La Gran Familia
Marco Antonio Aguilar Cortés
Lo sustancial del caso de La Gran Familia, de Zamora, Michoacán, son los centenares de niños que ahí vivían. Todos y cada uno de ellos.
Rosa Verduzco, “ángel o demonio”, fue la promotora que dio sentido y directriz por varias décadas a aquel laboratorio humano, hasta la irrupción de las fuerzas armadas en el albergue para poner fin a esa veterana experiencia.
Ahora se observa que no era necesario el uso de la fuerza extrema utilizada; como no fue justo que durante días los medios masivos de comunicación, con la complacencia de la fiscalía federal, criminalizara a la responsable de ese hospicio.
“Delincuente de alta peligrosidad” llegaron a denominarla, oficialmente, para después dejarla en plena libertad, sin cargo penal ninguno.
Rosa es, y ha sido, una mujer singular, fuera de serie, controvertida, con enemigos que la odian y amigos que la adoran, de carácter fuerte a pesar de su edad avanzada y deterioro a la vista, de actitudes hombrunas con especial sensibilidad femenina, capaz de lanzar las peores palabras mal sonantes, como de pronunciar los conceptos más dulces.
Directa para hablar y discutir sobre cualquier tema, capaz y arrebatada en acciones poco comunes, se decidió a adoptar, poniéndoles su apellido y sujetándolos a su autoridad, a decenas de miles de niños, durante años y años de su vida, a contrapelo de la sugestiva frase de: la familia pequeña vive mejor.
Si existen muchos niños con hambre, rodeados de un ambiente de drogas, odio y delincuencia, sin escuela y sin hogar, sin padres responsables, resulta obvio que se generen satisfactores de diversos tipos y niveles.
Una de esas opciones, con todos sus aciertos, imperfecciones, éxitos, y fracasos, fue La Gran Familia; empero, afectada más por actos de autoridad de tipo externo, que por deficiencias internas a la vista, lo que corresponde, hoy, es trabajar para que todos y cada uno de los niños que ahí se albergaban mejoren su condición de aquí en adelante.
Es menester que el gobierno, que determinó la liquidación de esa añosa expectativa, asegure con actos eficaces que dichos niños tengan de hoy en adelante mejor afecto, cultura, habitación, alimento, vestido, educación, trato humano, trabajo, esparcimiento sano, con futuro aceptable en su desarrollo.
Es real la existencia de millones de niños, en nuestro país, mexicanos o migrantes de Centroamérica, a quienes debemos garantizarles lo mismo. El esfuerzo que nos espera es mucho más arduo que el que se echó encima Rosa Verduzco en su años juveniles, pero el nuestro, ahora, junto con el gobierno, debe ser de efectos superiores a los de ella. Si no fuese así, ¡qué vergüenza!, y que derrota.
Debemos repetirnos, hasta comprenderlo plenamente, que lo importante del caso de La Gran Familia son los centenares de niños que ahí vivían; y, con ellos, los millones de niños que habitan en el territorio de un gran país que se llama México.
