David Alejandro Boyás Gómez

 En junio se cumplen 47 años de que la editorial Sudamericana, con sede en Buenos Aires, Argentina, publicó por primera vez la novela más importante de Gabriel García Márquez. Por este motivo la Secretaría de Cultura del CEN del PRI y la Casa Lamm organizaron un homenaje México-Cuba en las instalaciones del centro cultural de Casa Lamm el pasado 25 de junio.

            Ante estudiantes, políticos y artistas, la secretaria de cultura del CEN del PRI y directora de la revista Siempre!, Beatriz Pagés destacó la presencia del escritor cubano Miguel Barnet, gran poeta y conocedor de la obra del Premio Nobel de Literatura 1982, además de muy cercano amigo del colombiano.

            El también presidente de la importantísima Unión de Escritores y Artistas de Cuba y miembro de la Academia Cubana de la Lengua compartió mesa con Felipe Garrido, Gonzalo Celorio y Jaime Labastida, director adjunto, secretario y director de la Academia Mexicana de la Lengua, escritores a los que igualmente la obra de García Márquez ha inspirado.

            Para abrir boca se presentó el documental del Canal Once titulado Gabriel García Márquez: de la realidad a la literatura donde es el propio autor, nacido en Aracataca, Colombia en 1927 y fallecido en México este mismo año, detalla las experiencias de escritura inolvidables que le dejó Cien años de soledad.

            Habló de cómo Mercedes, su esposa, y él se quedaron sin dinero tras los largos meses de escritura de la novela en México, y al final, cuando debía ser enviada a la editorial en Buenos Aires, sólo les alcanzó para mandar la mitad del manuscrito. Después se darían cuenta que el realismo mágico de la literatura no era otro que el de la vida misma, cuando se percataron que habían enviado la segunda parte en lugar de la primera.

            El poeta y filósofo Jaime Labastida reflexionó profundamente sobre cómo conciben el tiempo los narradores latinoamericanos. Detalló que el tiempo y el espacio en nuestra tierra no son sólo la simple herencia griega del tiempo lineal y el espacio físico. En las culturas míticas, dijo, el tiempo no fluye, está unido al espacio como lo demuestran los centros ceremoniales de Mesoamérica, que son marcadores solares. Por lo tanto “el tiempo en Mesoamérica se puede ver, más que medir” aseguró el escritor.

            Con esta lógica propia y diferente creó García Márquez en Macondo un espacio mítico, que por serlo, es también clausurado, un tiempo cerrado en cien años exactos. Lugar y duración sólo concebibles en la mente del gran Gabo.

            Miguel Barnet coincidió con la idea del tiempo clausurado y agregó sus interpretaciones, pero más que eso, decidió recordar al que fue su amigo entrañable y compartir con el público las enseñanzas que le dejó el laureado escritor.

            “Nunca hablamos de literatura” dijo al rememorar que lo más importante que aprendió de él fue a ser un escritor auténtico, sin disfraces. Aseveró que García Márquez, como sus compañeros del Boom, tenía detrás una enorme tradición literaria. En el caso del colombiano, Alejo Carpentier fue su inspiración para entender que la América era aún ignota y merecía ser descubierta, o mejor, inventada por sus literatos. Y de Juan Rulfo aprendió la cosmogonía popular. Esto le llevó a llamarlo “heraldo del imaginario de la cultura popular”, lo que sólo permite compararlo con el mismo Miguel de Cervantes.

            Para concluir, el escritor cubano aseguro que “Gabo era un alquimista de la memoria. Cien años de soledad es un vallenato de 400 páginas”. La pura vida.

            Para Gonzalo Celorio, quien leyó la novela de corrido la primera vez que la tuvo en sus manos, es sorprendente que el texto haya traspasado los límites de los intelectuales y haya sido leída por casi cualquier persona.

            En su intervención habló de la novela como género revolucionario, incluso recordó que el gobierno español prohibió su producción en América durante la Colonia por considerar que invitaba a levantamientos. El periquillo sarniento, de José Joaquín Fernández de Lizardi, la primera novela latinoamericana, apareció en 1816, tiempos de la revolución de independencia.

            Así de contundente fue el ingreso de Cien años de soledad al canon literario americano y mundial, cumpliendo con todas las características de lo que Lukács llamó novela moderna: Tiempos épicos abandonados por dios y objetos cotidianos que son fantásticos.

            El también novelista afirmó que gracias a esta novela Latinoamérica cuenta con su propia Biblia, con un Popol Vuh mestizo, por qué no, con su propio Don Quijote.

            Por último, el editor y escritor Felipe Garrido coincidió con lo dicho por sus colegas y agregó que no todo lo que sucede en el libro es en tiempo circular. Dos asuntos le merecieron a García Márquez ser contados como sucedieron, linealmente, como para probar que en el realismo mágico también tiene cabida el realismo social y la literatura comprometida sin caer en propagandas.

Así relucen en la historia la guerra civil entre liberales y conservadores y el espejismo de modernidad del ferrocarril que sólo trae las tragedias y la matanza de 1928 de la bananera (la United Fruit) de un universo que ya no se sabe si es Macondo o Latinoamérica.

Leyó un fragmento de la obra, donde se observa aquella ruptura con la realidad que es lo maravilloso. Lectura que conmovió al público y emocionó a varios asistentes. Vimos pues, que el libro no fue más que el desciframiento de los pergaminos de Melquiades, la historia de amor que al final no se realiza, como sabemos, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Así concluyó una velada donde la magia de la literatura se volvió a hacer presente a pesar de la ausencia de uno de sus grandes artífices, Gabriel García Márquez, a quien el público, más importante que los críticos, reconoce como escritor suyo, y a su novela, como su propio patrimonio cultural.

Pues al ser el público motivación principal y fin último de todo artista, el logro más grande de García Márquez es haber logrado que su obra fuera leída más que por intelectuales, por todo el pueblo y que juntos se adentraran al maravilloso mundo donde el hielo y el imán son artefactos admirables y fantásticos, donde Remedios la bella sale volando por un balcón mientras vuelan por cientos las mariposas amarillas.