Carmen Galindo

Menudo escándalo que se armó en la UNAM, porque la Facultad de Ciencias Políticas invitó a Televisa a que diera un diplomado sobre la Televisión de a de veras. Nadie se hubiera opuesto, creo yo, si se hubiera invitado a la gente de Televisa para que ofreciera un cursillo, pero se les ocurrió que el diplomado se considerara como Diplomado de Titulación, que ya es otro cantar. En la nota de La Jornada que se refiere al tema, sólo se mencionan los nombres de tres maestros: los productores Pedro Damián y Carla Estrada, y el conductor Esteban Arce. Sobra decir que la misma Televisa tiene personal graduado en las universidades, muchas veces han sido invitados Jacobo Zabludovski o Miguel Sabido, por mencionar los primeros que se me vienen a la cabeza. Mi amigo Luis Terán, que es gente de Televisa, cada rato da conferencias en las aulas de la UNAM y Miguel Capistrán, que también trabajó para esa empresa, murió unos días antes de ingresar a la Academia de la Lengua. Pero esta vez se trata de un acuerdo con el SITATyR(Sindicato Industrial de Trabajadores y Artistas de Televisión y Radio y similaresy conexos de la República Mexicana), como ya dije, de un Diplomado de Titulación.Pero vayamos por partes.

            En primer lugar, ese tipo de invitaciones que se les ocurren por lo general a los altos mandos de escuelas y facultades, vulneran los derechos sindicales en un acuerdo justamente con una organización sindical, aunque sea charra. Bajo el agua se asoma otra irregularidad. Desde la época de la rectoría de Jorge Carpizo, que fue el primer intento de que la UNAM dejara de ser educación pública y cobrara cuotas, se comenzaron a vender ciertos servicios, tales como posgrados para extranjeros, fotocopias, clases de idiomas y precisamente los cursos de Educación Continua que antes se impartían, como todo en la UNAM, de forma gratuita. Como Creadores de contenido: Un viaje al proceso televisivo,forma parte de Educación Continua se cobran, según la información periodística, siete mil pesos por diplomado, el cual, por cierto, tampoco cumple, con las horas reglamentarias para serlo, todo según las fuentes periodísticas, porque de la página de educación continua de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM ya desapareció el tal diplomado, no sin antes causar la salida de uno de los coordinadores de esa facultad.

Aclaraciones pedagógicas o al menos pertinentes

Antes, un egresado universitario, médico, dentista o arquitecto, ejercía los años de vida profesional que le otorgaba la expectativa de vida y nunca alcanzaba a ver que sus conocimientos quedaran obsoletos. Ahora que existe una revolución científico-tecnológica, que va de las computadoras a los códigos genéticos, el profesionista tiene que ponerse al día, ya nodigamos cada día, sino como va la velocidad de la revolución tecnológica al menos cada semana. Ese es el motivo del surgimiento de los departamentos de educación continua. El odontólogo y el médico se enteran de nuevos equipos, ellos y el arquitecto descubren los nuevos materiales y todos se sirven de la computación.

            El caso del diplomado de Televisa es harina de otro costal. Se trata, en otro terreno, del concepto de la real politik, que los egresados se enfrenten a su profesión tal como es. El concepto es excelente. Los médicos hacen su “residencia” en un hospital y se enfrentan a enfermos que no se explican como en las clases, sino como en la vida real. Ojalá y que todas las áreas de estudio pasaran por una práctica, pero eso debe formar parte de la currícula escolar y no de un Diplomado y mucho menos de Titulación.

            No es necesario mencionar aquí que la televisión de esa empresa no es tampoco la idónea y que la principal crítica de los profesores y estudiantes que protestaron contra este Diplomado es la calidad de la televisión que padecemos. Tampoco es necesario decir que el diplomado estaba saturado con los muchos que ya se veían en los pasillos de Televisa alternando con Jordi Rosado o Jaime e IsabellaCamil.

Un caso similar y más difícil

Una vez en la Facultad de Filosofía y Letras se le ocurrió a Ricardo Guerra, entonces director, invitar a intelectuales tan estelares como Juan Rulfo, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Salvador Elizondo y algunos menos célebres. Yo me quedé deslumbrada de imaginar que semejantes personalidades estarían en nuestros salones, pero cuando el caso se presentó al sindicato, me enteré que se les ofrecieron las clases curriculares. De inmediato y ante el escándalo de Carlos Pereyra, que defendía la propuesta, me opuse. Lo que menos me dijo Carlos (y eso que éramos amigos) fue que me estaba comportando como si la UNAM fuera el sindicato de Petróleos. Le respondí que vinieran a dar unos cursillos, pero no los cursos regulares. Las razones me parecieron y me siguen pareciendo obvias, ¿el iconoclasta de Monsiváis iba a dar el programa del curso de literatura mexicana? Por supuesto que no. Les dio los autores que quiso, unos cuantos y terminó, muerto de la risa, inventando un autor para un trabajo de investigación que los alumnos nunca pudieron localizar. Juan García Ponce dio su curso durante años, pero nunca calificó un examen. Alumno que se inscribía, puesto que era tan inteligente (y en este momento Juan sonreía tan cautivadoramente como lo hizo siempre) que lo había elegido a él, tenía diez. Les daba Thomas Mann. Musil y otros. Temas que cabrían, creo, en el colegio de Letras Modernas, pero no en el de Letras Hispánicas que era en el que estaba.

            Cuando se iba a jubilar, Salvador Elizondo se fue de la Facultad un mes antes. Ante el riesgo de que se mermara o perdiera su jubilación, la coordinadora, Carmen Armijo, me llamó y me pidió que sustituyera ese mes a Salvador. En mente, me propuse terminar el curso que estuviera impartiendo Salvador para que los alumnos pudieran terminar sus trabajos de investigación, incluso pensé que si desconocía el autor que estuvieran estudiando les pediría a los alumnos un solo día de gracia para leer a marchas forzadas el texto que Salvador hubiera propuesto. Al preguntarles a los alumnos qué autor estaban estudiando, me dijeron que Edgar Allan Poe, como el curso era Seminario de Literatura Mexicana ingenuamente pregunté si era la influencia de Poe en escritores mexicanos y me dijeron que no, que era Poe. La próxima clase les di Carlos Fuentes, creo que esos relatos sobre la conjura de Martín Cortés y otras narraciones, porque calculé que si Salvador podía dar el programa que quisiera, casi seguro que yo me iba a ver en aprietos tratando de explicar a Poe en un seminario de literatura mexicana. Siempre escuche el rumor de que Salvador nunca calificó un examen y los alumnos se quedaban sin calificación, pero nunca le he preguntado a Paulina Lavista, viuda del escritor, si esto es cierto.

            Rulfo pidió que sólo fueran aspirantes a doctor los alumnos, como en el posgrado comparten cursos alumnos de maestría y doctorado, esto es imposible, pero tratándose de Rulfo sólo se admitieron alumnos de doctorado. Rulfo, que había leído todo, y que fungía como maestro, igual que Salvador, en el Centro de Escritores, nunca se presentó a una clase. Ni una. Por cierto, aunque no sé quiénes formaron la planta de maestros de Televisa, sí se supo que Carla Estrada no se presentó a ninguna clase.