El poder sin verdad
Marco Antonio Aguilar Cortés
Las tesis y prácticas reformistas, para los trastornos del presente, resultan superficiales y de poco alcance.
Peligrosos, y enredados en contradicciones, son los problemas en que nos ahogamos los habitantes de la Tierra, y frente a ello reflexionemos honesta e inteligentemente, para así solucionar con eficacia nuestros embrollos.
Parodiaré un razonamiento de Federico Nietzsche (1844-1900) sobre el saber: “En algún punto perdido del universo, cuyo resplandor se extiende a innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes inventaron el salario mínimo y las empresas criminales. Fue aquél el instante más mentiroso y arrogante de la historia universal”.
Obsérvese que bajé la conceptualización a temas específicos como el “salario mínimo”, y las “empresas criminales”. Podría elevarla a temas como el “esclavismo”, “feudalismo”, o “capitalismo”, formas de organización inventadas por esos animales inteligentes a los que Nietzsche hace cita en una perspectiva cósmica.
Los esclavos eran los más. Los dueños de esclavos eran los menos, siendo éstos los de mejor calidad de vida.
Los señores feudales eran los dueños de todo, y los siervos eran parte de ese todo; obvio, los primeros eran minorías y su vida era más cómoda. Los siervos eran muchos.
Como clases socioeconómicas e históricas, en desarrollo dialéctico, los amos de esclavos y los señores feudales devinieron, en el capitalismo, a ser los dueños de los grandes capitales, propietarios de medios masivos de producción; mientras que los esclavos y siervos son hoy: los trabajadores asalariados.
Así como los humanos en 2014 reprobamos que haya habido esclavos y siervos, esclavismo y feudalismo, en siglos anteriores, y el que aún existan reductos de esas formas de explotación, así de aquí a 100 o 500 años nuestros herederos recriminarán el que hayan existido formas de organización capitalista generadoras de pocas familias multimillonarias, y de muchedumbres constituidas por obreros con salarios miserables, y por millones de hambrientos sin trabajo.
Sin demagogias de ningún signo ideológico, reconozcamos nuestros males, para encontrarles honorable y eficiente remedio, sobre todo en México. No esperemos que las soluciones nos lleguen del extranjero.
No se trata, para el caso concreto, de simple e irresponsablemente elevar el salario mínimo a cien o a un millón de pesos diarios, pues lo único que provocaremos es que los precios de los bienes y servicios suban, a donde los salarios jamás podrán alcanzarlos, ya que los dueños del capital son también los propietarios del poder.
Tampoco debemos criminalizar a las empresas ni a los empresarios, aunque hay algunos muy criminales. El poder sólo debe tener poder cuando tenga la verdad.
La verdad sin poder enorgullece. El poder sin verdad nos avergüenza y deshonra.
