Ricardo Muñoz Munguía
Cada autor tiene su ciudad, para Susana Bautista Cruz, es Rõma. Se trata de uno de los territorios más grandes y más bellos, que es el de la infancia. Infancia en que el deslumbramiento es un constante aletear del colibrí, única ave que puede volar hacia atrás. Atrás es el pasado, lo que creemos ido, y que pertenece al territorio de la infancia. Así, dentro de un círculo, encontramos la geografía de Rõma, habitación donde Susana Bautista Cruz se guarda, se extravía, se observa…, y ama. Ante el trazo de esta circunferencia que guía la autora, es válido remarcarla con lo que mencionaría el sacerdote, periodista y escritor español, José Luis Martín Descalzo: “Cierro ahora mis ojos, ¿y qué queda de mi infancia? Nada recuerdo de los verbos irregulares, seguro que no sé resolver los quebrados, me atascaría en la lista de los ríos de Europa. Pero no he olvidado ni uno de los rostros de los que me quisieron y me enseñaron a ser feliz”. Y dentro de esa obligación, la de negar el olvido, es la que trae sobre las manos o páginas de Rõma, sitio en donde también cabalgan los sueños, como lo retoma Susana en el fragmento XXXVIII: “‘Ser feliz en un sueño que evoca la infancia, mi infancia. Entonces la niña tímida que suelo ser, te seguía montada en su bici, se dejaba guiar por tu zigzagueo constante. Atrás de ti, cerca muy cerca y de tu mano —como en el único paseo ciclista contigo por Reforma. El camino empedrado y flores, muchas flores a nuestro alrededor’. Fui feliz como lo he sido contigo cuando la mujer que eres, acompaña a la niña que soy y viceversa”.
Susana Bautista Cruz utiliza la prosa exacta, en breves fragmentos que son diálogo vívido, para enumerar los pasos de la infancia en un poemario de un solo cuerpo, es decir, un pliego con dobleces que le dan original diseño junto con los trazos de la viñeta, la tilde sobre la o, y la cerradura dentro de la misma letra o con la llave que espera.
