En versión mexicana
Marco Antonio Aguilar Cortés
Las malas leyes, aplicadas por buenos jueces, pueden tolerarse; en cambio, resulta insoportable una buena norma jurídica mal aplicada por un juez corrupto o inepto.
El futbol como todo juego deportivo tiene sus reglas, y éstas se han aplicado de manera poco eficaz y honorable durante este Mundial que se celebra en Brasil, según la cantidad de inconformidades de los equipos participantes y las opiniones mayoritarias de los espectadores respecto al mal trabajo de los árbitros.
Víctima del arbitraje, más que de sus propios errores, la Selección Mexicana quedó fuera del Mundial. Esto no debe motivar a nuestro equipo, menos a nuestro país, ni a lágrimas ni tristezas ni depresiones. Quienes necesiten desahogo que lo tengan en el lapso de cinco horas, para después volver a la actividad y capacitación productivas, tomando como aprendizaje el esfuerzo calificado de los futbolistas mexicanos en ese enclave mundialista de comercialización del futbol.
Y una de esas enseñanzas es: cómo las leyes que rigen en ese balompié son substituidas fácilmente, a través de los árbitros, por las órdenes que dan los poderosos, en franco maniobra mercantilista.
En la historia del hombre encontramos, en ciertas etapas, que los preceptos son suplantados por órdenes de la gente con poder, transgrediendo así el derecho, la ética, normas religiosas, costumbres y usos.
Sófocles (496-406 a. C.), poeta trágico de la antigua Grecia, en su obra Edipo Rey, pone en boca de Creonte este reproche: “Por qué quieres exiliarme; tu decisión no es justa”; a lo que Edipo responde: “Poco me importa que sea o no justa. Igualmente has de obedecer mis órdenes”.
Para no presentar un enorme rosario de ejemplos en diversos siglos y lugares, subrayaré lo que el Partido Republicano le imputa recientemente al presidente de Estados Unidos, a través de su líder John Boehner: “El presidente Barack H. Obama será llamado por nosotros a tribunales por no aplicar las leyes del país con fidelidad, y gobernar con profusas órdenes ejecutivas que vulneran la Constitucional de Estados Unidos, convirtiéndose con sus órdenes en legislador, y en violador del derecho legislado por el Congreso”.
Y en todo el decurso de la historia de México, al igual que en el presente, encontramos con facilidad estos enredos paradójicos, tan llenos de incongruencia, que alejan cada día más el poder público de la confianza popular.
Transcribo para el caso lo externado en magnífico editorial reciente por Beatriz Pagés: “La realidad ha demostrado que en México está prohibido ser un político honorable… la reforma energética ha convertido la administración del presidente Enrique Peña Nieto en rehén de un grupo de secuestradores que ponen cada día un precio más alto a la liberación de la víctima… El final podría ser de tragedia griega…”
La descarnada lucha por el poder planteada por Sófocles la vivimos en versión mexicana.
