Juan Antonio Rosado

Entre los poetas árabes contemporáneos que han renovado la poesía en su lengua al incorporar elementos no sólo del Islam y de la tradición sufí, sino también de las rupturas poéticas occidentales, Alí Ahmad Ésber, mejor conocido por su seudónimo Adonis, es uno de los más propositivos y universales, ya que además de los elementos anteriores, inserta en sus versos ingredientes de civilizaciones antiguas, incluido el mundo árabe “pagano” o preislámico. Su lenguaje es una búsqueda constante y una amalgama o sincretismo de diversas tradiciones, lo que lo vuelve dinámico y novedoso. Para Adonis —poeta y traductor— la poética reside “en el procedimiento por el que se afirma el sentido”.
Recientemente, en una bella edición bilingüe (árabe-español), apareció su poemario Concierto de Jerusalén, traducido y anotado por Fernando Cisneros. El protagonista es la ciudad de Jerusalén y lo que conlleva tanto simbólica como históricamente: su cultura, leyenda, religiosidad y dolorosa realidad actual, cuando la dura ocupación israelí se ha propuesto judaizarla. Adonis —como afirma Cisneros en la “Introducción”— “lee todo lo que encuentra en la ciudad como un texto, aunque a la vez desdeñe el contenido de los textos sin valor que encuentra sobre papeles desechados, en pilas arrastradas por el viento”.
Escrito entre julio y agosto de 2010, este Concierto de Jerusalén se divide en lo que podríamos considerar ocho cantos: “Compendio celeste”, “El Cielo en la Tierra”, “Cuerda/lazo entre la camella y los tanques”, “Puente hacia Job el Profeta”, “Disección”, “Tormentos”, “Himno a la seducción de nada” e “Himno a la seducción de todo”. La obra se nutre de motivos como “lo oculto” (al-ghayb), concepto clave en el Islam, así como de imágenes del Corán o la imagen del viaje nocturno. Hay poemas en verso y en prosa.
En “Compendio celeste” aparece un motivo que se repite: “Un teatro llevado por el Inalcanzable, el Omnipotente”. La visión de Jerusalén es clamada sobre el teatro por un mamarracho de tres cabezas que luego desaparece. El poeta afirma que “Con frecuencia he pedido al pan recriminar la sal./ Con frecuencia he escuchado a alguno que a escondidas me/ preguntaba: ‘Por qué se aplaza la muerte en Jerusalén,/ tanto, que el discurrir de la vida parece otra muerte?/ ¿Cómo se aprisiona una cabeza en la caverna que ha forjado ella misma?’. El signo único es la ‘época actual’”, y ella sabe “que las hormigas son elevadas más que los planetas”, y acaso por ello profetizan violencia (atentados suicidas, bombas, misiles…). Aquí, el cielo intenta abrir una salida “por el techo de la historia”. La gente en Jerusalén es de dos clases: “muerta e instalada en el yermo/ o viva, e instalada en la tumba”. ¿Por qué?, se pregunta el poeta.
A menudo las palabras son punzocortantes. También se le dice al Viento que se sosiegue: “los ardides que has dispuesto esconden tras de sí selvas de fuego./ Hay sangre que brota del ojo de una aguja que embadurna la mano del cielo”. El camino, telaraña, nos muestra destrucción en enumeraciones vertiginosas de discordia, tortura y muerte. El último verso del primer canto reza: “Es escritura sin fracturas, sin identidad”. En esta intensidad hecha de palabras y frases, de la época actual, las palabras nos llevan a Imru’l-Qays, poeta preislámico, y también a distintos personajes del Antiguo Testamento y del Corán; al mismo tiempo, las hormigas hurtan el oído y los túneles “eructan la muerte en lo que degluten la vida”, y “el futuro será de túneles”, y en el futuro los niños “serán cofres, mamarrachos, envases explosivos, cigarras con bomba, hierro confeccionado con especias de toda clase”.
En pocas producciones eclécticas de la poesía actual hay tanto por recorrer, meditar, sufrir y disfrutar como en este libro que a un tiempo es denuncia y angustia viva: heridas, perplejidad y desconcierto; indignación, llanto y revisión histórica; miedo y seguridad; cuestionamiento y también ironía (“Qué lindo es el paseo de las estrellas de Palestina estrenando jeans de Jerusalén”). El cielo es masacre; la tierra, podredumbre, y la atmósfera de Jerusalén tiene forma de jaula.

Adonis, Concierto de Jerusalén. Edición bilingüe. Traducción y notas de Fernando Cisneros, Editorial Praxis, México, 2013; 159 pp.A