¿Quién y cómo la detendrán?
René Avilés Fabila
El problema ya no es de antisemitismo, ya no son los nazis los verdugos ni Israel es Ana Frank. Se trata de conservar vivo y con bienestar a todo un pueblo que se asentó allí, en Palestina, desde hace siglos y siglos y que han quedado atrapados por una pésima jugarreta histórica que buscó una solución al holocausto judío. Lo raro es que la encontró a costas de otro pueblo.
La guerra que hoy contemplamos sin sonrojo ni indignación es una auténtica masacre bien ilustrada por un niño que le arroja piedras a un inmenso tanque. ¿Podemos olvidar que el ejército israelí es uno de los cinco más poderosos del mundo? ¿Y que los palestinos ni piedras tienen en una faja arenosa reducida, rodeada de asentamientos de la mayor potencia del Medio Oriente? Me parece que no, que si lo hacemos es un notable caso de injusticia.
Para colmo, Israel tiene el apoyo de Estados Unidos, de Gran Bretaña y hasta de una Alemania que sigue pagando las culpas del nazismo. Ya sin el poderío del extinto bloque soviético que servía de algún contrapeso a la atroz arrogancia de Israel.
Un diario mexicano, La Crónica, resumió la situación de la siguiente manera: “A base de condenas tan recurrentes como blandengues e inocuas, el secretario general de la ONU está convertido en el hazmerreír del sanguinario gobierno israelí. Y en un dirigente internacional patéticamente inútil e inoperante”.
“Ni siquiera el bombardeo —sigue el diario— a refugios del organismo multilateral que preside, o la muerte de centenares de niños, lo han llevado a diseñar acciones eficaces para frenar la carnicería y someter al despiadado y desproporcionado agresor.”
Israel se defiende, afirman sus dirigentes. ¿Y qué hacen los palestinos, cada día con menos territorio a causa del despojo? Defenderse como pueden. El número de bajas de uno y otro bando dan cuenta de la lucha del niño contra el gigante. Estados Unidos se ve a sí mismo como el justiciero, el policía del mundo “libre”, ¿y qué hace? La historia volverá a tratar el caso de los israelitas y esta vez no será tan complaciente.
Israel, a su vez, no debería confiar tanto en las armas, hay formas para negociar la paz. Ha olvidado que no todo es la fuerza extrema de las armas y que para colmo vive rodeado de millones de musulmanes que ven con odio sus ambiciones territoriales y para colmo la forma en que se expanden, como el más feroz imperialismo.
Si desea realmente la paz, es el momento de sentarse a negociar sin la extrema vanidad que le da su poder militar. No es eterno. Ni el mundo está a su disposición.
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