Charla con Laura Esquivel/Autora de A Lupita le gustaba planchar
Eve Gil
Diez años le llevó a Laura Esquivel escribir A Lupita le gustaba planchar (Suma de letras, México, 2014), novela con muy pocos puntos en común con la celebérrima Como agua para chocolate, como podrían ser las actividades consideradas “femeninas” elevadas a rango de poderes: cocinar, en el caso de Tita; planchar y bordar en el de Lupita. Fuera de ese detalle, esta nueva novela de Laura Esquivel es la antítesis de aquella que la convirtió en la escritora mexicana más famosa y traducida del mundo.
“Lupita es «antiheroína» según los estereotipos impuestos por las telenovelas de Televisa —señala la siempre sonriente autora— pero para millones de nosotros será vista como una heroína de la vida real. Tita, por ejemplo, era un objeto propiedad de su madre, que siendo mujer representa lo peor de la sociedad patriarcal, mientras que Lupita es una víctima del sistema socio-político, como lo es una gran mayoría”.
La trama
Empecemos por señalar que A Lupita le gustaba planchar es un thriller, y Lupita, una mujer policía chaparrita y regordeta cuyo trabajo consiste en hacerse de la vista gorda, subestimada por quienes la rodean —excepto su querida amiga Celia— se verá envuelta en una insospechada vorágine, cuando asesinan a un delegado político al que ella tiene por misión escoltar, y tanto el asesino como el arma parecen no haber existido nunca. Todo empieza a cobrar sentido cuando Lupita, experta planchadora, se percata de que la camisa de la víctima tiene una arruga en el cuello que no estaba allí por la mañana.
Aunque Laura Esquivel siempre se ha caracterizado por ser una mujer dulce y amable, el éxito y la madurez, así como vivencias tan felices como dolorosas, la han nimbado de una luz muy particular que se advierte en sus libros más recientes, en los que ha tendido un puente directo con sus lectores, confesándose ante y, a su vez, permitiendo a estos acceder a ella como una amiga.
Mi impresión es que A Lupita le gusta planchar, thriller y todo, sigue esa misma dinámica, porque Lupita es uno de esos seres que tendemos a despreciar, cuando menos, a ignorar, y Laura extrae de ella una serie de dolores y virtudes que nos orillan a ver con otros ojos, no solo a Lupita-personaje, sino a otras mujeres semejantes.
Uno de los detalles más comentados de la noticia de la muerte del delegado, es que la mujer policía encargada de escoltarlo se hizo pipí del miedo, y eso provoca en uno de esos hipermaquillados lectores de noticias de televisión un comentario que nos resultará harto familiar: “eso pasa por poner a las chachas de policías”.
Papel de víctimas
“A nosotros se nos impuso un estilo de vida que pocos se atreven a cuestionar —señala la también política y activista social— y aunque los combatamos, se nos quedan en el subconsciente. A Lupita, por ejemplo, le indigna que las muchachas indígenas abandonen sus atuendos y asuman el estilo de vestir de las chicas de la ciudad, aunque no vaya con ellas. A continuación introduzco una especie de «breviario cultural», que están por toda la novela, donde hablo de cuando a los indígenas de la Colonia se les castigaba por no vestir como españoles. Tenemos un grave problema de autoestima nacional. Malinche representa a la madre; Cortés, al padre. Se supone que ella es la traidora y él el asesino. Pero ella no fue traidora, como varios historiadores han dejado asentado recientemente, y yo misma la abordo en uno de mis libros más recientes, Malinche”.
Otro de esos “breviarios” tiene relación con el alcoholismo, porque Lupita lo padece. Señala Laura: “Me interesaba mucho abordar el tema del alcoholismo, porque somos hijos de generaciones y generaciones de alcohólicos. Está demostrado que gran parte de los políticos del mundo, que toman decisiones que nos perjudican, padecen este problema. Antes de llegar los españoles a México, alcoholizarse era un delito que se castigaba con la muerte; se interpretaba como la entrega a un dios ajeno. La ingesta solo se permitía para fines rituales, a personas mayores de cincuenta años”.
“Nos quedamos enganchados —prosigue Laura— en nuestro papel de víctimas y nos resignamos a que no hay posibilidad de redención, pero Lupita, que empieza siendo precisamente todo eso, en parte porque ella misma se lo impuso —carga un pesado fardo sobre su conciencia— termina comprendiéndolo en carne propia, sin ser intelectual. Para elaborar al personaje trabajé como lo que yo llamo «mi espejo negro», es decir, mis propias adicciones y culpas”.
Laura trabaja con personajes que son, en sí mismo, estereotipos de nuestro entorno, no solo Lupita, también la “Mami”, líder de los vendedores ambulantes y contraparte de Lupita; los políticos corruptos, los funcionarios endurecidos que descubren, de pronto, que también tienen su corazoncito. Pero el gran acierto es que les brinda identidades muy particulares que los salvan de la caricatura.
“Yo vengo del teatro —explica Laura— y para mí es muy importante la estructura dramática. Elegí lo que le gustaba hacer a Lupita para mostrar su enfermedad emocional, su obsesión por la perfección con el planchado. Considero que cada uno de nosotros hace su biografía a través de lo que le gusta hacer, pero también a través de lo que evita.”
Laura no tiene empacho en revelar que le prestó su novela a su muchacha para que le diera su opinión, y la primera sorprendida fue ésta. Pero al final, la joven sirvienta leyó de cabo a rabo la novela, y ese fue gran motivo de orgullo para la escritora.
