Nina Hagen. Rasgarse ella misma el himen no fue un acto de rebeldía adolescente, si acaso su primer impulso escénico, aunque se haya efectuado en la intimidad, música y coreografía incluidas, aunque no sería hasta 1999 que realizaría su debut casi por casualidad, gracias a la invitación de unos amigos que la hicieron confirmar sus sospechas de que su rabia creativa eclipsaba por completo al pudor, que todavía no produce ninguna obra maestra. Como otras talentosas artistas —me viene a la mente la escritora y directora de cine francesa Virginie Despentes, a quien Diana tiene más de un motivo para citar—, Diana reconoce haber practicado la prostitución sin ninguna secuela traumática, ¿qué mujer, en el fondo, se pregunta, no ha intercambiado su cuerpo a cambio de algo? El matrimonio convencional puede llegar a ser una forma de prostitución legalizada y bendecida. Pero todo lo anterior es nada comparado con sus posteriores confesiones y conceptos relacionados con su quehacer artístico y su forma de contemplar al mundo, como al gran emperador que va desnudo, aunque sus súbditos finjan que lucen los más hermosos atavíos. En este contexto, quizá sus confesiones más arriesgadas sean reconocer que su arte nace de la rabia y el dolor que experimenta todo autoexiliado del rebaño y creer firmemente en el amor al prójimo… y, en serio: sin ironía… ¿O cuántas personas conoce usted que defiende los derechos sexuales de aquellos que padecen alguna discapacidad, y esta sociedad maniquea se empeña en “angelizar” para sacarle la vuelta a algo que debe parecerles feo o, en su defecto, una carga que implica un deber moral que no les interesa asumir?
“En los performances —se lee en la página 96— pongo imágenes estremecedoras pero nunca quedo indiferente ante ninguna de ellas (…) me dejo herir porque no quiero renunciar al dolor del mundo, al dolor de estar viva, porque he tratado de conservar intacto mi sentido de la empatía, otra de las cosas que nos quieren robar enseñándonos de una forma tan circense las miserias humanas (….)”.
