¡No a las confrontaciones violentas!

Marco Antonio Aguilar Cortés

Los países de sólido desarrollo tienen la cultura como cimiento y acabado final de toda estructura, con eficaz vínculo conductor en ambos extremos.

Lo mismo para la educación que para la política energética; igual para las fuerzas armadas que para las relaciones exteriores; para asuntos de gobernación como para la producción alimenticia.

Toda acción humana requiere de maciza base cultural conciliada con un terminado ético y estético. Cuando lo anterior se logra, obtenemos el llamado “tecné”, que para la Grecia clásica significó las dimensiones áureas en toda su armonía.

A las recientes reformas promovidas por el presidente Enrique Peña Nieto, acaso, les faltó esa consistente raíz y ese terminado aceptable; empero, quizá, no tuvieron circunstancias ni tiempo ni espacio propicios, ni operadores bien preparados, para lograr ese eficiente trabajo.

Pero ya se hicieron esas reformas, y hoy tenemos que partir de esa realidad.

Algunos partidos de la llamada izquierda mexicana están, a partir de ese contexto, obteniendo firmas para que se realice el 7 de junio de 2015 una consulta ciudadana que revierta las reformas constitucionales en materia energética; y varias secciones sindicales de profesores de la república siguen ejerciendo presión para echar abajo la reforma educativa.

Así, viviríamos en medio de la lucha del grupo reformista que encabeza el gobierno con sus fuerzas armadas, sus ministerios públicos y sus órganos jurisdiccionales, partidos políticos afines a estas reformas y población simpatizante, y el grupo antireformista con algunos funcionarios públicos federales, algunos gobiernos estatales y municipales, partidos políticos amigos y pueblo adepto.

Ambos contendientes tienen palomas y halcones. Los radicales de las dos posiciones están utilizando lenguaje rudo: “los vamos a mandar a la chingada”; “les vamos a partir la madre”. Dos resentimientos enfrentados, así, lo único que le parte es el futuro a México, mandándolo a una regresión atroz.

Existen, también, los que no se deciden ni por unos ni por otros, y coquetean con ambos, atizando los odios enfrentados de forma irresponsable, para buscar únicamente provecho personal.

Parece un panorama de la primera mitad del siglo XIX mexicano con personajes del siglo XXI.

La verdadera revolución, o la auténtica reforma, es necesaria en la conciencia de la mayoría de la población, en su cultura y en su proceso educativo, pero hay fuerzas negativas que impiden este avance.

Si fuésemos un México culto y educado, con inteligencia descalificaríamos a tanto gesticulador, mentiroso, ratero y flojo, descalificándolos para siempre, y aplicándoles el castigo que en derecho corresponda.

Mientras, no permitamos que los reformista y los antireformista arrastren a México a confrontaciones violentas. ¡Todo conforme a derecho!