Madrid.-El cruce entre la cámara de fotografiar que incorporan casi todos los teléfonos móviles y la vanidad humana ha conducido al fenómeno mediático del momento: el autorretrato, más conocido como selfie. Como nadie ignora, consiste en hacerse una foto a sí mismo extendiendo el brazo para ganar algo de distancia y en busca de dejar huella gráfica del “yo estaba allí”. Como es natural, para que la fotografía sirva de algo tiene que haber de telón de fondo un acontecimiento memorable, un paisaje espectacular o un famoso, aunque a veces incluso éstos, protagonistas esenciales de la burbuja vacía en la que hemos convertido nuestro mundo, también se hacen selfies. El ejemplo mejor es el del presidente de los Estados Unidos retratándose junto a la primera ministra de Dinamarca mientras la señora Obama pone cara de perro ante la escena. Verdad es que la foto la tomó en este caso un reportero gráfico atento a la escena pero es que los selfies, de momento, cuentan con una perspectiva limitada: la del autor poniendo cara de gilipollas sonriente y poco más.

El asunto no daría para muchas reflexiones más allá de las que puedan figurar en un manual de la estupidez humana pero este diario se hizo eco la semana pasada de un episodio que eleva la categoría del selfie a la ciencia. O al arte, porque se trata del retrato que un macaco se hizo a sí mismo en un parque nacional de Sulawesi aprovechando la cámara de un fotógrafo profesional, David Slater. El animal, una hembra de Macaca nigra, macaco negro crestado, ha hecho de su selfie sonriente todo un éxito mediático.
Dejando de lado que los monos y los simios no sonríen —lo que equivale a ese gesto humano es en realidad una señal de advertencia para que te mantengas lejos— esa imagen ha llevado a un conflicto. Aunque el selfie es de 2011, su paso a la celebridad se ha producido ahora, con la fotografía dando la vuelta al mundo cada pocos minutos. El retrato de la macaca incluso figura en Wikipedia como ilustración de la especie y David Slater quiere sacar tajada de lo que según él le pertenece obligando a los dueños de la enciclopedia abierta de Internet a que paguen derechos de autor.
La cuestión es de más interés aún para los abogados que para los etólogos o los fotógrafos. ¿Quién es el propietario del copyright en un retrato que se ha hecho un mono a sí mismo? ¿El animal? ¿El dueño de la cámara? ¿El parque nacional donde tuvo lugar el selfie? Es probable que las leyes que protegen los derechos de autor hayan tropezado con un agujero en este asunto porque sería en verdad tan raro como encomiable que los legisladores se hubiesen planteado siquiera una posibilidad así. En mi opinión, la mona sonriente tiene tanto derecho como cualquier otro famoso a que se le recompensen sus esfuerzos, por casuales que hayan sido. Pero como el dinero les sirve de poco, que se sepa, a los macacos, igual hay que pagarles en especie. La macaca se puede convertir en la primera millonaria del mundo en plátanos.