Juan Antonio Rosado
En su conjunto, la obra poética de Octavio Paz evidencia un sistema de oposiciones y reconciliaciones. Encuentros, reencuentros y desencuentros se suceden mediante figuraciones como la naturaleza, la mujer, el tiempo, la ciudad, la sociedad, el erotismo, la historia y la subjetividad que se pregunta por sí misma, pero también los mundos prehispánico, europeo o asiático. Este poeta mexicano y universal conquistó la presencia: no el futuro ni el pasado, sino la inmensa casa de la presencia donde todo artista habita consigo mismo y con el otro, porque él es, finalmente, el otro (y simultáneamente el mismo).
“No me preocupa la otra vida allá sino aquí. La experiencia de la otredad es, aquí mismo, la otra vida”, sostiene Paz. Estar presente es contener el ser y el no-ser, el yo y el otro, el aquí y el allá, el ayer y el hoy, pero también la pureza y la impureza, lo sublime y lo grotesco, como lo deseaba el movimiento romántico, particularmente Victor Hugo, pero también ese hijo del romanticismo llamados surrealismo, en que la subjetividad, la libre asociación y las formaciones mixtas llegan al paroxismo. En distintos planos, Octavio Paz desarrolla toma de todas las escuelas precedentes, y en ese sentido tradición y ruptura se conjugan en un pensamiento circular y en perpetuo movimiento, que concilia contrarios y propone pares que llegan a complementarse: analogía/ironía, recurrencia/sorpresa, conjunción/disyunción, movilidad/inmovilidad, continuidad/ruptura, sueño/realidad, mito/historia, muerte/resurrección, o “el mar que muere y nace en un reflejo”, como leemos en uno de sus sonetos.
Uno de los recursos predilectos de Paz es el empalme de presencias divergentes que conecta eso con aquello y logra que lo opuesto se identifique o genere sorpresas que despiertan y bombardean nuestros sentidos en medio de una fiesta de imágenes llenas de sensualismo y plasticidad, pero con implicaciones sociales, históricas, sicológicas, metafísicas y sobre todo ontológicas. El problema del ser es esencial. El yo se hace otro para persistir porque el otro nos hace otros, aunque sigamos siendo yo. El erotismo, en este sentido, forma parte de la poética de Octavio Paz, pero entendido en un sentido más amplio que el de los corazones o el de los cuerpos: va más allá del “Voy por tu cuerpo como por el mundo”, de Piedra de sol. Se trata de un erotismo como complejo sistema de analogías que unen o concilian opuestos en medio de un vitalismo al que de repente se asoma la disyunción. Por ello, muy anterior al erotismo o a cualquier otro tema, la identidad y el otro son sustancias que confluyen, dialogan, se funden y confunden. La palabra poética es ya, en sí misma, polisémica: unidad en la diversidad.
Para Paz, la poesía armoniza la lucha de los contrarios. Esta reconciliación es para mí una de las ideas más desarrolladas en su obra, que pone siempre en contacto realidades dispares o incluso antagónicas. Sus poemas se tejen con analogía y crítica, con recurrencia y sorpresa. Lo mismo toma de la tradición que de la modernidad y aun de la crítica de la modernidad, de ahí que el movimiento constituya una constante presencia. Este no es sólo uno de los sentidos de poemas claves de nuestra tradición poética, como Piedra de sol, Blanco o Pasado en claro, sino de toda la obra poética de Paz. Cada uno de sus libros no es sino una estación de un único itinerario vital, de un ciclo en el desarrollo de la poesía. En el fondo, se trata acaso de un solo inmenso poema. Por ello el mismo Paz se pregunta: “¿No estamos condenados a escribir siempre el mismo poema?”. El mismo y a la vez otro. Con los grandes poemas de Paz ocurre lo mismo que con otros grandes poemas de la tradición universal. Para hablar sólo de la tradición mexicana, baste mencionar el Primero sueño o Muerte sin fin, que pueden suscitar distintas lecturas y ninguna excluye a la otra.
