Ricardo Muñoz Munguía

La atmósfera del dolor y la soledad son las más densas realidades de Thomas Bernhard. El dolor y las limitaciones del cuerpo hacen más luminosa la mirada, la que apunta, y amputa, los tonos grises y rojos de la vida, y es pues que la mente desarrolló las habilidades que el cuerpo le negó. Un autor incómodo tanto para el estado austriaco como para la Iglesia Católica, pues llegó a mencionar que “la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla”, pero sin negar su amor por Austria, y agregó para la misma entrevista que le concediera en 1987 a Asta Scheib: “Soy de la opinión que todos los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los perros”. Apedreó de manera directa con la verdad que nunca se dejó ocultar en él.
El poeta y ensayista César Arístides (Ciudad de México, 1967) encumbra la corona negra del novelista y dramaturgo Bernhard. Se apega a su quehacer poético para construir el cuadro completo de Thomas Bernhard, lo hace desde las sensaciones que le habitan por una vida y una obra que reflejan los filos de las espinas: “La verdad es mentira en el estertor de la alborada/ mientras el cirujano ciego confunde las entrañas/ con breviario de catedrales a donde nadie asiste/ un niño en silla de ruedas me señala con su mano siniestra/ quiere tocarme y lo descubro es un arbusto/ está sembrado en una silla de ruedas que tampoco lo es/ es un libro escrito por mí donde sólo nacen maldiciones/ el niño soy yo cuando la escuela me horrorizaba/ por eso quiere alcanzarme y juntarse a mis huesos/ el niño soy yo y soy escarcha la sed la nada el silencio”. La vida de Bernhard, sobre todo en su infancia, estuvo apegada al dolor. De niño no sólo tuvo que pasar las inclemencias de la pobreza sino que, por su condición de hijo natural de Herta Bernhard (1904-1950), también careció del afecto corporal que él mencionó no tener y, aunado a todo ello, fue un enfermo crónico en toda su vida. César Arístides lleva a cabo el retorno de Bernhard a través de versos, un ejercicio apegado al malditismo. Así es como el alcoholismo, la locura, la enfermedad, el suicidio, la soledad… se desatan y son entonces gusanos invernales, rabia siniestra, clavos de pesadumbre, música sombría.
Thomas Bernhard, nació el 9 de febrero de 1931 (Heerlen, Países Bajos), exactamente trece años antes que Parménides García Saldaña —la referencia es porque ambos son dueños de la frialdad de la soledad, de una vida dolorosa y de una obra de sombras pero a la vez estéticamente explosiva. Bernhard despierta y así lo apunta César Arístides, “Sinfonía al vértigo de escarabajos/ elogio de Viena su velo rasgado y su borrasca/ me lleva otra vez al encuentro con los pórticos/ los pasadizos sombríos del conocimiento/ donde verbo es fuego pero no tiene sentido en la nieve/ y la única verdad/ que soporta el juicio es la del titubeo/ pero tampoco la indecisión tiene nervadura y sangre/ porque la nutro de mi pensamiento/ y sólo hay algo más estúpido y hueco en el cielo/ el pensamiento dislocado de un muerto/ de un muerto despierto en su tumba sin nombre”.
Una tumba que abre César Arístides para asomarlo al mundo, para adentrarse en la mirada de Bernhard, para destazar sueños y realidades del suicida que intentó su muerte en tres ocasiones, lo que, por paradójico, lo llevó a amar también la vida.

César Arístides, Thomas Bernhard despierta en su tumba sin nombre. Dirección de Literatura (UNAM), México, 2013; 112 pp.