CHARLAS DE CAFÉ
Charla con Katie Kitamura/Novelista
Eve Gil
En el bosque,de la joven autora japonesa, estadounidense por adopción, Katie Kitamura es una de las novelas más hermosas y desconcertantes que se han publicado recientemente en México y, por el momento, el único libro traducido al español de Katie quien en 2009 resultó finalista del Premio New York Public Library’s Young Lions Fiction con su primera novela The Longshot, donde contrapone la cultura japonesa a la americana. Es, además, crítica literaria, periodista y ha trabajado como consultora creativa para el documental The pervert guide to cinema.
“No me siento «rara» viviendo en Nueva York —dice con absoluta convicción y un brillo de satisfacción en la mirada—. Conforme pasa el tiempo, la ciudad será más multirracial, más multicultural; mi hijo, por ejemplo, es mitad japonés, un cuarto inglés y un poco indio. Yo digo que es resultado lógico de la contemporaneidad y supongo que en cierta forma esa condición mestiza se refleja en lo que escribo, porque también me nutro de muchas culturas, y a eso agreguémosle nuestra interacción cotidiana con gente de todo el mundo a través de las redes sociales”, y afirma que adora a Haruki Murakami, pero solo puede leerlo en inglés.
La trama
En esta segunda novela, Katie crea un mundo sin un marco histórico concreto, que lo mismo podría transcurrir en el siglo XIX que en el XXI o simultáneamente en ambos. Los personajes tampoco tienen una nacionalidad concreta y ni siquiera los nombres propios contribuyen a definirlos en ese sentido.
En el bosque, pues, puede estar sucediendo en cualquier lugar del mundo, incluyendo México, aunque al principio, se apresura a aclarar la sonriente Katie, parecen los Estados Unidos durante la etapa de la segregación racial.
“En realidad —agrega mientras saborea un capuccino— quería escribir una novela sin tiempo y sin lugar donde se hiciera muy marcado el poder del personaje del padre que doblega hasta a su propio hijo. Quería, por decirlo así, recrear un país flotante que pudiera ser cualquiera. No era mi intención escribir una novela política, que es lo que hubiera terminado siendo si la ubico geográficamente. Me interesaba que cualquier pudiera identificarse con el medio, que de algún modo se sintieran familiarizados con la situación”.
Los tres protagonistas constituyen un triángulo perverso: el padre, un hombre “viejo” pero muy vital; el hijo, Paul, que parece ser un joven algo envejecido, y Carine, la muchacha descarriada que toman a su cuidado y a la que comprometen en matrimonio con Paul, lo cual no frena al padre para hacerla su amante.
La pasividad de Paul, que puede resultar desesperante por momentos, oculta entre otras cosas una patológica dependencia emocional por el padre que en nada se parece al cariño, pero supera por mucho cualquier tipo de celo que pudiera sentir por la joven con la que apenas empezaba a entusiasmarse.
“El hijo —dice Katie— está habituado a ese orden de las cosas. No quiere en lo absoluto a su padre, tampoco puede hablarse de respeto o miedo. Es mera costumbre. Su padre, mal que bien, lo protege del mundo exterior, le brinda lo esencial para vivir. De algún modo es la actitud de cualquiera de nosotros ante un poder omnipresente; ante los designios de un gobierno, por ejemplo”.
Pregunto a Katie por qué sus personajes parecen tan ajenos al concepto tradicional de moralidad y simplemente se dejan arrastrar por las circunstancias. Carine, a saber, termina siendo objeto de una violación tumultuaria sin que haga nada por evitarlo y sin que ese suceso parezca marcarla de algún modo. No obstante lo anterior, conforme transcurre la trama, Carine va adquiriendo conciencia de su libre albedrío.
Relaciones de poder
“Se trata de relaciones de poder —dice—, sobre todo en la parte del padre y el hijo que están totalmente incapacitados para compartir o entenderse entre sí. Los personajes no poseen ninguna dirección moral porque de alguna manera intuyen que este mundo colonial está a punto de desaparecer, y eso se advierten también los personajes periféricos que actúan de manera casi autómata, casi-casi parodiando la esmerada educación que han recibido”.
Y aunque parezca mentira, existe un elemento autobiográfico en esta novela que Katie se encontraba escribiendo mientras su padre era devastado por una enfermedad y día a día lo veía consumirse al tiempo que ella avanzaba en la escritura:
“Escribí —recuerda— la parte de la muerte del viejo, casi al mismo tiempo que mi padre agonizaba. Quería describir el proceso degenerativo que representa la muerte de una manera más realista, pero, al mismo tiempo, poniendo distancia entre la ficción y mi dolor personal. En ese sentido esta novela resultó muy terapéutica para mí: me apartó y me acercó a un tiempo a una situación personal en extremo dolorosa”.
Salman Rushdie ha comparado la literatura de Katie Katamura con J. M Coetzee y Nadine Gordimer, ambos autores sudafricanos y galardonados con el Nobel de Literatura, pero le comento a Katie que a mí me trajo a la mente a Flannery O’Connor y a Cormac McCarthy, cosa que ensanchó su bella sonrisa.
“Flannery O’Connor es una autora totalmente entrañable para mí”, responde.
Actualmente, Katie trabaja en otro tema que la desconcierta y apasiona: las desapariciones: “Siempre me han llamado la atención estas historias de mujeres que desaparecen, pero mi próximo proyecto tiene más que ver con un hombre que desaparece”.
En el bosque está publicada por Sexto piso, México, 2014, con una traducción de Jesús Gómez Gutiérrez, y su autora nació en 1979.
