No gastemos tiempo, esfuerzo ni dinero

Marco Antonio Aguilar Cortés

Ahora, todo lo fincado en aspectos electorales, por su ineficacia, su deshonestidad, y su multimillonario costo frente a familias sin trabajo que viven en la miseria, es mal visto por el pueblo de México.

Las elecciones que pronto advendrán se presienten como el diluvio que viene: con altísimos e injustificados gastos, como generadoras de enjuagues violentos y sin la confianza de la ciudadanía.

Y, a esos comicios, los principales partidos políticos proponen engancharles “consultas populares” que, por sus contenidos y formas, resultan desde ahora impopulares y malmiradas.

En el fondo, los mexicanos deseamos elecciones y consultas, pero no tan deshonestas, superfluas, onerosas e improductivas.

En 2012, nuestro país gastó en elecciones poco más de 60 mil millones de pesos, mientras que los Estados Unidos gastaron en la elección federal para reelegir al presidente Barack Obama 6 mil millones de dólares.

Con respeto lo señalo, y bajo toda proporción guardada, Cherán, en Michoacán, eligió a sus autoridades municipales sin gastar un solo peso, y fue más eficiente.

Y para qué aumentar ese gasto preguntando a los electores mexicanos si desean menos diputados y senadores al Congreso de la Unión, si a la vista una apabullante mayoría estaría satisfecha desapareciéndolos a todos; extremo, éste, que no sería lo correcto.

Porque el problema no es la cantidad de los integrantes del Poder Legislativo federal; la ofensa para México es la deshonestidad y baja calidad de los legisladores, y su elevada pitanza.

Bien podríamos tener mil diputados y mil senadores, si fueran honrados, capaces, trabajadores, y no cobraran ni un solo centavo.

Y para qué preguntarles a los votantes cuál debe ser el monto del salario mínimo, si la cuestión no es de cantidad. Mañana mismo los demagogos podrían decidir un salario de un millón de pesos diarios, pues saben que al día siguiente el litro de leche costaría medio millón de pesos.

El salario mínimo puede ser de un peso, siempre y cuando con él podamos pagar el alimento, vestido, calzado, transporte, arrendamiento, impuestos, derechos, educación, luz, teléfono, gas, y sano esparcimiento, de nuestra familia.

No gastemos tiempo, esfuerzo ni dinero, en esas consultas tan bobas como la de suprimirle la vigencia, echando marcha atrás, a todas las reformas constitucionales en materia de energéticos y educación. Ambas reformas me parecen equívocas, y así lo externé en su momento con reflexión; empero, ahora, agravaríamos a nuestra vida echando marcha atrás. En lo esencial, para adelante todo, para detrás nada.

Conforme a las malqueridas reformas debemos actuar, unidos e inteligentemente, para hacer que sirvan a la mayoría de los mexicanos, no a los ricos nacionales ni a los extranjeros voraces.

A lo peor puede, y debe, sacársele provecho a favor del pueblo.