Pável Granados
Ya volveré a lo mío. Pero ahora, me interrumpo para hablar de María Luisa Landín. Para despedirla. Aunque no sea el caso, porque pervive. En este instante la escucho, mientras escribo. Ella misma, me dijeron, ya no se hallaba a gusto aquí, y se quería ir. Un poco, como su voz, que era de la radio, y por lo tanto: evanescente. Hecha de aire, pero qué aire. Uno intenso, y que vibraba armónico. Y que luego pasaba. Eso sí, qué cosas guarda el aire. Por ejemplo, la palabra de María Luisa Landín. Es un poco difícil intentar su retrato ya que, como dije, es aire. Aire hertziano, aire de las sinfonolas, aire de los discos. Y una particularidad de la interpretación. Un mensaje, como se ve que era el bolero. Ah, porque se trata de la mejor bolerista de todas. Y observen que se trató de un siglo de boleristas increíbles. Cada una de ellas tuvo sus quince minutos. Pero no lo digo en el sentido warholiano del término, sino que se trataba de los quince minutos en que la XEW dividía su programación. Como tenía que entrar la publicidad, se cortaba el arrullo de los boleros. Tin. Tin. Tin. Los sonidos del vibráfono. La voz que daba los datos de la estación, la frecuencia y la potencia. El disco con los jingles. Un poco de felicidad en cada envase o en cada cajetilla. Y luego, los acordes de la orquesta. Cada quince minutos, los pasillos de la XEW se renovaban, y entraba el nuevo pianista, el violinista. El ingeniero ponía un enorme disco para que se pudiera grabar el programa.
El bolero admite cierto rango en las emociones, las cuales van de la fidelidad y la entrega al despecho y la traición. Pero la interpretación es un poco más restringida. El bolero es, fundamentalmente, contenerse y sugerir. Es intimidad, aunque el radio tenga fuerte el volumen y se escuche por toda la casa. La voz corresponde a las percusiones y a las cuerdas de la orquesta. Y por excepción, los metales, explotan con medida, para llegar donde no llega la voz. La voz, ésa sirve para comunicar, para establecer un puente entre el compositor y los radioescuchas, entre la publicidad y los fans. A María Luisa Landín la caracterizó el énfasis. No llegaba propiamente al grito, a donde sí llegó por ejemplo Olga Guillot, pero eso fue más tarde, porque Olga Guillot tenía influencia de la balada norteamericana. Y María Luisa era: no pasar de cierto límite. Voz con los pies en la tierra, no sé si me explico. Ella apareció a mediados de los años 30 en el panorama. Dejó algunos discos grabados con su hermana Avelina, cuando ambas buscaban su estilo propio. El de Avelina –también excepcional– era más íntimo, por eso Ramiro Gamboa le puso “La voz que canta al corazón”. Yo me acuerdo del bolero A dónde irán, de Rodolfo Mendiolea, interpretado por las dos, con la orquesta de Juan S. Garrido. Debió de haber sido por 1941. Y se me figura el bolero perfecto. Eso a mí, porque creo que fue el primero que escuché, y de donde creo que nació mi afición por este género. Cuando las dos hermanas se pelearon (y no volvieron a reconciliarse), y decidieron continuar cada una por su lado, María Luisa tomó la primera voz del Trío del Mar. Éste estaba formado por las hermanas del Mar –Ema y Aurora– y estaba por iniciar un contrato en Bellas Artes. En efecto, en 1942, el Trío del Mar y el tenor Néstor Mesta Chayres, acompañados por la orquesta de Alfredo González, hicieron una serie de programas, patrocinados por la Coca-Cola, todos ellos grabados en el Palacio de Bellas Artes. Ema y Aurora me contaron que ensayaban las voces en los baños, mientras la orquesta montaba las piezas. El locutor Ramiro Gamboa anunciaba las canciones. El repertorio estaba formado con boleros, con canciones mexicanas, y con piezas de Jorge del Moral –pues este compositor acababa de morir un año antes-. Los discos se hicieron para ser enviados a Sudamérica. Por muchos años se creyeron perdidos. Sólo a finales de los años 90 se comenzó a saber que esos discos habían sido conservados por coleccionistas de esos países, y se han podido recuperar. Son magníficas interpretaciones, ahí se cantó Bésame mucho y Solamente una vez, cuando eran éxitos recientes. Dicen que las hermanas del Mar acusaron a María Luisa con Azcárraga de faltar a los ensayos en Bellas Artes, así que el empresario la llamó a su oficina, y le dijo: Se acabó el Trío del Mar. María Luisa pensó que la despedían. Pero Azcárraga siguió: Porque ahora usted tiene que cantar sola. Las hermanas del Mar continuaron su carrera algunos años más (se retiraron en 1948). Pero pasaron sesenta años antes de que se pudieran reconciliar con María Luisa y explicarle que no la habían acusado en 1943. Así que se vieron para comer, y reanudaron su amistad. Luego, María Luisa hizo su carrera, basada en su voz y su repertorio, básicamente, con el tema y la forma de la sinceridad. Como solista nunca grabó a Agustín Lara, es que eran temperamentos diferentes. Lara, manipulador y mentiroso, era lo opuesto de lo que buscaban los jóvenes compositores de los años 40. Federico Baena, Alberto Domínguez, Consuelo Velázquez, Miguel Ángel Valladares, María Alma y Alfredo Parra, entre otros, lo que buscaban era hablar de frente los temas del amor y del compromiso, todo eso en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Si Alemania nos invade, si la guerra nos separa, hay que vivir el momento, y entonces por qué no han de saber que te amo vida mía. Es cuando las metáforas modernistas fueron arrancadas del bolero como telarañas viejas. En ese sentido, sus versiones a las canciones de Federico Baena son insuperables: Qué tal te fue, dime cómo has estado, cuéntame si has llorado también por un amor… María Luisa tampoco cantó a Curiel y a Arcaraz. Pero sí a Rafael Hernández, de quien fue una de sus mejores intérpretes. El jibarito tenía un estilo algo más complicado, era la musicalidad y la alegría en las notas, y la necrofilia y el gusto por la muerte en sus letras: Me voy a quitar la vida, óyelo bien, y sabes que me la quito por tu querer… María Luisa casi nunca cantó boleros del repertorio viejo. Sólo una vez, en 1949. Mariano Rivera Conde, director artístico de la RCA Victor le ordenó que grabara Amor perdido, de Pedro Flores, el compositor puertorriqueño. María Luisa se negó, y dijo que era una pieza del repertorio de Manolita Arriola, quien la había grabado en 1940. José Sabre Marroquín ya tenía hecho el arreglo de la pieza. Y ella, tuvo que grabarlo a fuerzas. Se cuenta que entró llorando de coraje al estudio de grabación. Y fue el éxito de su vida, por el que es recordada. Carlos Monsiváis casi le ofrenda el libro central de su bibliografía, Amor perdido. María Victoria la considera su maestra y su modelo a seguir, lo mismo Paquita la del Barrio. María Luisa fue el punto más alto de un género musical. Escuchen, noten cómo es que entrega el sentido último de una canción, no se queda con nada, pasan las sílabas por su voz, una por una, con intensidad, les da sustancia y capacidad para retener, si es el caso, a la persona amada, o para alejarla para siempre, pero el uso práctico del bolero no era mi tema, sino el elogio, sólo el elogio por la gran voz que se va.
